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Más allá del Alto del León

Aránzazu González 11 de diciembre de 2020 Por Aránzazu G. Herranz
Foto Alto del León (Javi)

Así comenzaba hace casi dos años una de mis columnas en El Adelantado de Segovia. Ahora, me resulta inevitable volver a aquellas líneas con las que me estrenaba en el rotativo segoviano, para detenerme de nuevo en ese hito que no sólo está presente en la historia del municipio sino también en la rutina y en la vida de muchos de nosotros. Y es que en estos días el Alto del León cobra especial significado al recuperar un cierto carácter de zona cero para espinariegos y madrileños, además de seguir siendo el punto de conexión, donde una provincia termina y otra comienza, sellado ahora por el confinamiento perimetral impuesto a ambas comunidades autónomas, y que en algún que otro caso ha servido para recobrar una proximidad secuestrada por la pandemia que aún nos azota. Un bastión icónico durante la guerra civil, frontera geográfica y climática con su monolito impertérrito que en garita petrificada advierte del cambio de jurisdicción, sin percatarnos a veces de cual significado tendría en otras batallas más o menos lejanas –hasta el propio Napoleón Bonaparte y sus tropas lo atravesarían con ventisca y frío intenso en noviembre de 1808- cuando coronar el Alto significaba adentrarse en la tierra de los pinares de Aguas Vertientes.
 
Una línea imperceptible que nos causaba cierto alborozo nada más cruzarla, retrotrayéndonos a historias del pasado, las de nuestros mayores, que afortunadamente para muchos siguen teniendo un valor incalculable. Una herencia, que no se compra ni se vende, que no se aprende en los libros, que, por desgracia, otros echan a perder despeñando sus orígenes. Enseñanzas imperecederas que han de preservarse de cualquier metamorfosis con la que el presente quiera subyugarnos.
 
El Alto del León ejerce de nexo para sendas demarcaciones, la segoviana y la madrileña. Hoy a modo de empalizada, nos separa, debido a la situación epidemiológica que nos recluye, sometidos a las medidas establecidas para luchar contra la Covid-19. Restricciones impuestas por los gobiernos regionales con el objetivo de proteger la salud de todos, no exentas de controversia al asfixiar el sustento de los que dependen del tránsito que normalmente tiene lugar entre ambos territorios.
 
Motivado por la coyuntura actual y en aras de frenar la perversa curva de contagios, el Alto y su guardián eterno, presiden lo que podría considerarse una especie de zona franca muy particular donde residentes de uno y otro lado pueden encontrarse fuera de las franjas de confinamiento, respetando, eso sí, la normativa legal vigente. Circunstancias que seguro distan bastante de las que vivieron muchos de esa España dividida tras el estallido de la guerra en 1936, mientras republicanos y nacionales se subastaban en la batalla de Guadarrama el codiciado enclave estratégico que domina el puerto en su parte más septentrional desde 1749, donde un león desdibujado abre la Puerta de Castilla.

Un encuentro en el punto limítrofe de dos provincias hermanadas, que tratan de superar la fatídica condena, vigilados por el centinela. Y como  en el instinto de supervivencia se almacena la intrahistoria, por vetustas y pretéritas que fuesen las historias contadas por nuestros padres y abuelos sobre el sitio son ahora un valioso legado del esfuerzo realizado en un panorama, el suyo, nada halagüeño tampoco,  que muestra el testimonio gráfico que aún se conserva. Aquellos padecimientos para muchos, acrecentados por la precariedad económica que atravesaba la nación de postguerra en los años 40 y 50, se solventaban con espíritu resiliente y sacrificios varios, que en más de una ocasión el monte engulliría en una especie de laberinto del fauno. Y acercándonos a nuestros tiempos mozos ni la niebla ni la nieve fueron nunca un obstáculo suficiente para llegar a este emplazamiento, donde se es madrileño y segoviano a la vez.
 
Una sensación a medio camino entre polizones y cautivos coincidiendo en el trazo colindante autorizado, como parte del guion de una película de espías. Un año que nos ha atrapado en el disparate, a la deriva, anegados, intentando salir a flote. Y después de tanto desatino, la naturaleza responde generosa con una excelente temporada de níscalos y setas permitiéndonos disfrutar de una escena inédita de trueque, una ofrenda aderezada con algún chascarrillo irónico que nos saca una sonrisa en la mirada y la emoción agridulce al darnos la vuelta hacia Madrid. ¡Cuántas veces habremos subido y bajado el puerto a lo largo de más de cuarenta años! reconociendo cada tramo, curva, pendiente. Aquella expedición por Peguerinos, fortines y vacas bravas con ganas de embestirnos. La foto desde Casa Hilario, echando un vistazo al valle a lo lejos, ya falta poco para llegar, y por si no lo habíamos visto todo, el contraste de una subida impaciente con parada en el Alto y el de una bajada llena de resignación y de esperanza, en un paisaje afligido que nos despide antes de recibirnos.
 
Una despedida, huérfana de demostración, un “cuídate” con el firme propósito de mantenernos erguidos como el Pino Cardosillo para plantar cara a esta barrabasada del destino que parece quiera arrancarnos de raíz la identidad, la familia, los amigos, nuestras costumbres y tradiciones, y si nos descuidamos, hasta el alma. Un “ya nos veremos” con el convencimiento de que así será, aunque no sepamos cuándo.
 
Con el deseo de pasar página pronto, es obligatorio mirar hacia adelante con expectativa positiva y pies de plomo, planeando aventajar al tiempo perdido desterrando este 2020, y rechazando cumplir ninguno de sus aniversarios el próximo calendario. Un año en el que los de un extremo y otro del Alto se necesitan más que de costumbre. La posibilidad de conectarse digitalmente y en remoto facilita, pero no sustituye a las relaciones humanas que han sido vilipendiadas y desnaturalizadas por completo. Un horizonte en el que cada día se constata que evitarse es la forma de seguir a salvo. Ni en la peor de sus paradojas, Unamuno habría imaginado semejante irracionalidad, y menos aún, que ésta sería la pauta que marcaría nuestros ritmos actuales.
 
Este artículo es un simple “GRACIAS” y un mensaje de aliento a los [email protected] y [email protected] de El Espinar y San Rafael, a los que sigo sintiendo cerca y en especial a una pareja amiga que quiso compartir conmigo parte de los níscalos de su jornada por El Estepar. Porque a pesar de las mascarillas, los cierres perimetrales y las distancias, lo más importante consiste en cuidar lo esencial. Entretanto, dejaremos “en espera” los encuentros de verdad, las charlas y los cafés de distancia corta, los abrazos pendientes, las anécdotas cotidianas del confinamiento, los momentos que han de recuperarse sin apuros ni pretextos, reanudando la actividad y saliendo poco a poco del letargo, celebrando las fechas señaladas y las fiestas aplazadas de nuestro calendario, con aquellas personas que continúen a nuestro lado, sin olvidar a los que estuvieron presentes en este asedio.
 
“La vida es un instinto de desarrollo, de supervivencia, de acumulación de fuerzas, de poder” (Nietzsche).

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