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EN OTROS TIEMPOS

Aránzazu González 14 de noviembre de 2020 Por Aránzazu G. Herranz
Foto níscalos 1
Foto níscalos 1

La festividad de Todos los Santos y Halloween
Los planes eran otros, para celebrar el día de Todos Los Santos, esa tradición del mundo cristiano tan señalada que se hermana con la judía en su primer domingo de Pentecostés, o incluso el doblete en el calendario que nos ha ido imponiendo cada vez más la celebración de la fiesta de las calabazas norteamericanas extendida como la pólvora gracias a la globalización económica, haciéndose cada vez más popular con la que niños y mayores buscan una excusa a finales del mes de octubre para formar parte de una fiesta profana con orígenes celtas que fue consolidándose en Irlanda, Inglaterra, Escocia y Francia, exportada después a Norteamérica con la migración irlandesa del siglo XIX, pasando a llamarse Halloween, un vocablo que todos hemos aprendido a pronunciar sin problemas de acento anglosajón, cuyo significado real es la Noche de Brujas o Noche de Víspera de Difuntos todos los 31 de octubre. 

Si bien es cierto que se ha convertido en un creciente reclamo comercial con una publicidad alusiva en las fechas que acentúan el otoño y situándonos  en el preámbulo de la campaña navideña, muchos ignoran su verdadero significado, frivolizados por su estética aterradora y chocante desde un punto de vista cultural, como una mezcla entre folklore ancestral y temática controvertida, y entre sus símbolos  esqueletos, muertos, brujas, ataúdes y monstruos dotan del performance requerido a seres siniestros de aspecto tremebundo que quedaron atrapados en algún lugar del tránsito hacia La Democrática como dirían los mexicanos. Espíritus macabros vestidos con la carcajada del miedo para infundir el terror entre los vivos que no accedan a integrarse en su particular fiesta de brujas, y zombis. Una celebración que ha ido recolonizando el continente europeo, en pie de guerra con los preceptos de la fe católica, siendo calificada por sus detractores de anticristiana, llena de ocultismo y profanación.

En una esfera más solemne y totalmente religiosa están las visitas a los camposantos que dependiendo de la zona geográfica no todos han integrado esa mezcla propia del país azteca con rituales icónicos amplificados que son una muestra más de lo representativo de su idiosincrasia en esa parte del planeta hasta el punto de convertirse en suvenir obligatorio.
 
Un día, el de Todos Los Santos, distinto al de los Difuntos, sin embargo, la proximidad entre ambos y su vinculación hace que muchos no distingan bien el significado de uno y otro. Mientras que el primero reconoce a todos los que consiguieron superar el purgatorio, el segundo incluye a los que no tuvieron tal prerrogativa. Una costumbre señalada es la visita a los cementerios católicos para honrar a los que ya no están aún con la convicción de que en la práctica también se trate de ver y ser vistos, junto a una competición de limpieza y reunión entre vivos y muertos, a cuál mejor atendido con lápida reluciente, compadeciendo a los que ya fueron olvidados por completo. Dos festividades muy alejadas una de la otra con distinto atuendo, ceremonia y tratamiento. Santificados unos, condenados en su truculenta escena del horror los otros.

En un Occidente, víctima, una vez más, de las imposiciones y modas dominadoras que le restan identidad tras su acogida al agresivo marketing ejercido por el gigante del otro lado del Atlántico y del negocio irresistible al que muchas empresas se han unido para convertir la fecha del truco o trato en una noche que banaliza la muerte con disfraces impactantes para el coqueteo con payasos de ultratumba. 

Octubres espinariegos
Seguro que en este mes nos hubiéramos pateado el pinar aprovechando la temporada de níscalos, como antes. Sin embargo, hemos tenido que conformarnos con las fotos de la cesta de Beatriz y Ángel, reviviendo así aquellas expediciones cuando éramos pequeños y papá era joven. Qué capacidad de orientación y pericia para dar con los rebollones más codiciados. Mientras tanto no perdíamos ocasión para hacer de exploradores disfrutando de esa naturaleza hospitalaria que también nos enseñaron a respetar.

Solíamos ser tres, logrando así aliviar la letanía incisiva de nuestras madres y abuelas de no adentrarse solos por el monte. Entre los pinos que nos habían visto crecer y que tanto le han otorgado al municipio a lo largo de sus años de historia, íbamos observando flora y fauna, provocando el sonido irresistible de las hojas secas verdiamarillas de la estación madura en su máximo esplendor bajo nuestros pies. Otoños cautivadores que eran la antesala de inviernos sin tregua, que permitían hacer acopio de piñas y ramas qué buena faltan harían para calentarse en los peores días de enero cuando llegasen las esperadas heladas y nevadas que de vez en cuando caían como antaño y volvían a recordarse las puestas de cadenas, el aire gélido con el que arrecirse, las quitanieves, palas y veredas para acceder a las casas, las fotos en blanco y negro que transportan a otros usos y costumbres, fatigas con las que nos declararíamos en huelga, una cadencia comúnmente asociada a épocas de escasez y ese colapso que perjudica a la vida moderna y nos deja un paisaje incompatible con las prisas y los horarios constreñidos.

Y es que no todos los años había las mismas oportunidades para ir a setas. Hacia finales de septiembre incluso antes de despedir al Caloco los más veteranos ya predecían si iba a ser un buen año de níscalos dejando la última palabra a una equilibrada combinación de lluvia y sol que habría de acontecer en los días sucesivos, para animarse a la búsqueda del cotizado manjar durante el mes de octubre. Después de muchos años siguen intactos en la retina momentos tan singulares, irrepetibles, cuando triunfantes descubríamos los discretos claros que servían de lecho a aquellos hongos de color asalmonado donde la paciencia se vería compensada con el hallazgo de una pequeña muestra. Setas inconfundibles que se hacían llamar níscalos, cuyos tonos rosáceos anaranjados característicos te hacían experto micológico al tener la seguridad de que esa especie no presentaba ninguna duda ni riesgo de intoxicación, para tranquilidad de todos, y a los que había que tratar con sumo cuidado en su origen y destino, procurando dejar sus esporas sobre el terreno para su futura reproducción, afanados en que llegaran lo más sanitos posible a la cocina de mamá, tarea que se vería amplificada en todas sus vertientes de elaboración cuanto mayor fuese el éxito de la jornada y más cantidad de dorados fuésemos capaces de atesorar en nuestra cesta por la ruta elegida de los pinos generosos que dan sentido a nuestra historia, al pasado, a la infancia, a los oficios de antes, a los viejos hábitos y a la vida sana que tanto echamos de menos a pesar de lo ingrato de algunas labores, actualmente mecanizadas.

Hoy creemos que la belleza se encuentra en las redes sociales de Facebook o Instagram. En otros tiempos las imágenes de lo verdaderamente importante quedaban impresas en la memoria, escenas de felicidad infinita en los que fuera o no un buen año de níscalos, éramos los más afortunados de varias generaciones, aunque la canasta de mimbre llegara casi vacía, brindando y haciendo acopio de aprendizajes para la próxima salida a setas, sin pararse a pensar ni preguntarnos si al año siguiente, en el próximo otoño, tendríamos la misma suerte.

En estos tiempos difíciles, en los que el camino es largo y espinoso, vivimos de los recuerdos acumulados hasta que podamos confeccionar otros nuevos. Vuelven con más intensidad que nunca anécdotas del pasado grabadas a fuego lento, sobre todo las de carácter cotidiano y familiar que compartíamos en libertad, que retumban ahora en nuestra cabeza, y que tanta valía tenían sin ser conscientes de ello. “El tiempo se mueve en una dirección, la memoria en otra” (William Gibson).

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