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VILLALAR CINCO SIGLOS

Javier de la Nava 15 de abril de 2021 Por Javier de la Nava

Las restricciones que impone la pandemia impiden celebrar “in situ” esta rotunda fecha y hacen recordar anteriores visitas a esta villa resguardada de las inclemencias mesetarias por los montes Torozos y atravesada por el río Hornija. Sus blasonadas casas de adobe, piedra y ladrillo con escudos heráldicos, la iglesia de Santa María, hoy Casa de la Cultura, y la iglesia parroquial de San Juan Bautista, con su espectacular órgano barroco, nos trasladan al siglo XVI. El Obelisco de la Plaza Mayor rinde homenaje a Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado, líderes comuneros allí ajusticiados. 

Aquel 23 de abril de 1521 se enfrentaron las fuerzas imperiales de Carlos I y las de la Junta Comunera, epílogo de la Revuelta de las Comunidades. Al morir Isabel la Católica en 1504, comenzó un período de inestabilidad política agravada por la monarquía fallida de Doña Juana. Tras la muerte de Fernando el Católico en 1516, llegó al país Carlos, heredero de la España unificada por Isabel y Fernando. Los numerosos nobles y clérigos borgoñones y alemanes que le acompañaban modificaron costumbres locales y establecieron nuevos impuestos para financiar las aspiraciones imperiales del joven monarca.  La aristocracia castellana perdía privilegios y se desataron las protestas.  En la puerta de las iglesias fueron colocados pasquines que decían “Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor“. En una sociedad donde saber leer era sospechoso de judaísmo o heterodoxia, el pueblo analfabeto se unió a una rebelión encabezada por la nobleza y la naciente burguesía agrupada en poderosos gremios.  

En 1519, Carlos fue proclamado Emperador del Sacro Imperio Romano. Para sufragar sus campañas europeas solicitó fondos a las Cortes que fueron convocadas en Santiago de Compostela. Pese a la oposición de Castilla, consiguió el dinero y antes de finalizar las sesiones plenarias, tras designar regente al cardenal Adriano de Utrecht, su antiguo tutor, salió rumbo a Flandes por el cercano puerto de Coruña. Los desaires y nuevos tributos fueron el detonante de la revuelta comunera que estalló en Toledo, encabezada por Juan de Padilla. Enseguida se unen Segovia, Salamanca,Palencia, Toro, Medina del Campo, Burgos, Valladolid y Ávila, donde el 29 de julio de 1520, el líder toledano fue nombrado general de la Junta Comunera. Su intención primaria era deponer a Carlos y volver a colocar en el trono a su madre Juana, a quien visitaron en Tordesillas. La hija de los Reyes Católicos, con clara falta de salud mental, declinó su oferta.

Forzados a cambiar de estrategia, los dirigentes comuneros plantearon al emperador sus reivindicaciones básicas: anular los nuevos impuestos, elegir sus propios comendadores y corregidores y salida del país de la cohorte de flamencos. Las primeras escaramuzas fueron favorables a los rebeldes, pero un hecho cambió el curso de la contienda: los nobles abandonaron el bando comunero y se unieron a los imperiales, pues temían que el apoyo campesino a los sublevados propiciara futuras revueltas agrarias en su contra. 

Reorganizado el poderoso ejército imperial por Iñigo de Velasco, condestable de Castilla, reconquistaron Tordesillas. Los comuneros que llevaban tiempo sin recibir la paga se refugiaron en Torrelobatón. Su intención era alcanzar Toro, donde el apoyo de la población les permitiría defenderse mejor, pero la indecisión e indisciplina les hizo perder un tiempo precioso. Finalmente, al amanecer del 23 de abril, 4.700 infantes, 400 caballeros y 1.000 arcabuceros salieron para cubrir aquel mismo día los 30 kilómetros que les separaban de la villa zamorana. Mediada la tarde, al atravesar una extensa llanura encharcada por recientes lluvias, la caballería realista cargó contra ellos. Sin tiempo ni espacio para formar y plantear batalla, un millar de comuneros perdió la vida y los cabecillas fueron apresados. El sueño de la revolución quedó enterrado en el barro. 

Condenados a muerte por alta traición, Juan Bravo rechazó la sentencia al considerar a los comuneros patriotas, no traidores. Padilla se dirigió a él: “Ayer era día de pelear como caballero; hoy de morir como cristiano”. Los líderes  fueron decapitados y una tras otra, las ciudades rebeldes cayeron. Toledo, al mando de María Pacheco, viuda de Padilla, continuó la lucha, pero finalmente capituló el 25 de octubre. Los potentes gremios textiles de Segovia y su entorno sufrieron cruel castigo por haber puesto en jaque la autoridad del primer Austria. La represión lastró la riqueza de la región y desmanteló una incipiente industria textil que habría cambiado la economía del país. 

Andrés Trapiello en su reciente obra “Madrid”, editada por Planeta, resalta “la Historia  presenta a los comuneros y a sus caudillos, Padilla, Bravo y Maldonado, no tanto como desleales al emperador, sino como leales a la libertad y adalides de una causa justa”. Los liberales del siglo XIX, deseosos de hallar antecedentes democráticos en la Historia española y mártires contra la tiranía, reconocieron el arrojo comunero y dieron a cada uno una calle en la zona más selecta del nuevo Madrid, al tiempo que pintores de tema histórico recrearon en cuadros de grandes dimensiones las escenas de su ejecución. La memoria de aquéllos, centran el 23 de abril los actos en Villalar cinco siglos después.  

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