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Don Senén y la chaqueta agonizante

Manuel López Franco 17 de octubre de 2020 Por Redacción
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El Espino Flores

Salía yo de El Espino Flores, la tienda más bonita de San Rafael con una rosa para mi mujer, cuando vi a Don Senén bajando desde la plaza, y evidentemente le esperé.
-Buenos días, don Manuel, bonita flor. Estas chicas de la floristería hacen magia.
-Sí que la hacen. Veo que ha vuelto usted a la gabardina.
-Sin más remedio. El otoño desea que la deje en casa para regalarnos un buen chubasco, pero hoy tendrá que esperar porque me voy a la capital del reino.
-Le acompaño hasta el autobús y así paseo un poco. La de buenas charlas que habrá conocido su gabardina.
-Créame si le digo que nunca serán suficientes. Y jamás llegará a tener tantas vivencias como la chaqueta agonizante.
-¿La chaqueta agonizante?
-Sí, recuerde aquella historia de mi juventud.
-No la recuerdo, lo siento.
-Mira que le gusta hacerme repetir. En fin, se la volveré a contar.
-Yo creo que…
-Cuando yo era joven viví una temporada en un pueblo pequeño, de alquiler mientras terminaba mis estudios. Era el final de la primavera y tenía mis exámenes preparados, aún sin poder aventurar cuál sería el resultado, como cualquier estudiante sensato. El caso es que una tarde se fue preparando una gran tormenta, y me senté en el jardín de mi pequeña casa a ver las nubes negras acercarse soplando viento sobre nosotros los de abajo. Pronto resonaron los primeros truenos, y aunque aún no llovía, bajaba por el camino un hombre buscando resguardo. Era un indigente, a tenor de su aspecto. Llevaba un carrito de la compra del que asomaban restos indefinidos; su cabeza cubierta con una gorra raída y sucia; barba desaliñada, pantalón atado con una soga y una chaqueta tan vieja que había perdido toda su elegancia seguramente muchos años atrás. El hombre me saludó amable al verme, y al responderle cayó sobre él un rayo tan potente que lo desintegró de inmediato.
-¡Qué horror!
-El trueno hizo temblar todo empezando por mis tímpanos y mis creencias, algo que me dejó absorto unos segundos y ateo hasta el presente. La presenciada desaparición del hombre sigue siendo para mí un suceso inexplicable. Solo sé que, en el suelo, humeante, estaba la chaqueta. El resto, salvo el carrito que había reventado esparciendo sus componentes y contenidos, había desaparecido. Salí rápidamente al camino por ver si había restos del hombre, pero comprobé con sorpresa que no quedaba absolutamente nada salvo la chaqueta.
Era dantesco. El olor a quemado y a ozono me rodeaba. Y en esos momentos escuché un lamento a mis pies. Asombrado miré en todas direcciones, pero no, era a mis pies donde se generaba. Y lo crea o no, querido amigo, el lamento venía de la chaqueta, que se quejaba lastimeramente. Vi que humeaba, por lo que apagué una pequeña chispa que quería consumirla.
La chaqueta agradeció mi gesto con una voz apagada que hizo me agachase para poder oírla mejor. “Gracias amigo desconocido, por aliviar mi sufrimiento”. Creo que el rayo, de algún modo, le había dado el don de la palabra, y allí estaba, expresando su desgracia. Le pregunté si quería que la llevase a mi casa por ver si mejoraba, pero me anunció que prefería morir en el camino, donde había transcurrido la mejor parte de su existencia.
-No haga esfuerzos, intente tranquilizarse.
Por increíble que parezca, la chaqueta tosió un par de veces antes de contestar.
-Sé que me queda poco. He sido una chaqueta feliz porque he vivido con intensidad, y ya le he dicho que en esta última etapa es cuando más he disfrutado. Yo nací de alta cuna, en una sastrería famosa que solo trabajaba para personas importantes. Mi primer dueño fue el hijo mayor de un hombre que compaginaba el poder con la lectura, algo que nunca pudo inculcar al tarambana de su hijo, que de vano que era casi podría haber flotado. Con él viví una vida de derroche y vicio, tiempo perdido y palabrería hueca. De los peores momentos de mi vida. Imagine que esas hubiesen sido sus primeras experiencias y podrá adivinar de qué le hablo. Pero la vida es generosa a veces, y una noche en que no me sacó le dieron tantas puñaladas que su alma no sabía por cual de los agujeros escaparse. Tuve mucha suerte, si yo hubiese ido con él me habrían destruido y solo habría acumulado malos recuerdos, lo que me habría dado un punto de vista equivocado de lo que es vivir. No fue así, y tuve la oportunidad de tener nuevas vivencias.
La chaqueta descansó unos segundos antes de seguir.
-Cuando le enterraron, su madre vació todo recuerdo de su hijo, y yo fui a parar a un familiar lejano que vivía en una pequeña ciudad de provincias, acogedora y agobiante como todas. Era un hombre sin sobresaltos, honrado y trabajador, que pertenecía al funcionariado del ayuntamiento. Allí aprendí a vivir entre papeles y archivadores, entre polvo y silencios tapados por el taca taca de las máquinas de escribir y las preguntas de quienes venían a solucionar algo. También conocí la cara amable de las tabernas, hecha de cafés con leche y pastas, vermouth y aceitunas. Supe que podía charlarse tranquilamente sin las voces de los borrachos, y que las personas se relacionaban más allá de las partidas de cartas y las putas. Cada día, de vuelta a casa, me colgaban en un armario más oscuro por fuera que por dentro, junto con otras ropas más humildes que yo, pero de trato simple y familiar. Fue fácil ver pasar los años. Mi paño se desgastaba y un día me llevaron a la parroquia sin más explicación, junto con otras prendas ya avejentadas. Nos pusieron a todas en un montón y nos repartieron entre las personas necesitadas del barrio. Y así fui a parar a un joven huesudo y lacio, de miembros largos y pelo negro e inquieto, que dedicaba sus días a una funeraria propiedad de un viejo seco y gruñón que desde hacía años le decía que el negocio sería para él cuando muriese, pero que seguramente por tratar tanto con la muerte había cogido confianza y no se moría nunca. La prestancia que me quedaba iba perfecta con el respeto a los dolores ajenos, y casi podría decir que viví un nuevo esplendor entre el olor a muerto, flores y humanidad formal que lo impregnaba todo. Esto me dio a conocer parte del sentido de la vida, conviviendo con la muerte y su representación escénica tradicional en que seguramente el más perjudicado es siempre el muerto, aunque muchos otros quieran monopolizar ese papel.
De nuevo hizo un receso en su discurso. Estaba apagándose poco a poco, pero continuó.
-Y otra vez el tiempo pasó deprisa, hasta el momento en que yo estaba brillante, desgastada y pasada de moda hasta para los muertos. ¡Qué experiencia terrible cuando mi dueño me llevó a la basura para dar fin a mi historia! Allí estaba, sola y asustada encima del cubo, tiritando mi desconocimiento sobre qué podría sucederme, aunque se me aparecían las llamas devoradoras reclamando para ellas mi persona como si de una Juana de Arco de tela se tratase. Mas el destino quiso darme otra oportunidad, y acertó a pasar por allí un hombre desvencijado y sucio, de mirada penetrante y manos de pedernal. Todo él chillaba miseria, pero en sus ojos moraba una determinación indomable que me atraía, y quizás por eso cuando me cogió no sentí miedo ni aprensión, sino tan solo curiosidad. Con lentitud me observó alejándome de sí para verme mejor, y el resultado le gustó. Así terminé cubriéndole, abrazada a él, repitiendo los movimientos de sus brazos, conteniendo en mis bolsillos algunas de sus posesiones más queridas y pequeñas.
Podía ver a la chaqueta irse poco a poco. Descansó unos minutos eternos y siguió hablando.
-Yo, desde mi ignorado desconocimiento de la vida, pensé que podría darle a mi nuevo dueño algo de la elegancia que yo tuve, y que ese sería mi cometido. ¡Pobre infeliz! Habría en los próximos años un torbellino de sitios y paisajes, de personas y momentos: algunos buenos, otros tristes, aquéllos felices, estos con sabor a derrota. Poco a poco supe que aprendía cuando empecé a valorar el hallazgo de comida, o de alguien con quien charlar al calor del ocaso, o a temer el frío del invierno y el agobio del verano, a amar las noches de primavera y en fin a disfrutar de la vida dejándola venir sin apenas tocarla. Año tras año mi desgaste fue en aumento. Los agujeros me comían, los botones me abandonaban, mis solapas mantenían la compostura a duras penas… mi aspecto era, por tanto, cada vez más bello. Yo, que había sido muestra elegante de un rico estúpido y vacío, uniforme de un hombre gris y simple e incluso prenda solemne para despedidas definitivas, ahora lucía descosidos, rotos y falta de botones. Para todos quienes me poseyeron sería motivo de rechazo cuando no de befa, e incluso de expulsión con amenazas. Ahora lucía sin complejos las marcas del tiempo y las vivencias, de los amaneceres y de los campos, de los suelos en que dormimos y de los caminos en que despertamos; en suma, de una vida plena, apartada de los engañosos lazos de la civilización entendida como paradoja. Y es esa vida la que me ha hecho feliz. ¿Puedo pedirle un favor?
-Por supuesto.
-Deme tierra aquí, cerca de donde vi a mi actual dueño y benefactor por última vez. No le pido nada más ¿lo hará?
-Lo haré.
Y entonces calló para siempre. Busqué una pala y cavé un hoyo modesto justo allí donde el rayo cayó y allí deposité a la pobre chaqueta, dándole las gracias por su historia. Y allí sigue desde entonces. Por cierto, ese es mi autobús. Don Manuel, ha sido un placer, como siempre.
-Lo mismo digo Don Senén. Tenga usted buen viaje.
 
Y lo creáis o no, el avanzar por los caminos, para mí, no ha vuelto a ser lo mismo.
 
Manuel López Franco

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