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Covid-19 y Memoria Histórica

Javier de la Nava 19 de octubre de 2020 Por Javier de la Nava
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inicio de la excavaciones en el cementerio de El Espinar

Hace un año por estas mismas fechas nadie habría imaginado lo que ha ocurrido en los últimos meses. Lo cotidiano se convirtió en algo distante. En el ámbito rural estábamos acostumbrados a ver durante períodos del año nuestras calles vacías y silenciosas, pero  ahora algo flotaba en el ambiente que las convertía en fantasmagóricas e irreales. En un escenario sin vida. Salir de casa te arriesgaba a convertirte en foco de contagio. Cruzarse con alguien te hacía mirar por encima de la mascarilla con desconfianza, mentalmente medías la distancia y te apartabas lo más posible, para no caer dentro de la influencia aéreo-respiratoria. Extraña sensación de estar cometiendo algo ilegal.

El impacto alcanzó su cenit dramático en los casos de fallecimiento. Si el deceso se producía en el domicilio, el tanatorio indicaba que, dada la saturación existente en los servicios funerarios, el cuerpo se recogería entre 48 y 72 horas. Mientras tanto, se tenían que abrir las ventanas, apagar la calefacción y cerrar la puerta del cuarto. En el caso de Madrid, posteriormente se trasladaría a la morgue del Palacio de Hielo a la espera de ser incinerado, por supuesto fuera de la capital. Las cenizas se entregarían en un futuro indeterminado. Es desgarrador pensar en esas familias encerradas en sus domicilios tras  ver agonizar a su ser querido. Si se les concedía la posibilidad de enterramiento, las medidas eran estrictas respecto al número de acompañantes, distancia con el féretro y la rapidez en las acciones de inhumación. Si ocurría en un hospital, el centro informaba del  protocolo a seguir. Semanas después, algunas familias supieron que los profesionales sanitarios decidían si atender, o asumir la imposibilidad de hacerlo, a quienes acudían a los servicios de urgencia. Los familiares se sumían en una atmósfera triste y asfixiante, consecuencia de no haber podido despedirse, ni acompañar en el trance de cerrar su capítulo vital a su ser querido. Estremece pensar la angustia y el desconsuelo de la trágica situación, agravada y multiplicada en el desgarro por los factores añadidos.

En medio de la pandemia El Espinar centró la atención de los medios de comunicación. Desde el año 2009, la familia de Eugenio Insúa Alós, desaparecido durante la guerra civil que asoló nuestro país entre 1936-39,  había venido rastreando todos los archivos oficiales con el fin de reconstruir sus últimos momentos y el posible lugar de su inhumación. Sus pesquisas apuntaron hacia una fosa común  en el cementerio municipal de El Espinar. A primeros de septiembre, tras ser autorizada por la actual Corporación Local,  la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) a requerimiento de los familiares de Eugenio Insúa, realizó una excavación arqueológica de rescate para exhumar restos humanos según los protocolos internacionales para intervención en fosas comunes, es decir: prospección,  excavación, descripción de los enterramientos y análisis de restos óseos. La actuación se llevó a cabo en las fosas 21, 22 y 23. Dos de ellas se utilizaron en un primer “turno” de inhumaciones, día 26 de julio de 1936, y la tercera para enterramientos los días 27 de julio y 1 de agosto de 1936. Una vez recuperados los restos óseos, se trasladaron en cajas individualizadas y perfectamente rotuladas, con el fin de estudiarlos y determinar aspectos como sexo, edad, causas de la muerte, posibles patologías en vida del individuo, y todos aquellos aspectos que faciliten identificar a la víctima. La ARMH ha creado un banco de ADN con el fin de contrastarlos con familiares vivos, cuando éstos reclamen los restos. 

En los trabajos realizados en el Cementerio Municipal se hallaron 17 restos, entre ellos el de Eugenio Insúa, identificado por una alianza encontrada en la fosa común. Su hija Rosa ha luchado por su memoria a lo largo de sus 84 años. El viernes 11 de septiembre acudió ante la sepultura. Tras décadas de esfuerzo y sacrificio por localizar dónde se encontraría su padre, por fin exclamó emocionada “Se acabó”. Concluidos los procesos científicos, los restos se devolverán  a las familias para su inhumación en donde deseen.

Según el historiador griego Tucídides, las guerras se declaran por tres razones (las mismas por las que se mata): por honor, por miedo y por interés. Lorenzo Silva en su última novela “El mal de Corcira”, indica que hoy podemos sustituir honor por orgullo. El resultado es el mismo: muertos, heridos, héroes y traidores. Dice  Silva “El interés, como el miedo y el orgullo, pueden hacer de cualquiera un asesino o un guerrero. Entender lo que la gente y los pueblos temen, les interesa o hiere el orgullo es entender  guerras y crímenes, pero no los evita.  El odio entre los miembros de una comunidad puede producir toda tipo de aberraciones, hay quien sale de ellas y quien las perpetúa”.

La pandemia ha alcanzado el millón de muertos. El mundo afronta el impacto letal de la enfermedad y avanza hacia la obtención de la vacuna, pero la segunda ola dispara el temor a que de nuevo los hospitales se saturen y sean necesarios nuevos confinamientos. Muchas personas tardarán en digerir, o nunca podrán, la forma en que sus seres queridos se han ido, otras muchas desde hace décadas lo único que ansían es recuperar los restos de sus seres queridos. No por venganza, ni por reabrir heridas, única y exclusivamente por despedirse de ellos  y darles digna sepultura. Unos y otros, los de hace casi un siglo y los de ahora, merecen nuestro respeto, apoyo, consideración y comprensión. 

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