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UN OTOÑO DIFERENTE

Aránzazu González 17 de octubre de 2020 Por Redacción
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Alcazar en otoño

Tras un septiembre hueco y sombrío el otoño ha hecho su entrada con determinación y aires reivindicativos, en mitad de un panorama desolador y perspectivas nada halagüeñas en el empeño de acabar el año con la esperanza de recuperar nuestras más básicas costumbres, la vida social que todos necesitamos después de finalizar la jornada laboral, en ese café relajado a media tarde o en el vermut del domingo, abriendo la puerta a nuestra parcela privada en la que disfrutamos del ocio que nos enriquece y recompone el cuerpo y mente. Seguimos renunciando al esparcimiento, a las relaciones humanas, a la cultura viva en un país donde la creatividad y el arte se llevan por bandera.

Hemos aprendido a negarnos cualquier deleite, sumergidos en una espiral irritante e infinita como si fuese el peaje de la enfermedad de las prisas y los momentos olvidados, secuestrados por los hombres grises de Momo, que impedían disfrutar de la vida: “viviendo se gasta el tiempo, pero ahorrándolo la vida se apaga y el tiempo se destruye, convirtiéndose en un tiempo muerto”.

Una renuncia continua en cada estación, condenando las ganas, y convenciendo a la paciencia para no “tirar la toalla”,  a sabiendas que el otoño se irá sin pena ni gloria, y durará lo que tarde en llegar el invierno (como dice Sabina) sin rescatarnos de esta pesadilla. Luchando contra el viento ceniciento para que no nos arrastre en vendaval junto a las hojas caídas y por caer con tintes, esta vez, en un espectro de gris oscuro, hacia el único cromatismo de moda, el de los atuendos de hospital, como el moho persistente, que anuncia los peores pronósticos en un trimestre terminal que no contiene su debacle.

Embarcados en la teoría y no en la práctica para la reconstrucción de la vida que teníamos, en versión original con arreglos y mejoras en el disco duro, nos enfocamos en el extraño propósito de continuar en el juego de la silla, perturbador y zozobrante, cuando es la edad el mayor discriminante, que marca el compás en la ecuación de seguir sano a quienes se atreven a desafiar esa probabilidad. Meses, días, horas y estadías inagotables, donde el denominador común es el exceso de tiempo frente a un déficit de libertad autoimpuesto, con el único afán de dar cerrojazo a este capicúa tan vergonzoso, atrapados en un paréntesis interminable cuando el tiempo se transforma en tiempo muerto ilimitado.

Y mientras tanto alguien, para matar el aburrimiento y la tristeza,  se distrae cincelando con un punzón una fecha de aniversario, en una tabla desvencijada que quedará abandonada en el rincón de cualquier leñera, convertida a futuro en pasto de lumbre improvisada, evocando así el pasado de las casas con chimenea, el olor a leña quemada, el chisporroteo del fuego y los momentos de otra época que en buena parte seguiremos echando de menos.

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Devotos de un final de verano en el recuerdo que cuando llegaba a su fin pareciera que íbamos a perecer por la pena ante la inminente vuelta a la innegociable rutina, que nada tenía que ver con los meses de sol y calle, de música al aire libre y los bailes en La Corredera o en la Plaza Castilla. Ahora nos mostramos pesarosos y arrepentidos de haber despotricado de aquella manera, y de haber dejado para mañana lo que lo que ayer creíamos que podríamos hacer hoy.

Un paisaje de rutina, más vacío de colores que nunca, nuestra retina está triste y el ánimo desmayado por la ausencia de contrapartida. Un otoño diferente, tanto el tuyo como el mío, una conversación pendiente, una expectativa que se rinde y se resigna a lo que quede, mientras nos pasan de largo las hojas verdiamarillas que recorren calles vacías e invisibles.

Una fotografía en blanco y negro, la de los abuelos abandonados a su suerte, una herencia maltratada y humillada que qué poco ha importado al mundo civilizado, ocupado en serenatas de eficiencia de mercado y de competitividad, restándole tiempo a la vida de calidad y a lo que realmente importa.

Escenas del otoño que vuelven inspiradoras para mostrarnos lo efímero, lo que caduca, lo que expira, pero también lo que siempre permanece y nos mantendrá en pie, lo que nos despoja el alma y nos taladra el sentimiento, si consentimos que se pierda la memoria y dejamos el sentido crítico en modo avión. En el silencio, que ahora se rompe al pisar las hojas secas, hemos cancelado los impulsos y la naturalidad, relegando los dimes y diretes, los gestos de cariño se han vuelto imperceptibles, y la proximidad es el vicio más pernicioso de todos, adiestrados en activar todo mecanismo de defensa contra los instintos.

Y frente a la ausencia y la distancia, se planta la nostalgia en jarras, para convencernos de que volveremos a disfrutar como antes, volveremos a reír y a manchar las servilletas de carmín, sin molestarnos ni el ruido, ni el bullicio y hasta si alguien se acerca demasiado, volveremos a hablarnos al oído en un concierto, a compartir el abrigo cuando hace frío y a sentarnos cerca uno del otro, deseando encontrar a los amigos de siempre, y a mezclarnos sin preocuparnos del aire que respiramos mientras me coges de la mano.

 “El otoño se termina, y de golpe es pleno verano” (Julio Cortázar)


Aránzazu G. Herranz

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