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Don Senen y el sabio incomunicado

Manuel López Franco 11 de diciembre de 2020 Por Manuel López Franco
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Es triste este otoño. Es un otoño de noches madrugadoras, mojadas y solitarias, sin personas y sin calles, sin cafés y con caras largas, preocupadas. Aburridas y temerosas. 

Hice un termo de café muy caliente y quedé con Don Senén en el pinar no muy arriba, en un claro con una piedra grande en que sentarnos y disfrutar de este sentido y humilde homenaje a la hostelería de nuestro pueblo, herida y convaleciente en espera de tiempos mejores. Subían vecinos en busca de setas o de mejores aires, de su paseo diario o de escapar por un momento de ese ambiente pesado que rodea la zona civilizada de nuestro hermoso municipio. Todos saludaban o respondían a nuestro saludo, e incluso alguno se acercó a interesarse por nosotros. 

Don Senén cambió su gabardina por un jersey de lana gruesa y su periódico por un bastón antiguo de madera nudosa y bruñida. 

-Buenos días don Manuel. Parece que noviembre nos recibe con amabilidad en esta mañana soleada. 

Sentarse en una piedra no es como hacerlo en una mesa. En la piedra se sienta uno al lado del otro, y esto nos da el regalo de poder charlar mientras se ve el paisaje en vez de a nuestro interlocutor. Tuve un gran amigo al que iba a ver con cierta frecuencia al Penedés, y con quien compartía tardes completas esperando la caída del sol mientras veíamos el mar en una esquina entre las vides, sentados lado a lado con una botella de vino y algún embutido maravilloso al que hacíamos poco caso. Unas veces hablábamos mucho y otras poco, pero siempre mirando al final de un paisaje que nunca supo ser el mismo, aunque lo fuese. 

 -Cierto. Quizás quiera recordarnos que nos da ratos breves para poder disfrutarlos con intensidad. 

Serví café a Don Senén. Este termo tenía la deferencia de traer dos vasos, no como otros que más parecen hechos para compartir sidra, si es que alguien lleva sidra en un termo, que lo dudo. 

-Esto es lo importante don Manuel, poder pasar un rato y un café al sol en buena compañía. El café y el sol hacen que quienes vivimos al sur del norte desengrasemos la lengua y forjemos lazos y opiniones. 

-Cierto. Imagine que hablásemos idiomas desconocidos y solo pudiésemos tomar el café sin charlar. 

-Aun así, tendría su encanto. Y siempre podríamos enseñarnos el idioma ajeno unos a otros. ¿Recuerda la historia del hombre sabio que no podía comunicarse? Creo que se la conté hace un par de otoños. 

-Pues disculpe, pero creo que no me la contó. 

-No la recuerda. 

-Hombre… yo creo… 

-No la recuerda. No importa, aun temiendo ser pesado se la contaré de nuevo. En el pueblo de mi bisabuelo vivía una familia como tantas otras: padre, madre y dos hijos. Una niña pizpireta y mandona y un niño de apenas tres años demasiado callado para su edad. La niña era cinco años mayor que su hermano y ya ayudaba en el negocio familiar, una tienda que vendía casi de todo lo que pudiese necesitarse en un pueblo de aquella época, e incluso algunas cosas, pocas, que cumpliesen los caprichos de una personas sencillas y trabajadoras. 

-Suena apacible. 

-Sí, era un sitio con pocas estridencias. Una mañana de domingo alguien entró a comprar unas alubias y un poco de tocino seco y, viendo al niño que miraba curioso cómo sacaba su madre las alubias del saco, le preguntó si quería ser tendero de mayor; pregunta tonta, pues si tus padres tenían una tienda tú acabarías de tendero sin tan siquiera dudarlo. Pero este niño miró fijamente a la señora y con una convicción enorme se limitó a indicar que él quería ser sabio. 

-Muy claro lo tenía. 

-No solo eso. Con poco más de dos años aprendió a leer solo, y devoró todos los libros que había en su casa, que tampoco eran muchos. Sus padres no sabían que hacer. Cuando se le terminaron los libros, empezó con todo lo que encontraba que tenía alguna letra; así pasaron por sus manos todo tipo de facturas de la tienda, estampitas con oraciones y vidas de santos, etiquetas de conservas y periódicos… todo valía. Cuando el niño estuvo en edad de ir a la escuela, sus padres pensaron que aprendería lo necesario para llevar la tienda y así fue, pero también todo lo que le enseñaba el maestro y lo que veía en el campo de alrededor del pueblo. El aprender a escribir fue para él un acontecimiento, pues le permitió anotar y catalogar pájaros, insectos, plantas, detalles arquitectónicos, actividades de los vecinos y cualquier cosa que llamase su atención, que eran todas. 

-Madre mía. 

-Imagine usted a esos padres cuando el maestro le dijo que el niño, en tiempo de recreos, se había leído todos los libros de la escuela, e incluso los que él tenía en su casa. Con seis años había escrito un tratado de entomología, compuesto dos cantatas, ideado un sistema para colocar sin esfuerzo los sacos en el almacén de la tienda e incluso desarrollado sobre el papel un nuevo modelo de quilla que haría a los barcos más rápidos y eficientes, basado en la observación de los animales que habitaban las charcas en verano. Fue entonces cuando el maestro explicó a los padres que él ya no podía enseñarle más, y que lo lógico es que enviasen al chico a la capital para que en la universidad continuase su formación. Estos, asombrados, no concebían que un niño tan pequeño se fuese a vivir solo a la ciudad, pero el maestro les habló de una hermana suya soltera que estaría encantada de hacerse cargo de la criatura por un mínimo estipendio, claro. 

-Claro. Pero ¿admitían niños de esa edad en la universidad? 

-En este caso sí. El maestro conocía al rector y le convenció de la importancia de formar al pequeño fenómeno. Finalmente, los padres cedieron y el niño se fue con la hermana del maestro. 

-Todo cuadraba, pues. 

-Tenga en cuenta que eran otros tiempos. Los padres cedieron porque de algún modo creían que sacarían más rentabilidad al niño así que con la tienda y, de cualquier modo, era un niño insoportable. 

Serví otro café a Don Senén, que continuó con la historia una vez repostado. 

-En la universidad el niño dejó de serlo y aprendió todo cuanto pudo. Era un caso increíble. Los periódicos se hicieron eco y acabaron por convertirlo en un fenómeno de feria. Los otros estudiantes no le comprendían y era continuo pasto de las burlas ajenas. La hermana del maestro falleció de unas fiebres y dejó el pequeño piso al joven sabio, que dedicó un par de horas a buscar alguien que cuidase de la casa y de él mientras seguía aprendiendo y aprendiendo. Estaba tan ensimismado con su labor que poco a poco se fue haciendo una persona hosca y silenciosa, sin amigos y sin más compañía que los libros y sus papeles. Patentó media docena de inventos que le proporcionaron una pingüe fortuna, y contrató a un gabinete de abogados importante para que se la administrase y no tener que perder el tiempo. 

Y así pasaron los años. Todos fueron olvidándole. Incluso sus padres entendieron que habían traído al mundo cualquier cosa menos un tendero, y dejaron la tienda a la niña, ya mujer, que cuidó de ellos y del negocio hasta que murieron viejos y tranquilos. 

-Bueno, al final todo se coloca. 

-Sí, pero no por la niña ni los padres. Un día, el hombre sabio estuvo estudiando o más bien diseccionando el idioma con que todos nos comunicamos, y llegó a la conclusión de que era un sinsentido. Lo encontraba mal estructurado, con palabras que podían tener varios significados, con términos confusos y usos con excepciones continuas. Cayó en la cuenta de que esto le había hecho perder mucho tiempo, y decidió inventar un idioma que no tuviese los problemas y defectos que tenían los que él ya hablaba, que eran varias docenas. 

-Algo de razón no le faltaba, aunque esas características son las que hacen hermoso a un idioma y a su uso. 

-Sí, pero a él eso no le interesaba en absoluto. Él quería aprender más y más y en el menor tiempo posible. Y por eso estuvo meses desarrollando un idioma nuevo sin imprecisiones ni dobles significados, un idioma preciso con palabras que definiesen las cosas sin dudas, y de una estructura sólida y simple. Cuando terminó estaba orgulloso de su obra e impaciente por empezar a usarlo. Por supuesto que no había nada escrito en ese idioma, pero él quería encargarse y se encargó. Durante años escribió una ingente cantidad de información sobre todo lo que sabía y lo que había deducido, creado, inventado, desarrollado, pensado, dominado… en suma de todo cuanto daba cuerpo a su sabiduría. Se sentía viejo y cansado y quería que alguien aprovechase su sabiduría cuando faltase. Pensó dedicarse a la docencia, pero eso le restaría tiempo para aprender, y prefirió escribirlo todo, para que así llegase su conocimiento a todo el mundo. Fue una tarea hercúlea, y al final, cuando estaba a punto de concluir quiso su corazón dejar de latir y el sabio murió sobre sus escritos sin que nadie pudiese remediarlo. 

-Bueno, pero dejó sus conocimientos para los demás. 

-Eso quiso, pero no fue así. Estaban escritos en un idioma que solo conocía él, y no solo eso, era un idioma tan diferente al resto que no parecía que nadie fuese capaz de traducirlo. Setenta años de sabiduría que no servían para nada porque nadie podía comprenderlos. 

-Eso es horrible. 

-¿Para qué queremos acopiar conocimientos si somos incapaces de comunicarlos? Un conocimiento si no se extiende es algo que no existe. 

-¿Y qué fue de las patentes? Esas si salieron a la luz. 

Sí. Dieron de comer a su hermana durante años después de la muerte del sabio. Al final todo lo que se supo de su sabiduría fueron esas patentes. Poca cosa para el esfuerzo brutal de una vida entera. 

Me quedé pensativo. Quizás el sabio sí disfrutó de su saber aunque no lo compartiese, aunque al final quiso hacerlo y no fue capaz, encerrado en un mundo que a todos era ajeno. 

-Mejor bajamos antes de que refresque más, don Manuel. 

Y bajamos despacio hacia el pueblo, una tarde en que un termo nos había hecho verter más sabiduría que una vida entera de encierro y un idioma que, aunque superior, no sirvió absolutamente para nada. 

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