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La sombra de Delibes es alargada

Javier de la Nava 11 de diciembre de 2020 Por Javier de la Nava
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Escritor, periodista, académico de la Lengua, catedrático de Derecho Mercantil, fueron actividades desarrolladas por Miguel Delibes (1920-2010). Varias generaciones de lectores disfrutamos de sus novelas, creadas en el medio siglo que va desde La sombra del ciprés es alargada (1948) hasta El hereje (1998), escritas a mano en cuartillas de papel de periódico de las bobinas de El Norte de Castilla del que fue director. Su narrativa permanece viva y vigorosa y lo convierte en una de las voces más admiradas e innovadoras de la literatura contemporánea española. Su evidente pesimismo hacia la condición humana es palpable en sus novelas más autobiográficas: 377-A Madera de héroe (1987) donde rememoró el Valladolid de su infancia y Señora de rojo sobre fondo gris (1991) dedicada a su esposa Ángeles de Castro, fallecida en 1974.
 
Testigo de un tiempo, sus escritos apelan a la reflexión, al compromiso ético con los valores humanos y a la defensa de oprimidos y explotados: niños, desvalidos o mayores.  Denunció la injusticia, los abusos de poder o el despotismo feudal de los amos. Su vida fue reflejo de integridad, humildad, intolerancia ante la violencia y sobriedad. Delibes sólo necesitó poner en boca de Azarías en Los santos inocentes (1981) dos palabras, “milana bonita”, para transmitir respeto a la naturaleza, compasión por la discapacitada “niña chica” y rebeldía frente al prepotente señorito.
 
En 1966 había escrito Cinco horas con Mario.  La preocupación por la justicia social, la tolerancia y la libertad, afloran en el discurso acusatorio de Menchu (magnífica la interpretación teatral de Lola Herrera) que permite conocer tanto el pensamiento de ella e indirectamente el de Mario, la falta de comunicación entre la pareja y sus carencias afectivas, además de las contradicciones y ramplonería de la clase media española de entonces. Vacíos y frustraciones.  La tristeza y la angustia del hombre ante la muerte se encarnan también  en la soledad radical de Eloy, el funcionario jubilado en La hoja roja (1959),  y en el horror de Senderines, el niño protagonista de La mortaja (1970).
 
En la producción literaria de Delibes es evidente y palpable su amor hacia el medio natural y la búsqueda de armonía del hombre con aquél. Honesto e íntegro, declara su inquietud por las consecuencias de un progreso materializado en irrefrenable consumo que genera gigantescos desperdicios. Así lo manifiestan muchos de los seres que pueblan su universo narrativo: la sabiduría natural e instintiva del Nini, protagonista de Las ratas (1962), o el inocente Azarías de Los santos inocentes. El discurso de ingreso en la Real Academia Española, “El sentido del progreso desde mi obra” (1975), recogía “El hombre tiene sus raíces en la naturaleza y al desarraigarlo con el señuelo de la técnica, le despojamos de su esencia”. La petulancia de una modernidad que se come todo en escasos minutos aparece en  La Tierra herida (2005), escrita con su hijo Miguel, en la cual  dialogan un padre escritor preocupado por los males que afectan al medio natural y un hijo científico que trabaja sobre el terreno los problemas ecológicos.
 
Hablar de Delibes es hablar del paisaje y del paisanaje de Castilla, espacio rural, hoy casi legendario. Nos describe su pobreza, abandono oficial y soledad de sus habitantes que se expresan como son, intacta su manera de ser, “hombres y mujeres que dependían para subsistir antes de los caprichos de la sequía, el pedrisco o la helada negra, que del propio esfuerzo”.  En Viejas historias de Castilla la Vieja (1969) proyecta con prosa bellísima, patética e inigualable un desconocido territorio, al que el autor pertenecía.
 
Años antes de acuñarse el término de “España vacía”, según el brillante ensayo de  Sergio del Molino, Delibes en El disputado voto del señor Cayo (1978), probablemente su novela más leída, reflejó su dolor por el olvido de la cultura rural.  “Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble. Hablamos dos lenguas distintas”, afirma Víctor el candidato que visita Cureña, la aldea donde vive el señor Cayo, quién le dice son sorna, “Os creéis el ombligo del mundo y estáis muy equivocados. Hay que asomarse a los pueblos. Aquí están nuestras raíces, autenticidad e integridad, la verdad de la vida”. La estrechez y miseria de aquéllos, sus carencias y la necesidad de dotar de servicios y equipamientos a un campo se traducen en desertización y abandono. La despoblación implica que oficios y canciones tradicionales desaparezcan y, como consecuencia, las palabras, esas que nos configuran el alma. Para el escritor, “Este orden socio-económico genera alienación. El hombre se despersonaliza y las comunidades degeneran en masas amorfas, sumisas, fácilmente controlables por un poder concentrado en pocas manos”. Del Molino añade “Castellano viejo, paseante, cazador, hombre de campo y hoguera, sólo Delibes podía medir la distancia que había entre ambos mundos porque los transitaba a diario y sabía que no había nada que hacer. España vacía forma parte de otro mundo”. Diagnóstico y profecía.
 
Hombre con fundamento, liberal, católico postconciliar y ecologista defensor del desarrollo sostenible, nos trasmite valores permanentes. Enseña a mirar y a mirarnos. Melancolía y tristeza caracterizaron su obra, pero como dijo Carmen Martín Gaite, otra gran narradora, “cuando algo se expresa de forma tan bella, aunque triste, es menos triste”. La pasión y el paisaje se integran en sus historias, que llevan al  lector a mundos de ficción, a través de puentes no obligatoriamente bellos pero sí seguros y de fácil acceso, pues si resultasen arduos,  no será captado por el relato. Respetado y escuchado,  más que un autor fue una auctoritas. Cabal, ético e independiente sus opiniones eran dictadas por su conciencia. Por eso, la sombra de Miguel Delibes siempre será alargada.
 

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