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Un año en blanco y negro

Aránzazu González 12 de marzo de 2021 Por Aránzazu G.Herranz
Kiosko El Espinar (B&N)
Kiosko El Espinar (B&N)

Calles vacías con toque de queda, que imploran bullicio y besos. Silencios que retumban y taladran con la música apagada, paseos con prisas, sueltos de la mano en una proximidad rechazada que nos ha transformado por fuera y por dentro. 

Resilientes en espera, cribados, asintomáticos, inmunizados o vacunados, disecando un 2020 lleno dolor y cruces, de ataúdes en hilera a las puertas de los hospitales, de tristeza, soledad e impotencia, de resignación y hastío, de incertidumbre y paciencia infinita, ansiosos por finiquitar esta locura. Deshojando cumpleaños a los que muchos no llegaron. Un blanco y negro, que a modo de burka nos secuestró y nos robó una parte de vida. 

Volvemos a revisar una y otra vez el antes, porque el después nos arrolló sin avisarnos. Repasamos el febrero de hace un año cuando todo estaba a punto de estallar, o más bien ya viajaba entre nosotros en calidad de enemigo invisible.

Dos años sin gabarreros y sin Semana Santa, visualizando imágenes de los anteriores, convencidos en imaginar el siguiente. Despidiendo los meses en blanco, e intentando huir del negro del que se tiñe este calendario que se quiere almacenar en la papelera de la memoria. Un paréntesis en blanco y negro que entumece y congela emociones, soportando desgastes infructuosos que dejan cicatriz. Un recuerdo que tiembla, y las ganas reservadas en un fotograma inventado que no ya no podrá ser igual. 

Hace algunos años, en uno de mis viajes a Centro Europa, estuve en la Sinagoga de la calle Dohány de Budapest, la mayor en Eurasia y la segunda más grande el mundo después de la de Nueva York. Una vez allí, al margen de la religión que cada uno practique, nadie queda indiferente, incluso siendo agnóstico. Un sauce llorón a tamaño natural repleto de hojas metálicas lleva el nombre de una persona muerta durante el holocausto judío. El sauce está situado en un jardín detrás de la sinagoga. El jardín es en realidad un cementerio uniforme lleno de pequeñas pizarras a modo de lápidas modestas y en todas ellas se anotó la misma fecha, 1944/1945, sin más. Muchos de estos judíos consiguieron sobrevivir a los campos de concentración de los nazis pero fueron más de 2.000 los que perecieron en el gueto de Budapest por hambre y frío. Sus cuerpos fueron enterrados en el cementerio de la Gran Sinagoga.

Aun albergo aquella sensación que me recorrió el cuerpo y la mente cuando la visité por primera vez, observando atenta y con enorme respecto el sauce llorón con todas esas hojas que en realidad fueron personas en un pasado no muy lejano, abandonadas a su suerte en un crudo invierno húngaro, a pocos días del fin de la Segunda Guerra Mundial.

No hace falta inmortalizar algunas escenas con fotografías en papel o más bien hoy en nuestros dispositivos móviles. No es necesario hacer fotos de lo queda inevitablemente grabado en la memoria para toda la vida, el dolor, la muerte y el sinsentido, cala en función del grado de empatía y sensibilidad que se pueda experimentar, y casi siempre, por mínimo que sea, es suficiente para recordar lo que nunca se ha de olvidar. 

Lo que actualmente es para nosotros una foto en blanco y negro, en un año de pandemia y de cifras siniestras, no tiene nada que ver con el genocidio nazi pero esta realidad que nos ha tocado vivir ha teñido nuestra rutina de gris, forzados a cortar en seco todas nuestras relaciones, reuniones, fiestas, actividades de ocio y entretenimiento, espectáculos, conciertos, obligándonos a desplegar e interiorizar un extraño comportamiento, mimetizado con una especie de trastorno obsesivo compulsivo, como me decía una buena amiga por WhatsApp hace unos días, con el que parece sentirnos protegidos dentro de nuestro gueto particular.

Un año que quedará impreso en el color de las fotos antiguas, las de papel baritado, aquellas con borde blanco que acusan el daño del paso del tiempo, recuerdos de baúl y escenas de postguerra. El blanco y negro de la supervivencia, hacia el que no mostraremos nostalgia ni orgullo, fotos con un emblema, como las de épocas antiguas, marcadas también por una incómoda indumentaria y por secuelas varias. Y en un paralelismo incierto con el sauce llorón, no resultaría llamativo que, en un futuro más o menos cercano, alguien rentabilizara la pandemia de 2020 acondicionando aulas temáticas a modo de UCI para realizar un tour turístico explicando cómo murió tanta gente sin bombas, sin hambre, y con fortalecidos sistemas de salud a nivel mundial.

Un recurso inconsciente nos ha perseguido incansablemente durante este peregrinaje que aún no ha finalizado, intentando evadirnos al revisar momentos de una vida anterior, como lo hace un director de cine en una producción cinematográfica con su equipo editor para componer la película que más tarde se ofrece al espectador. Un repaso minucioso de lo acontecido, como quien vuelve a revelar los negativos en el cuarto oscuro, al que se le han tapado todas las rendijas y entradas de luz exterior para que no dañe el material sensible, con el fin de descartar lo que nos sobra y apuntar lo que nos falta, disfrutando de las luces y desterrando las sombras de todo lo vivido, haciendo una chasca con los clichés y los fondos de armario que ya no sirven.

“La vida es una buena foto en blanco y negro. Hay blanco, hay negro, y un montón de sombras en medio” (Karl Heiner)

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