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Guillermo y el Duende

Somos de aquí - Estación de El Espinar 11 de diciembre de 2020 Por Tino de la Torre
caminodelasesperillas

Este regato que se llega hasta La Estación entrando por la zona de las Asperillas y del que no consigo saber nombre, cuando no agosta, baja alegre camino de la Estación de El Espinar. El que escribe no entiende mucho de ríos pero si ha visto unos cuantos y pienso que a los ríos les pasa como a nosotros “que cada uno es como es” y este riachuelo es un poco cotilla o fisgón.  Da vueltas y vueltas entreteniendo su marcha a ver que escucha o de que se entera. Son bastantes los caminantes, los montañeros que van dejando entre las jaras a jirones sus risas, charlas, disgustos y recuerdos, conversaciones confiadas porque “te lo tenía que contar”. Y allí está el rio haciendo muchas curvas (no me gusta la palabra meandros), se acerca y se aleja del sendero, lo cruza y desde luego se pone al día de cómo va la cosa, cualquier cosa. Incluso te hace saltarlo en varios sitios sin que venga mucho a cuento y así no se pierde nada de lo que se cuenta.

Cuando el viaje ya se le acaba hace una pequeña cascada después remansa en breve piscina y coge aire porque en breves metros le esperan tuberías y acequias hasta que ya habiendo atravesado toda la Estación asoma a la luz más abajo.

Al respecto les quería comentar, y muy en concreto a la gente más joven de la casa, que habíamos oído contar la leyenda de un duende que vive por ambos lados de ese arroyo y que a algunos chicos les escribe, les deja regalos, les felicita por las notas y por su trabajo… Habíamos hablado en casa en varias ocasiones de este asunto sin llegar a saber si era verdadero o falso, ya se sabe que las leyendas empiezan a correr, pasa el tiempo, la gente inventa cosas y nunca se sabe. También dicen que es el arroyo  el que le cuenta las cosas que escucha al duende. 

El caso es que un día encontramos en el buzón de casa una carta dirigida a Guillermo (el pequeño de la casa) en la que con una letra “de duende” (vamos, que se leía fatal)  le decía que le conocía, que le había visto en alguna ocasión camino de Cabeza Reina y que estaba contento con su comportamiento y con las notas. Nadie sabe de dónde puede llegarles a los duendes semejante información pero lo cierto es que con el tiempo nos dimos cuenta que estaba al día de todo lo de Guillermo. Y le dejó un regalo: un libro de naturaleza y su cuidado. Nos quedamos muy sorprendidos. Como de bien nacidos es ser agradecidos le dejamos unas galletas, porque en el bosque hay montones de cosas que comer pero las galletas no salen del suelo y visto lo visto estaba claro que le gustaban, es decir, que desparecieron rápido. 

Este duende ha sido amigo de Guillermo y de la familia durante varios años y ha habido bastante relación. Nos hemos intercambiado regalos, libros de naturaleza, alguna chocolatina, también una linterna para hacer excursiones nocturnas, cartas con buenos consejos para la vida y para cuidar la naturaleza. Siempre ocurría lo mismo, nos llegaba una carta, sin sello y sin nada (suponemos que sería él mismo que venía por la noche) y le contaba a Guillermo cosas recientes del bosque y de paso le reconocía las cosas buenas que estaba haciendo y que le esperaba “en el sitio de siempre” con un regalo de los suyos, de los que pueden hacer los duendes, claro. Allí no había, ni se esperaban, videojuegos ni móviles ni cosas de esas que a los duendes ni les gustan ni les hacen falta.

Y, claro, a Guillermo, de vez en cuando había que recordarle que le veía el duende y que a ver que iba a pensar.  

Pero el tiempo pasa, cosa que bien sabemos padres y  abuelos y Guillermo ya es un tiarrón camino de 13 años y el pasado verano recibimos otra carta en la que el duende le decía que estaba muy orgulloso de la persona en la que se estaba convirtiendo, que siguiera así y que sería feliz en la vida, pero no tenía más remedio que ocuparse de otros niños que empezaban la vida y a los quería cuidar y hablarles de la naturaleza y su importancia. También le dijo que siempre estaría cerca, que siempre serían amigos y que nunca le olvidaría.

Fuimos, como siempre, al sitio de siempre, y allí estaba su regalo: un pequeño acebo para que creciera en nuestro jardín y nunca lo olvidáramos. Nosotros le dejamos nuestro regalo y nos despedimos hablando fuerte con un “hasta siempre”. Y justo en ese momento nos llegó una brisa momentánea, en una tarde tan calma, y que cada uno que piense lo que quiera, pero yo creo que era el duende que de esta forma nos despedía.

De allí bajamos  con la idea de plantar el acebo en el jardín y me hizo pensar que el Duende, hecho ese viaje de la vida con Guillermo, busca amigos.

El que escribe debe reconocer que no ha visto nunca al Duende. Dice Guillermo que cree que sí, que le vió y se fue rápido. Debió ser una vez que le debimos pillar en siesta, de esas tardes de otoño en jergón de hoja de roble, y no le dió tiempo a esconderse.
Lo dicho, y vaya el mensaje para los más jóvenes de la casa. El duende busca amigos. Hay que salir a buscarle.

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