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Luis López, premio Fundación Villa de Pedraza

San Rafael 14 de noviembre de 2020 Por Redacción
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La XIV edición del Certamen de relato corto “Fundación Villa de Pedraza” 2020 ha recaído en nuestro vecino, Luis López Rodríguez, con el relato titulado: “El último mielero”. El jurado, compuesto por escritores y críticos literarios, ha querido destacar la alta calidad literaria de las doscientas seis obras que han concurrido procedentes de España y de distintos países de Europa e Iberoamérica. El finalista ha sido el poeta y escritor almeriense, Juan Pardo Vidal. El premio, que se celebra ininterrumpidamente desde 2006, está dotado con un premio económico y un diploma acreditativo diseñado por el reconocido pintor y escultor, Rafael Sánchez Muñoz. El acto y la entrega de premios, se celebró telemáticamente el pasado día 24 de octubre.

El último mielero
Turo observaba el horizonte con la mirada perdida entre las espigas de los secanos de cereal que, peinadas por el viento, rompían como olas contra los juncos y la arboleda de los arribes del rio. Todas las mañanas, de amanecida, se sentaba en el mismo lugar, junto a la ermita de San Pedro, con el telón de fondo de los oteros salpicados de encinares, robles negrales y sabinos. Esa era la sierra que le había visto nacer y con su edad, si Dios no lo aplazaba, en breve le vería morir. Eso pensaba mientras que, más allá del Cega, observaba las tierras de labor, secarrales en los que los hombres con manos de yesca y pedernal, habían arrancado desde tiempo inmemorial el pan en las entrañas de las sementeras a la vieja Castilla. Y por encima de todo ello, arrastrado por las corrientes de aire, el majestuoso vuelo de los buitres y el acrobático planeo del águila, oteando desde la altura las terroneras arcillosas de los sembrados en busca de ratones o entre los carrizales, el vuelo corto de algún gorrión temeroso. Turo recordaba sentado en un banco construido con el añoso tronco de una sabina.

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Ya no sentía el pulso de los molineros de La Velilla, ni el brío de los carreteros con su chirriante trajín caminero portando sacos de mies y de harina que después vendían en Segovia. Tampoco escuchaba las campanillas de los acemileros, llevando sus reses al mercado de ganado, ni a los pastores con los silbidos en el ajetreo de arracimar a sus ovejas en los apriscos a la espera de que los esquiladores llegasen en mayo con sus formidables tijeras de pelar merinas. Los alpargateros ya no tejían su esparto, ni los cesteros cosían mimbres y de las fraguas apagadas ya no brotaba el martilleo del hierro forjando casquillos y herraduras. Todo se había perdido en la indolente memoria del tiempo y sin embargo, desde allí podía sentir el nuevo latido que atesoraba su tierra y el eterno olor de la lavanda, esa que tantas veces había paseado escoltando a sus abejas en el ir y venir de las colmenas, ahuyentando a las cabras que recomían los florecidos arbustos y a los mirlos en su caza de insectos. Y es que ser mielero en Segovia no era cosa banal en aquellos tiempos de necesidad, en que la medicina acudía al conocimiento de remedios naturales. Y la miel, desde luego, lo era. Turo repasaba de memoria: para el pecho, miel con tomillo; para la garganta, miel con limón; para el catarro y la cabeza, miel disuelta en agua caliente o aquel jarabe de cebolla triturada y recocida envuelta en miel que le daba su madre y que él tanto odiaba. La miel y sus colmenas había dado de comer a su linaje desde tiempo inmemorial y ahora… todo acabaría con él.  

Sentado junto a la ermita de San Pedro, el viento le regalaba recuerdos de niñez, envueltos en la voz tenue de su madre contándole que en la guerra del francés, se llevaron a París docenas de carros cargados de flor de lavanda para hacer óleos y perfumes; y lo que no se pudieron llevar… los franceses lo quemaron. Le contaba su madre: “¡Malnacidos! Arrasaron con fuego el pan de los mieleros” Y Turo entornaba sus ojos garzos de mirada de espliego, velados como un cristal aguado por sus más de noventa años, para escuchar mejor ese murmullo del viento que en una caricia del tiempo depositaba en su memoria gotas de melancolía entre recuerdos en blanco y negro. “¿Por qué los recuerdos son en blanco y negro?” Se preguntaba “Mis recuerdos no tienen color porque debo de ser muy viejo” pensaba. Y Turo, sonreía con un gesto melancólico mirando al suelo y jugando con su garrota entre las curtidas manos con las que había construido todas aquellas historias que ahora recordaba. 

Cuando el sol subía a su cenit y comenzaba a escuchar el susurro lejano de los coches llenos de bulliciosos turistas que venían a pasear las calles, el viejo se levantaba del banco con la dificultad del desgaste que el tiempo había sembrado en su cuerpo, se rascaba la cabeza, atusaba la boina con un golpe sobre la pernera del pantalón y con paso cansado regresaba a su casa para resguardarse a la sombra de la higuera que asomaba por la verja del patio. Antes, cuando vivía en Maderuelo, sobre el dintel de su puerta, se observaban dos dibujos cincelados sobre la piedra; un yunque y un báculo, símbolos de la Guardia Civil y del obispado, como un gallardete advirtiendo de que en aquella casa se había alojado Dios y la Ley; ilustres personalidades de su tiempo. Y él lo contaba orgulloso. 

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Cuando comenzaron a flaquearle las fuerzas se vino a vivir a Pedraza, con una de sus hijas; la pequeña. Ahora sólo le quedaba la sombra fiel de la higuera. Pero daba igual. ¡Él era feliz! Aunque la vida como un prestamista usurero, te arrebata todo lo que antes te había dado ¡Y con intereses! Todo, menos los recuerdos. ¡A eso se aferraba! Y por eso Turo miraba hacía la iglesia de San Juan, donde aún paseaba la evocación de su figura vestido con el blusón negro, con la boina calada y la alforja de rafia al hombro donde guardaba la romana para pesar la miel, la misma que antes usó su padre y antes su abuelo. Además del oficio y de las colmenas, la romana fue su única herencia. “Domingo de misa, domingo de miel”; buen momento para la venta a la salida de los oficios religiosos. Y se imaginaba con sus alpargatas guitadas al tobillo y el barrilete de miel y la enorme cuchara mielera de palo gritando por las calles de Pedraza: “¡El mieleeeroo!” alargando la última vocal para que el eco pregonase su producto rebotando en las paredes de las estrechas calles antes de desembocar en la plaza donde volvía pregonar: “¡Miel segoviaaanaa! ¡Miel de Maderueeeloo!” Y pateaba las calles, pueblo a pueblo. En busca de clientes andaba los caminos, igual que su ganadería de abejas recorría enormes distancias en busca del mejor néctar para, según la estación del año, fabricar la miel de roble, de romero, de cantueso o de espliego; de todo aquello a lo que olía y sabía su tierra. 

Con él se perdería el secreto de la enjambrazón que marcaba el espacio que debe darse a la colmena para que la miel saliera en su sazón y con la humedad adecuada. ¿Cuántas veces se lo había explicado a sus hijos con la secreta intención de que se interesasen por el oficio? Pero ni ellos ni nadie, parecían escuchar. Los hijos se fueron a Madrid para continuar con los estudios, buscando un trabajo menos estacional y mejor retribuido. ¡Lógico! Y excepto su hija pequeña, allí se quedaron, en la capital, para venir al pueblo sólo en las fiestas y algunos fines de semana. Pero no se lo podía reprochar. Él eligió su oficio por imposición; en la época del hambre no cabía elección y las colmenas, sin grandes alardes, siempre fueron un buen refugio contra la miseria pero hoy los tiempos habían cambiado. Hoy, decían que la miel se traía más barata… ¡desde China! “¿Y no hay buena miel un poco más cerca?” Se preguntaba a voz en cuello, encogiéndose de hombros y negando con la cabeza.  

 Volvía a recordar. Siendo un chaval se acercó a su casa el párroco de Santa María del Castillo, con el vestido negro talar, los ojos saltones cubiertos por su sombrero de teja, el misal en la mano y cara descompuesta, como de necesitar ayuda. “Tengo un avispero detrás de Nuestra Señora” le dijo a su madre sin más miramientos. El mosén se refería a que las abejas habían enjambrado en el altar mayor de la iglesia, detrás de la figura de la Virgen de Castroboda y que entre unas cosas y otras, cada vez que se acercaba a oficiar misa, el cura andaba aguijoneado. 
-       Turo, vete a ver qué pasa con las abejas del señor cura. Le dijo su madre.
-       ¿Tú crees que el crío….? Intentó preguntar con dudas el mosén. Pero la madre le hizo un gesto con la mano pidiendo silencio. Y acertó.    
Su tiempo moriría con él, igual que murieron los tiempos de los que le precedieron; y lo sabía. Su tierra mantenía un latir cadencioso pero débil de aquello que fue… pero que ya no era. Tan sólo guardaba el recuerdo del pasado, amargo como la miel del brezo. Cuando se sentaba a la puerta de su casa, cerraba los ojos y miraba hacia el sol buscando un destello que le adormeciera para dejar que los recuerdos volaran libres. En una neblina, se veía de la mano de su madre, entre los campos de lavanda, y en su juventud, paseando entre espliegos, vestido de mielero o ahumando las colmenas antes de extraer la miel, una vez que los insectos habían sellado las celdillas con cera. Una última voz ahogada, casi imperceptible, salió de su garganta: ¡El mieleroooo!

Turo se fue apagando en sus recuerdos. Murió y con él se fue el conocimiento que atesoraba en la memoria. Todo se perdió porque nadie quiso recoger su testigo. Cuando sin escucharle muere un anciano, es como quemar una biblioteca porque con él se dilapida todo su conocimiento oral, sus vivencias y su memoria. Con Turo, se fueron los molineros y las campanillas y el pastoreo y el secreto de la enjambrazón y las historias de la guerra del francés y cómo sacó aquel dichoso panal de detrás de la imagen de Nuestra Señora y... ¡No lo sé! ¡No lo sé! Tal vez fuera una casualidad, pero el día que le llevamos a la sepultura, brillaba el mismo sol que en su juventud hacía florecer el cantueso. Antes de darle tierra el mosén mascullaba el responso: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo” Y yo me fijé en que varias abejas revoloteaban en las flores del sepelio. Otras se habían posado sobre su ataúd y allí permanecieron durante unos minutos, juntas e inmóviles, apiñadas unas enfrente de otras, como orando y con las patas traseras repletas de un tributo de polen, tal vez dando su adiós a quien tanto las protegió y las comprendía. Tal vez, quise pensar, despedían al último de los antiguos mieleros segovianos.  

Unos meses después del sepelio nació Quique, el primer nieto de Turo. ¡Menuda pieza! Creció feliz jugando entre los archiperres de su abuelo. Seguro que el viejo mielero sonreiría al ver a aquel zagalillo de apenas tres años, vestido con un blusón negro, revoloteando como una abeja debajo de la higuera y gritando con lengua de trapo: “Miel cegoviaaanaa”.  
Todo había cambiado para continuar siendo lo mismo.

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