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Don Senén y el descomponerse de la perfección

Manuel López Franco 14 de noviembre de 2020 Por Manuel López Franco
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Estaba yo paseando con Cipriano de Rivas Cherif y su cuñado por el Madrid de 1918, cuando la voz de mi mujer me sacó del libro y me hizo aterrizar ciento dos años después.
-Si bajas al pueblo pásate por el Avenida a comprobar la primitiva.
No es que nosotros seamos mucho de juegos de azar, algo que influye en que los boletos, si los hay, pueden pasar semanas sin saber nada de su resultado, pero lo cierto es que si no juegas no puedes ganar aunque el juego esté amañado, que decía Heinlein. Y como aún no habían cambiado la hora y hacía buena tarde, me dirigí al bar Avenida donde, sentado con su periódico bajo la cabeza disecada del jabalí simpático, encontré a Don Senén con su gabardina y su café.
-Buenas tardes, amigo. Soluciono lo de la primitiva y me siento con usted un rato.
-Buenas tardes don Manuel, aquí le espero.

Saludé a Félix que estaba tras la barra y resolví el encargo de mi señora con Jesús, tras lo cual volví a la mesa.
-Lo que no habrá visto este jabalí desde esta pared. Sería interesante poder dotarle del don de la palabra.
-Historias de café, de vinos y de copas, de raciones y conversaciones de todo tipo. ¿Cree usted que los objetos inanimados tienen memoria, don Manuel?
-Puede que la tengan. Lo que está claro es que no son capaces de expresarse, con lo cual nunca podremos saberlo. 
-Una pena entonces. Imagine una tarde de verano sentado junto a una iglesia románica escuchando su historia de siglos: las personas, las tardes, el cambio del paisaje, las beatas, las cucarachas, las revoluciones si es que las hubo… en fin todo cuanto mereciese o no la pena ser contado.
-Incluso el relato de ver cómo degeneran las cosas pasajeras. Personas, árboles, casas y familias enteras convirtiéndose en fantasmas.
-¿Recuerda la historia del hombre al que todo se le descompuso?
-Pues no, la verdad.
-Sí hombre, se la conté la Pascua pasada.
-Yo creo que no. Pero podría contármela ya que estamos aquí.
-Sabía que la había olvidado. Don Manuel, debería usted acrecentar la dosis de rabillos de pasa para mejorar su memoria.
-Seguiré su consejo.
-Pues bien, esto era un hombre pelirrojo que tenía obsesión porque las cosas funcionasen bien del modo más sencillo posible.
-Parece loable.

-Y lo es. Este hombre estaba muy solicitado entre quienes querían hacer que cualquier cosa mejorase, pues era experto en ordenarlo todo de tal manera que de un modo fácil funcionase mucho mejor. Su fama incluso se extendió más allá de nuestras fronteras y le requerían de lugares lejanos e incluso exóticos. Y así año tras año, por lo que acabó amasando una gran fortuna y convirtiéndose en un hombre de éxito.
-Se lo ganó, por lo que usted me dice.
-Sí, así fue. El caso es que cuando llegó a una edad más que mediana tuvo la necesidad de formar una familia y dedicar todo el tiempo a disfrutar de la vida en la medida de lo posible.
-Suena bien.
-Los planes frecuentemente lo hacen, pero de todos es sabido que los cántaros tienen vida propia.
-Cierto.
-La fortuna, el destino o un autobús le trajo una tarde de abril una mujer fantástica. Inteligente, sensible, de ánimo alegre y contagioso, de mirada clara y sonrisa magnética; un ser atractivo y deslumbrante. Por aquel entonces él estaba terminando de construir la que debía ser una casa en que poder desarrollar su proyecto de vida. No le faltaba detalle. Era una finca ni pequeña ni grande, con frutales y caminos de grava, y una casa con habitaciones amplias y luminosas, tejados de teja parda y muros de piedra resistentes al calor y el frío. Había puesto todo su saber en el diseño de su hogar, de sus árboles y de sus plantas, y hasta el mobiliario hacía que todo fuese perfecto.

Don Senén dio un trago a su café.
-Decía que una mujer llegó a su vida. Se conocieron en la panadería de un amigo común, y pronto hicieron buenas migas. Les encantaba pasar tiempo juntos y se dieron cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. A ella le maravillaba el mundo fácil y perfecto que él había creado de la nada, y decidieron compartir vida y futuro.
-Algo normal.
-Sí, era el camino obvio. El le enseñó todo su mundo de perfecta sencillez y a ella le pareció el lugar ideal donde pasar el resto de su vida.
-Serían felices, pues, comiendo perdices. Pero algo me dice que eso cambió, porque si no la historia no se diferenciaría de tantas otras.
-Tiene usted razón. Pasaron algunos años y la pareja tuvo dos hijos. Primero un varón de pelo ensortijado y rostro de querubín al que llamaron Serafín, y después una niña de ojos grandes y morena a la que llamaron Almudena. Los dos eran niños ejemplares tanto en su comportamiento como en su apariencia, como si no quisieran desentonar con el resto de las vidas de sus padres. Las visitas se admiraban y hablaban de ellos a sus propios hijos como ejemplo a seguir.
-Todo muy definido y perfecto, pero usted sabe que la perfección cansa y no resulta estimulante.
-Sí, pero no fue eso los que pasó. Una mañana mientras él estaba recortando los setos con mimo, ella observó que una de las paredes de la caseta que tenían como trastero estaba torcida. Cuando todo está torcido lo recto es anormal, pero en un panorama estable y perfecto una torcedura de pared es algo dramático e inquietante. Comentado el hecho con su marido, este no tardó en acercarse para comprobar que el terreno parecía ceder y ello había sido el origen de la torcedura, y avisó a una cuadrilla de albañiles para que reforzasen el muro y corrigiesen así el defecto. Esto hizo que la tranquilidad volviese, pero no para quedarse. Al día siguiente, dos huevos en la nevera se pudrieron de manera inesperada y sin aviso previo.
-¿Los huevos avisan?
-No, por eso no avisaron. De nuevo él buscó una solución y mandó revisar el electrodoméstico por si hubiese fallado, e incluso habló con el supermercado por si el problema hubiera tenido su origen allí. Pero no parecía que nada fallase, lo que instaló un pequeño asomo de inquietud en la pareja.
-Tenía huevos la cosa.
-Dos. El caso es que todo fue a peor. Algunos árboles perdieron sus hojas de repente, aparecieron manchas de humedad por toda la casa, una invasión de topos llenó el jardín de pequeñas manchas de tierra sobre el césped inmaculado… poco a poco todo parecía haber decidido descontrolarse, poniendo a la pareja, pero sobre todo a él, en un estado de nervios y desazón como nunca habían sentido. De repente había goteras y manchas negras de humedad, las cañerías crujían y las baldosas del suelo se movían al pisarlas, cantando una melodía absurda y desesperada.
-Pero imagino que él arreglaba todo lo que se estropeaba.
-Al principio sí, pero llegó un momento en que no daba abasto. Se dio cuenta de que sus soluciones sencillas no eran suficientes para mantener la perfección, y de que no era capaz de implantar soluciones que no lo fueran, y así todo degeneraba por momentos, hasta que una mañana su mujer, dominada por la histeria, le hizo ver que a Serafín se le estaba cayendo un pie. El pobre niño estaba aterrado. El miembro se estaba separando de la pierna y solo aguantaba por un pequeño trozo de carne y hueso, patético en su intento de sujeción. Alarmado, corrió con el niño al médico, siendo frenado por un grito de su mujer, que venía con Almudena en sus brazos persiguiendo a las piernas de la niña que, separadas del cuerpo, corrían sin rumbo fijo. El caos era tal que las cuadrillas de albañiles corrían de un lado a otro intentando solucionar las averías que surgían por todas partes. Todos menos uno, que se había sentado en una silla y parecía divertirse por la situación. La pareja reparó en él y fue como si todo se detuviese. Le recriminaron su actitud, pero él, en vez de ponerse manos a la obra, sonrió e intentó calmarlos con un tono de voz lento y armonioso. Les explicó que no puede lucharse contra el caos, y que lo mejor era sentarse y si acaso ayudar a solucionar lo más importante, pero con calma. Y dicho y hecho, con una cuerda ató el pie del niño y con un silbido detuvo las piernas de la niña para sujetárselas de nuevo con cinta aislante. Los padres entonces se tranquilizaron y comprendieron que la perfección es una imperfección más. El hombre solucionó algunas de las cosas más graves y después se fue explicando que el resto debería seguir su curso.
-¿Se solucionaron los problemas?
-Algunos sí, y otros simplemente dejaron de serlo. Al final la pareja dejó su obsesión y todo se colocó solo, con sus defectos, pero al final eso lo hacía más interesante. No se puede forzar la perfección en un mundo movido por el caos, es como si el jabalí de la pared tuviese el cuerpo que le quitaron. ¿Cree usted que sería más simpático?
-No, porque su simpatía viene de la cara que le dejó quien lo disecó.
-Que, seguramente, no intentó en ningún momento que eso fuese así. Don Manuel, dejarnos llevar con precaución es lo mejor que podemos hacer para navegar por la vida disfrutando de ella.
-Tiene usted toda la razón. ¿Otro café?
-Por supuesto, faltaría más.
Y cuando puse los cafés sobre la mesa, no pude sino sonreír al ver que en ambos algo de líquido había manchado el plato sobre el que reposaban.

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