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El aviador

Jesús Vázquez Ortega 09 de diciembre de 2020 Por Jesús Vázquez Ortega
01

Son las nueve en punto de la mañana. José Antonio sube al Nieuport 52 que tiene asignado, a ambos lados se encuentran otras dos aeronaves similares. El piloto mira hacia ellas y levanta el dedo pulgar para indicar a sus camaradas que todo está preparado, simultáneamente recibe el visto bueno de los mecánicos. La pista del aeródromo de Barajas reverbera por el efecto del sol, es una asfixiante jornada de agosto de 1936, hace dieciocho días que comenzó esta maldita guerra que enfrenta a los españoles. El propio José Antonio sabe que hoy tendrá que combatir de nuevo contra sus compañeros de academia, aquellos que han decidido pasarse al otro bando. No deja de sentir cierta rabia por ello, pero él es republicano y ha prometido fidelidad a su bandera.
 
Las hélices comienzan a girar, lentamente los aviones van deslizándose uno tras otro sobre el asfalto hasta tomar altura y desaparecer en el cielo rumbo al Alto del León, su misión es clara, castigar a las fuerzas sublevadas que tomaron el puerto el día 22.
 
A 25 kilómetros de allí, en la base de Getafe, otra escuadrilla despega minutos después. Entre los aeronautas figura Rafael Peña Dugo, un cordobés de gatillo fácil al que ha habido que contener en alguna ocasión, hace pocos días abatió mortalmente el Breguet XIX del alférez Luís González Celma, oficial de su propio ejército. El objetivo es el mismo que va a atacar el grupo de José Antonio. El Gobierno presiona para eliminar la resistencia del paso guadarrameño consciente del peligro que entraña bombardear la cima, el enemigo ha organizado una defensa casi infranqueable. Allí abundan fusileros y ametralladores que poseen una puntería extraordinaria, las bajas alturas a las que se efectúan los raids, son un hándicap decisivo que juega en contra de las operaciones aéreas.

Volando por la Sierra
 
Las patrullas surcan las alturas de forma autónoma, sin un mando único. Durante el trayecto observan el movimiento de las tropas terrestres que salen de Madrid circulando por las carreteras que llevan a la azulada barrera montañosa que forman las cumbres en el horizonte, campo de batalla del que muchos no regresarán. Las columnas de humo que se elevan del macizo indican la virulencia de la lucha iniciada poco después de las cuatro de la madrugada. La todopoderosa artillería machaca las posiciones abriendo enormes cráteres desintegrando todo aquello que hay alrededor. Los aeroplanos van acercándose, se preparan para lanzar las primeras bombas previa observación del terreno para evitar muertes por fuego amigo, labor harto complicada pues las líneas contendientes están muy próximas. José Antonio ordena a sus acompañantes describir círculos en el aire para estudiar la situación, un ejercicio que entraña mucho riesgo, en cualquier momento pueden recibir disparos de aquella masa de infantería entremezclada que se bate en el suelo. Deciden acercarse hasta San Rafael y luego girar hacia lo más alto, en ese espacio de tiempo ametrallan concentraciones de personal que ascienden por la ladera segoviana, al mismo tiempo otean el cielo para comprobar que no hay aparatos enemigos.
 
Concurrentemente la fuerza de Getafe alcanza Torrelodones, la formación se dispersa con el fin de ser menos vulnerable, aún no han advertido la evoluciones de la escuadrilla de Barajas que se mantiene a media altura centrándose en el sector izquierdo, frenando las acciones del contrario empleando las bombas Hispania que componen parte de la dotación y se lanzan a mano. Durante veinte minutos los bombarderos se emplean a fondo.
 
Al otro lado de la cordillera, sobre el hospital de Tablada, los pilotos de Getafe minimizan en lo posible las acciones de las avanzadas rebeldes que han tomado el preventorio, entre los defensores del sanatorio se encuentra el cuñado de Manuel Azaña, Cipriano Rivas Cherif que junto a una sección de guardias civiles y el escritor Ramón J. Sender, aguantan las embestidas del ejército y requetés que invaden el edificio. Combaten sala por sala, lo que imposibilita una acción más tajante de los aviadores, que disparan a ciegas entre la humareda que emerge del terreno. Rafael Peña retrocede hacia Guadarrama donde también falangistas y soldados hostigan a los cientos de milicianos que intentan salvar el pellejo de las andanadas que llegan del Alto. Por ambas vertientes los aviones gubernamentales operan independientemente sin contacto visual. La situación es confusa, nadie distingue amigos de enemigos, la suerte adquiere un rol esencial en medio de aquel maremágnum en el que flota un irrespirable olor a pólvora.

02

Muerte en el aire
 
La batalla no concede tregua, la aviación del general Kindelán brilla por su ausencia, tras una hora y media de pasadas por los objetivos, los dos grupos aéreos se encuentran frente a frente, la sorpresa pone en guardia a los pilotos, comienzan a tabletear las ametralladoras. La escuadrilla de Getafe se lanza al encuentro de su homónima de Barajas, ésta última extrañada hace señas de referencia que no son atendidas, Rafael Peña aprieta el disparador de su arma que alcanza en una pierna a Andrés García Lacalle, se libra de más impactos al realizar una maniobra de distracción. José Antonio vira de nuevo hacia San Rafael para advertir que comparten la misma misión lanzando alguna bomba sobre la carretera, pero ese detalle no sirve para poner en aviso al agresor, el cabo Peña pica hacia abajo y se coloca tras la estela del capitán José Antonio, aterrorizado, el oficial procura descender enviando señales, escucha el silbido de los proyectiles que pasan como centellas, en un último intento se interna en la zona más oscura, fuera del campo de tiro, pero ya es tarde, quince balas atraviesan el fuselaje del Niueport 52, José Antonio se desangra en el vertiginoso descenso hasta estrellarse unos metros más abajo de  La Fuentecilla. Peña y su escuadrilla dan por finalizada la misión y regresan a Getafe, ignoran que han acabado con la vida de uno de los suyos. García Lacalle consigue llegar a Barajas donde informa del incidente. Por supuesto, los sublevados aprovechan la coyuntura, se atribuyen la acción del primer derribo de una aeronave republicana producida en su zona.

03

La desventura de José Antonio
 
La noticia recorre el pueblo en cuestión de minutos. ¡ Ha caído un avión ! ¡ ha caído un avión ! repiten los pocos que se atreven a salir de los refugios. De la comandancia de El Robledal salen el capitán Arias y el sargento Reja con los soldados Cidoncha, Blázquez y Torres a bordo de una camioneta, se dirigen al punto donde ha impactado el aparato. Cuando llegan observan el amasijo de metal que todavía arde, el oficial saca al piloto semicarbonizado, poco se puede hacer por él. Apagan los restos y buscan la documentación de la víctima que por casualidad está intacta, abren la cartilla y comprueban que se trata del capitán de Artillería José Antonio Méndez de Iriarte, de 29 años, adscrito a la 3ª escuadrilla de la fuerza aérea gubernamental. Se guardan la identificación, un hecho que marcaría el infortunio póstumo de José Antonio. Los militares arrancan las placas del propulsor del Nieuport y se marchan, por la tarde el cadáver será trasladado al cementerio de El Espinar por efectivos de Sanidad junto a otros tres milicianos. Al día siguiente en el paseo A depósito 1 del camposanto, son inhumados como desconocidos y registrados con una nota anexa “individuo marxista”.Allí quedaron sus restos, posiblemente sus allegados jamás sepan qué fue de ellos. Tras perder la guerra, no se atreven a indagar por miedo. Pero la familia Méndez no se amilana, contacta con excompañeros de José Antonio y mantienen también amistad con pilotos del bando vencedor, al fin y al cabo la lucha aérea fue un enfrentamiento entre amigos separados por sus ideas. Años más tarde averiguan cómo y dónde cayó. Cierto día de otoño, un hermano viaja a El Espinar y visita al sepulturero, gracias a las notas que escrupulosamente fueron apuntadas en el libro de defunciones, consiguen poner nombre a aquel pedazo de tierra, ya no será anónimo, sino que figurará como el lugar donde descansa  José Antonio Méndez de Iriarte.

Fuentes consultadas                
Archivo ADAR                    
Archivo Municipal de El Espinar   
Archivo Histórico del Ejército del Aire

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