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BYE BYE 2020

Aránzazu González 04 de mayo de 2020 Por Aránzazu G. Herranz
[Caminé hacia el crepúsculo glorioso / congoja del estío, evocadora / del infinito ritmo misterioso /de olvidada locura triunfadora. / De locura adormida, la primera / que al alma llega y que del alma huye, / y la sola que torna en su carrera / si la agria ola del ayer refluye. (CREPÚSCULO de A. Machado)].
calendario V2

Jamás habríamos imaginado que este capicúa bisiesto, tan redondo, con pronóstico de progreso y bienestar tras una ansiada y costosa recuperación, superada la crisis económica del decenio anterior, nos sorprendería con este revés de dimensiones inasumibles culminando y comenzando otra década del sugerente siglo XXI, dejándonos una secuela abierta al vacío, que intentaremos llenar de momentos que antes creíamos incompletos e imperfectos. Nos salió rana el 2020, eso que algunos dicen de sus parejas cuando te fallan antes de lidiar ninguna tormenta. Un calendario perdido, lleno de muerte y decepción, de crisis y de miedos, de planes abortados como página arrancada con fechas señaladas aplazadas, suspendidas, y huecos en el alma imposibles de sustituir por nada ni nadie. Y los que quedan, como en el lema de los Celtas Cortos, han cambiado, porque han sido condenados a sufrir una metamorfosis obligada, que nos seguirá perturbando a todos.

Nuestro primer objetivo es claro: salvar la vida. En estos últimos dos meses hemos aprendido que la mejor manera de conseguirlo es no contagiarse, no infectarse, caerle mal al bicho, estar fuera de su alcance. Y frente al hermetismo de nuestros verdugos se impone el conocimiento de la lógica y del sentido común, repentino, a golpe de cientos de muertos diarios. Conseguimos averiguar que nuestro sistema inmune no es inmune y se torna discapacitado para defenderse si se la tiene que ver con un virus endemoniado; por lo que es mejor no ponerle a prueba. Algunos afortunados cuentan que padecieron Covid de refilón, otros, desgraciadamente, no sobrevivieron para contarlo. 

Y es que en esta cuarentena que llevamos de mejor o peor manera, a ratos y a días, solos o acompañados, revisando nuestro pasado más inmediato y aquel que ya nos queda lejano, concluimos que esto nos ha cambiado irremediablemente. Sin adentrarnos en las historias de UCI, sanitarios exhaustos, heridos, fallecidos combatiendo el virus en primera línea de batalla, muertos contados por miles a los que se les negó hasta su espacio en los medios porque resulta inconveniente, incómodo e impopular engrosar y hablar de una cifra macabra de auroras sin campanas de un mes de marzo y abril siniestro, propio de una guerra de otro siglo, de pestes medievales o invasiones bárbaras de sociedades no civilizadas ni avanzadas, en las que no parece encajar muy bien pagar la compra con un Smartphone al tiempo que un virus nos asfixia en cuestión de 15 días sin una idea clara del por qué y del cómo nos vimos envueltos en esta zozobra. Una sociedad de la información que presume de digitalización, pero que ignora que no todos sus súbditos son zotes sumisos de un mensaje paranoico, distorsionado y maquillado a merced de maquiavélicos intereses de gobernantes dícense llamados dirigentes de un país. 

Incapaces de dirigirse a las víctimas y a sus familiares para disculparse, y explicarles las curvas y ratios calculados con manipulación deliberada. Datos expuestos con la verborrea e intencionalidad que se necesite en cada momento para conducir al rebaño. Que, dependiendo del factor corrector y de las bases de cálculo, la estadística puede arrojar resultados diversos, la población contabilizada y la dispersión o varianza al gusto, como quien le echa sal o aceite a un guiso. Que las caídas y subidas en las cifras no son fiables si sólo se cuenta una parte, sesgando los resultados y evitando que la información real llegue al ciudadano de a pie, que seguramente es mejor que sepa evangélicamente lo justo y necesario para no dar guerra. El descalabro de este cocinado ha sido la indiferencia y la improvisación, en este orden o desorden más bien, desoyendo recomendaciones de organismos internacionales que avisaron de la imprudencia se estaba cometiendo enmascarada con el pan y circo propia de la irresponsabilidad -remunerada por todos los españoles- de aquellos que eligieron en nuestro nombre confiarnos a la suerte y a las deidades de sol y de la luna.

Somos hospitalarios hasta rompernos en pedazos, no cuidamos lo que tanto esfuerzo nos costó alcanzar, ya vendrán otros que reconstruyan el desaguisado de la mala suerte o la mala cabeza, según se mire. 

Viviremos de los recuerdos, de aquella otra vida que quedó interrumpida un buen día, esperando reconectarnos a ella de un modo diferente, incorporando aprendizajes que dejó en nosotros el confinamiento, a modo de enseñanzas budistas sin haber viajado al Nepal ni a la India. Acostumbrándonos a vivir entre mamparas visibles e invisibles, con mascarillas y guantes de nitrilo o de latex, como parte de un outfit imprescindible en la deprimida interacción con los demás y con el medio, guardando las distancias sin abrazos y besos de WhatsApp, en una atmósfera de desinfección constante con emanaciones constante a parfum de lejía. Y es que en tiempos de bonanza  “todo lo que se ignora, se desprecia” y “todo necio confunde valor y precio”.

El ser humano necesita ocuparse de la supervivencia más inmediata, de las necesidades básicas, de lo que comúnmente llamamos “salvar el pellejo” y después de esas otras que complementan y mejoran nuestra calidad de vida, y entre ellas el ocio, tan importante factor en la ecuación que equilibra nuestro comportamiento, nuestra forma de relacionarnos con los demás, en el modo que cada uno quiera consumirlo. Esa parte de la vida que genera endorfinas suficientes para soportar la rutina, las horas de trabajo y las obligaciones en general. En un intento desesperado de mirar hacia el futuro con optimismo, queremos decir adiós, bye bye -en inglés- a este 2020, y expulsarlo con cajas destempladas, sin pena porque se acabe, con prisas por terminarlo, afligidos por lo que se llevó consigo en una despedida con duelo inacabado y cabizbajos por la vergüenza y el dolor de un pueblo vapuleado y engañado, al que le saldrá caro levantar la cabeza. Apresurando los días en una cuenta atrás acelerada con vacaciones y festividades disipadas, dubitativas y borrosas, con las ganas puestas en una segunda oportunidad para dar paso a otro 2020 como si este no hubiera sido de verdad.

Hemos entonado himnos como bálsamos reparadores para soportar el silencio y el horror, un “resistiré” rescatado del pasado que se vuelve más actual que nunca, y “un canto a la vida” que nace del dolor y de los aplausos a esos héroes que siguen cuidando de nosotros más por vocación que por obligación, exhaustos, que hicieron lo que pudieron entre respiradores y fármacos perversos.

A los que se fueron sin posibilidad de decir adiós a esta tierra; regresará el frío, volverá el otoño y el viento del próximo invierno se llevará las angustias y las tinieblas, soltaremos amarras en su nombre porque este país seguirá debiéndoles una digna despedida. Esperaremos a la próxima primavera, envuelta en aniversario, cogidos de la mano.

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