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Don Senén y los políticos

Manuel López Franco 15 de abril de 2021 Por Manuel López Franco

Es Don Senén hombre de costumbres arraigadas, para poder sentirse amparado y lejos de experimentos e innovaciones. Y ahora que de nuevo tenemos hostelería, ha regresado al café y al periódico en lugares públicos. Paseaba yo por la calle cuando le vi en el bar Orly, dispuesto a vaciar el sobre de azúcar en su café recién puesto, humeante.
-Buenos días, Don Senén. Espero que se encuentre tan bien como siempre.
-Buenos días, don Manuel, lo mismo digo. Estábamos hablando Pedro y yo del problema de la travesía o, mejor, del poco caso que le hacen nuestros próceres si no hay cámaras delante.
-No creo mucho en que vayan a darle una solución, sea cual sea.
-Cierto, recuerde la historia de Genaro el de la isla.
-Pues…
-Ya, como siempre no se acuerda. Debería ingerir rabillos de pasa para la memoria, aunque creo que esto también se lo he hecho notar alguna vez.
-Eso sí que lo recuerdo.
-Qué más da. Genaro era un hombre sencillo a quien, por circunstancias ajenas a esta historia, el destino llevó a una isla desierta. La isla era grande, con vegetación abundante y clima tropical. Incluso tenía un pequeño lago de agua dulce. Era un mínimo paraíso, solitario y olvidado. Los primeros días Genaro recuperó cuantos restos del barco llegaron a las playas, tanto por entretenerse como por ver si había algo comestible. En un par de jornadas se había construido un pequeño refugio y acumulado cosas que pensó podían serle útiles, entre ellas un auténtico tesoro: una colección de semillas de frutas y hortalizas que le sirvieron para plantar un huerto. Él no había sido hortelano nunca, pero recordaba a su abuelo con la azada y una sonrisa las tardes de verano, regando cuando caía el sol y explicándole cuanto hacía.
-Una gran suerte tuvo.
-Sí. Se mantuvo de los restos de comida del naufragio durante varios meses, en los que su huerto se hizo grande y colmado de plantas, todas comestibles. Los frutales iban más despacio, pero Genaro no tenía prisa, y puesto que nunca veía pasar un barco o un avión, asumió que esa isla iba a ser su vivienda definitiva.
Don Senén hizo una pausa para dar un sorbo a su café.
-Así pasaron cuatro o cinco años. En ese tiempo aprendió mucho de cuanto hacía, y tenía la supervivencia garantizada. Mejoró su refugio y casi estaba feliz de vivir allí si no fuese por la soledad que en ocasiones le superaba. En el fondo no quería que nada ni nadie interrumpiese su apacible existencia, pero tenía miedo a reconocerlo.
-Créame que le entiendo.
-Finalmente, un día de otoño acertó a ver en la playa restos de un naufragio y entre unas tablas, el cuerpo empapado de un hombre que tosía e intentaba ponerse de pie. Corrió hacia él para ayudarle y preocuparse por su estado; el hombre era corpulento, de manos y brazos fuertes, poco pelo y aparentemente bien vestido. Le explicó que el barco en el que iba se hundió y que él fue el único que pudo escapar, que llevaba dos días vagando y que había perdido toda esperanza cuando vio la isla, y gastado todas sus energías en poder llegar a ella.
-Genaro tenía finalmente un compañero.
-Eso parecía. El caso es que fue con él a su refugio y le preparó una sopa de verduras caliente que el hombre devoró con pasión. Dijo llamarse Oclocracio, de profesión político, y agradeció de muy buenas formas y con palabras grandilocuentes a su benefactor el haberle rescatado. Cuando estuvo seco por fuera y mojado por dentro con la sopa, se mostró curioso sobre la existencia de Genaro y sobre todo lo referente a la isla. Preguntaba y preguntaba, y tanto lo hacía que Genaro acabó aburriéndose y dejó de contestarle. Se preguntaba si no era mejor estar solo que con un pesado, pero acabó achacándolo al trauma del naufragio.
-No sé por qué, pero me da que al bueno de Genaro se le complicó la vida.
-Muy sagaz, don Manuel. El caso es que el tal Oclocracio pasó una o dos semanas recorriendo la isla, tras lo que requirió la ayuda de Genaro para construir su propio refugio. Genaro, que era hombre amable, le dio toda la ayuda que necesitó para construirlo, apartado del suyo y tres veces más grande. En el fondo, y estando harto de la verborrea del recién llegado, Genaro se alegró de tenerlo a prudente distancia.
-No me extraña.
-Unos días después, cuando Genaro intentaba enseñar a Oclocracio cómo plantar su propio huerto, este le cortó diciendo que la isla era lo suficientemente importante para los dos y que deberían decidir quién iba a dirigirla. Genaro, obviamente, quedó sorprendido por lo extraño de la proposición y así se lo hizo saber a su vecino, pero no obtuvo sino un discurso por respuesta.
-Vaya pájaro el político.
-Oclocracio le propuso entonces celebrar unas elecciones para decidir quién dirigiría la isla. A Genaro esto le parecía una idiotez habida cuenta de que eran solo dos, y así se lo intentó hacer ver al otro, quien le notificó que se presentaba como candidato.
-Un pájaro, lo que yo decía.
-Genaro le comunicó que no tenía intención de participar en semejante cosa, a lo que el político respondió con una sonrisa falsa avisándole que las elecciones tendrían lugar en dos días y que él mismo se encargaría de notificarle los resultados. Genaro le contestó con un gruñido y siguió a lo suyo maldiciendo a los naufragios que le habían hecho convivir con un imbécil.
-Mala suerte tuvo, desde luego.
-Sí, la verdad. El mismo día de las elecciones, Genaro fue notificado de que, lógicamente, Oclocracio fue elegido por el total de los votos emitidos, si bien la abstención había sido alta. Destacó también el comportamiento ejemplar de los votantes y su firme propósito de hacer de la isla un lugar mejor para lo que no escatimaría esfuerzos. Esto a Genaro se la soplaba, y despidió al prócer con un gruñido amable, porque era persona educada.
-Madre mía.
-Dos semanas después, cuando Genaro echó su vistazo mañanero al huerto, observó con asombro que prácticamente todo lo cosechable había desaparecido. Lógicamente supo quién había sido el autor de semejante acto, y se fue a pedirle explicaciones. Oclocracio le dijo que eso era el resultado de un embargo. Había sido publicado en la playa, escrito con un palo, que debería en adelante pagar un impuesto sobre su producción consistente en la mitad de lo producido, pero que como no había acudido a depositar el pago, pasada una semana se había procedido al embargo forzoso de la cuantía más un treinta por ciento de intereses de demora.
-Vaya jeta, el político.
-Genaro se indignó y reconvino al otro, que respondió propinándole unos golpes con una vara que llevaba en la mano, a la que se refirió como “la vara de mando que me ha otorgado la voluntad popular”.
-Menudo individuo.
-Genaro se marchó a su refugio con una sensación mezcla de enfado y desesperación. El político era mucho más grande que él, más fuerte y seguramente más agresivo. Resignarse parecía ser la única solución, y eso fue lo que hizo. Durante un tiempo incrementó la producción del huerto para que el sobrante le diese para comer, y entregó sin retraso todo cuanto le pidieron.
-Parece bastante injusto. ¿Qué hacía el otro mientras tanto?
-El otro pasaba los días disfrutando de todo cuanto tenía sin dar ni golpe, mirando las puestas de sol y disfrutando de la vida. Incluso le pidió a Genaro que le ampliase su refugio a cambio de unas hortalizas provenientes de los impuestos. Esto fue la gota que colmó el vaso. Genaro dijo que sí y quedó con él en empezar el trabajo en unos días.
-¿Y qué hizo?
-Buscó un sitio de difícil acceso al otro lado de la isla, una cueva que el mar tapaba cuando subía la marea. Durante días, trasladó comida y semillas allí, y material que quitaba de su casa para hacerse una balsa. Y mientras tanto, trabajaba en el refugio de Olocracio, hasta que un día dejó de ir. El mandamás pensó que estaría ocupado con el huerto y siguió dedicado a la molicie, pero cuando cayó en la cuenta, llevaba una semana sin saber de él. Extrañado, cogió la vara de mando y se dirigió al refugio de Genaro. Cuando llegó, el huerto estaba vacío, el refugio medio desmontado y no había rastro de su propietario. Se enfureció notablemente; a él nadie le faltaba al respeto y eso debería ser castigado. Tres días dedicó a buscarle, pero sin éxito. Una semana más le costó asumir que ya no volvería a verle, y así fue.
-¿Y ya está?
-Mira que es usted precipitado, Don Manuel. El caso es que Genaro estuvo en una isla cercana durante otros dos años, con su nuevo huerto y un refugio mejor que el anterior. Cierto que la isla no era tan grande, pero tenía de todo y era muy acogedora, por lo que pronto dejó de pensar en la otra y volvió a disfrutar de la vida sencilla. Pero un día, espoleado por la curiosidad, cruzó de nuevo la distancia que le separaba de ella y, armado con un palo por si acaso, fue a ver qué había sido del político.
-¿Y?
-Lo encontró muerto, sentado en su trono de bambú, mirando a ninguna parte. No había sido capaz de trabajar para alimentarse y, sin nadie a quien mandar y exprimir, su vida dejó de tener sentido. Genaro recogió todo aquello que le interesaba y volvió a su nueva isla, donde fue feliz hasta el final de sus días.
-Es una historia ejemplificadora sin duda. Deberíamos reflexionar más a menudo sobre quién tiene la fuerza que debería mover al mundo.
-Don Manuel ¿cree usted que alguien así puede solucionarnos lo de la travesía de San Rafael?
-Ya le he dicho que ni eso, ni nada.
-Entonces, de nuevo, estamos de acuerdo. Que tenga usted un buen día, don Manuel.
-Igualmente le deseo, Don Senén.

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