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El amor en tiempos de pandemia

Alberto Martín Baró 25 de marzo de 2020 Por Alberto Martín Baró
Desde que el 14 de marzo se declaró el estado de alarma, hemos estado confinados en nuestros domicilios. Un confinamiento que no ha podido ser total, a riesgo de que no fueran satisfechas nuestras necesidades básicas, pero que, con esas limitaciones, la práctica totalidad de los ciudadanos hemos cumplido ejemplarmente. A pesar del aislamiento, no parece que el quedarnos en casa haya tenido el efecto deseado en la disminución del número de contagiados y de fallecidos por el covid-19.
Juegos de padres e hijos

Desde que el 14 de marzo se declaró el estado de alarma, hemos estado confinados en nuestros domicilios. Un confinamiento que no ha podido ser total, a riesgo de que no fueran satisfechas nuestras necesidades básicas, pero que, con esas limitaciones, la práctica totalidad de los ciudadanos hemos cumplido ejemplarmente. A pesar del aislamiento, no parece que el quedarnos en casa haya tenido el efecto deseado en la disminución del número de contagiados y de fallecidos por el covid-19. 

Sin embargo, en las largas horas pasadas en el interior de nuestros hogares, sin tener contacto físico con casi nadie, yo y otros muchos como yo hemos vivido consoladoras experiencias.

Experiencias que me han llevado a escribir sobre el amor en tiempos de pandemia. Soy consciente de que ‘amor’ es una palabra y un concepto de altos vuelos. Como lo es su pariente cercana ‘amistad’. No soy tan ingenuo como para pensar que todos los contactos que tengo registrados en mi móvil, en el wasap o en el correo electrónico, son verdaderos amigos, que sienten por mí un afecto personal, puro y desinteresado, distintivos de la auténtica amistad.

Pero ha sido hermosa, desde el inicio del estado de alarma, la desbordada corriente de llamadas y mensajes por medio de los cuales nos interesábamos por el estado de salud física y espiritual de nuestros allegados y conocidos. La iniciativa partía unas veces de mí y, otras, de personas con las que me trato habitualmente, y también de aquellas que tenía olvidadas en los archivos informáticos.

Así han surgido del pasado amistades que, en su momento, fueron más o menos íntimas. La común amenaza del letal virus nos ha vuelto a unir, aunque solo sea a través de medios telemáticos. He aprendido a hacer y recibir videollamadas. Antes me limitaba a hablar por teléfono, a mandar wasaps o a enviar y recibir correos electrónicos. ¡Qué ilusión ver y oír a mis nietos y a sus padres! Me he sentido envuelto por la red de hermanos, de hijos y de nietos. De los seis hijos de Paco y Alicia, solo quedamos tres, yo soy ahora el mayor, seguido por Carlos, y la pequeña aún es Cristina. Os quiero y sé que me queréis.

Y los fallecidos, mis padres, mis hermanos mayores Alicia y Javier, y el menor de los varones, Nacho, que cumplió con el mayor grado del amor dando su vida por el pueblo salvadoreño. Con todos ellos hablo y ellos hablan conmigo en esta prolongada reclusión.

“No hay gloria más grande que morir por amor”. Sí, Gabriel García Márquez, en “El amor en los tiempos del cólera”, haciéndose eco de las palabras de Jesús de Nazaret muchos siglos antes: “No hay mayor amor que dar la vida por los amigos” Juan 15, 13). A veces pienso si Jesús amaba igual a Judas que a los otros apóstoles, y a Juan, el discípulo amado.

El confinamiento por el coronavirus ha dado a quienes tienen una familia más horas de convivencia. El amor se fortalece con el roce, con el trato. El trabajo de los padres fuera de casa y la educación de los hijos en los colegios hacen que las deseadas conciliación y comunicación familiares queden reducidas a menos tiempo del que sería de desear para tejer lazos de unión. Jugar con los hijos, ayudarles en sus estudios y deberes, pasear con ellos. Y los esposos o las parejas de cualquier estado aprovechar la cercanía y la intimidad para compartir sentimientos y pensamientos, y para hacer el amor.

Hacer el amor. Esta expresión, la más utilizada para designar el acto sexual, si nos atenemos a su literalidad tiene la sugerente lectura de que el amor no es algo que se nos da hecho, como llovido del cielo, sino que hay que hacerlo, construirlo continuamente.

A lo mejor, dentro de un año, hay un repunte de nacimientos. No estaría de más en una población envejecida y de baja natalidad como la española.

¿Y los que viven solos? ¿Los que no cuentan con una familia o un ser querido a su lado? Al menos 9.200 mayores de 65 años viven solos en la provincia de Segovia, según datos del Instituto Nacional de Estadística. Mi hermano Carlos y mi gran amigo, el dibujante y pintor José Ramón Sánchez, se encuentran en esta situación. Pues bien, los dos tienen una vecina y un vecino, respectivamente, que les hace la compra y les lleva las medicinas que necesitan. ¿No es esto amor?

Yo tengo la suerte de compartir mi vida desde hacer tres años, después de la muerte de mi mujer Ana, con un prodigio de comprensión, de sensibilidad, de audacia –sí, hay que ser valiente para dar este paso a nuestra edad–, de bondad, no solo conmigo, sino con todos los que se cruzan en su camino, Angelina Lamelas. Que además, haciendo honor a su nombre, escribe como los propios ángeles, si los ángeles escribieran. Con lo cual, ahora tenemos cuatro hijos y siete nietos. Mis amistades y mis hermanos son también suyos. Y los suyos, tan numerosos, míos. 

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