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San Roque, las pandemias y el maltrato animal

Javier de la Nava 14 de noviembre de 2020 Por Javier de la Nava
sanroque
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El ser humano tiene mentalidad de vivir de forma excluyente el presente y olvidar lo que la Historia muestra y enseña. A través de los siglos se han sucedido episodios similares a los actuales, con causas y efectos diferentes pero igualmente dramáticos. 
 
Procedente de China, desde el s. XIV hasta 1720, Europa sufrió una peste bubónica caracterizada por tumoraciones/bubones en axilas e ingles y neumonía con cianosis (piel oscurecida por falta de oxigeno). El 5 de noviembre de 1596 arribó a Santander un barco procedente de Dunkerque (Francia), las telas de su carga venían plagadas de “pulgas de la rata negra”, según recoge Javier Mosácula en su libro “La peste de 1599 en Segovia”. El primer enfermo con tos y tumor de garganta se registró en febrero de ese año y en junio la feria de ganado de San Juan multiplicó el contagio. Los fabricantes de paños se negaron a suspenderla. La sequía y malas cosechas provocaron hambre y miseria y la peste se extendió. Unos la achacaron a un castigo divino, otros a la astral alineación de Júpiter, Saturno y la Luna.  Según las crónicas, Segovia perdió casi un cuarto de su población, y en otros municipios perecieron la mitad de sus habitantes.  

“Fue el  fin de la época de esplendor de Segovia y su entorno. Antes de la peste era la primera ciudad industrial hispana, al nivel de Florencia, Brujas o Amberes”, sostiene  Mosácula. Además de aplicar medidas profilácticas en la época se recurrió a  San Roque al que varios Concejos designaron patrón y realizaron el Voto de Villa (promesa de fidelidad). El Espinar lo hizo el 29 de julio de 1599. La “Historia de la Ilustre Villa de El Espinar”, escrita por Rodríguez-Arce, recoge “Que por necesidad y falta de salud que hay en este lugar y porque Dios nuestro Señor sea servido por la intercesión del bien aventurado San Roque, abogado de la peste y de males contagiosos, el Concejo y  vecinos hicieron voto al dicho glorioso santo de guardar y festejar su día como fiesta de precepto en cada un año, que es á diez y seis de Agosto y en procesión á su ermita que para ello se ha de hacer en la parte que más conveniente fuere”. La intercesión del Santo fue efectiva y en octubre, al bajar las  temperaturas, la epidemia remitió, aspecto atribuido a San Roque.  Desde entonces, cada 16 de agosto, las autoridades locales renuevan el agradecimiento por su protección. En algunos pueblos se recita “Pues médico eres Divino/ con prodigiosas señales/ líbranos de pestes y males/ Roque Santo y peregrino”. Vestido de peregrino jacobeo (túnica, capa, esclavina, bordón, sombrero y calabaza) sobre su peana el Santo enseña las piernas afectadas por bubones, a su derecha un Ángel sostiene un tarro de ungüento y a su izquierda un perro le ofrece pan. 

A lo largo de la Historia han existido muchos santos antipestíferos: San Sebastián, San Andrés o San Antonio Abad, pero es San Roque el más venerado como abogado contra la peste y el cólera que tanto se extendieron en la Baja Edad Media europea. Nacido  en Montpellier (Francia), entonces bajo la Corona de Aragón, era hijo del gobernador. Muy joven quedó huérfano, vendió la herencia familiar que entregó a los pobres y peregrinó a Roma. Por sus nociones de medicina curó a un cardenal, que le introdujo ante el Papa. Al regresar, atraviesa la Toscana, región afectada por la pandemia, donde sana a enfermos y él mismo se contagia, por lo que se confina en un bosque. Según la leyenda, el perro del noble Gottardo Pallastrelli le llevaba cada día un panecillo que tomaba de la mesa de su amo. De nombre Melampo, el can era de raza  bretona, pequeño y paticorto.  Finalmente, Roque fue curado por un ángel. De vuelta a  Montpellier, en Angera, junto al lago Mayor, fue acusado de  espía y enviado a prisión, donde murió. Elevado a los altares por presión popular ante sus virtudes, desde finales del s. XV es uno de los santos más venerados, en especial en momentos de pandemia. Su devoción se extendió rápidamente por Europa con miles de templos dedicados, donde su imagen significa un pasado y grave padecimiento en ese lugar. 

En torno al santo se han creado tradiciones sin fundamento consistente. La falta del rabo del can generó varias leyendas. Una de ellas se ubica en el campo de Gibraltar, afectado por grandes epidemias de viruela, tifus, meningitis y peste como la virulenta de 1885. Para proteger a la comarca del mal que la asolaba, en su ermita de San Roque (Cádiz), un santero, Ramón Ramírez, vendía oraciones y unos polvos sacados al rayar la figura del can en la estatua del santo. Así nació el trabalenguas, “El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Ramírez se lo ha cortado”. Otra leyenda catalana cuenta que el día de San Roque su perro visitaba Barcelona para acabar con la rabia canina. De ahí el dicho “Quien maltrata a un perro atrae la antipatía del santo para siempre”.

El pasado 16 de agosto, curiosamente, recibí una solicitud de adhesión a una campaña contra el maltrato animal. Partía de la tortura a un perro, Timple, al que taparon con cinta aislante el hocico y ataron con bridas sus extremidades, asesinándolo. Sus autores fueron condenados a cuatro meses de cárcel, pero al carecer de antecedentes evitarán la prisión. Timple, así se llamaba el perro víctima de la salvaje agresión, era uno de los 10.000 animales agredidos en España. Estamos a la cola de Europa en sanciones por maltrato animal. Es necesario e imperioso legislar contra ello y sensibilizar en el respeto a los animales, que como Melampo con San Roque, nos ayudan, protegen y dan cariño. 

En el actual estado de pandemia, parecido al que vivió San Roque, hemos apreciado lo vulnerables que somos, nuestra fragilidad y limitaciones; la angustia e impotencia para aliviar y sanar a muchos enfermos. Muchos se han quedado en el camino; con el dolor y la tristeza de no poderles despedir con calor y cercanía. Sería ideal que la situación nos hiciera reflexionar e interiorizar comportamientos y actitudes. Así sea.

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