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Historias perdidas

Luis López Rodríguez 17 de octubre de 2020 Por Redacción
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Historias perdidas

Descubro una carta de mi abuelo Raimundo entre las páginas del viejo libro de facturas de su carpintería en San Rafael. Está abierta, franqueada con un sello de doce pesetas, datada en Nava de la Asunción y con remite. En ella cuenta que el majuelo se ha portado mal y sólo ha cosechado 30 arrobas; que Joaquín, el de Melque, tiene que volver a operarse de la garganta; que la tía Julia está cogiendo peso; que mi tío abuelo Leocadio murió de repente y le dieron tierra el 4 de enero; que quiere ver a sus nietos para pasearlos en el carro... En fin, intrahistorias familiares a flor de piel, manuscritas en una carta que por algún motivo… jamás remitió. Son relatos que reposan en un estante, sin protagonismo y sin heridas, esperando una respuesta que nunca llegará. Intento imaginar los motivos para no enviarla ¡Dios sabrá!  

Una carta sin remitir es un pájaro sin alas; un beso lanzado al aire; un mensaje suspendido en el tiempo que no hallará destinatario; una caricia sin testigos; una forma de hablar contigo mismo… o tal vez con nadie; de envolver un regalo para no entregarlo; la materialización de una duda y seguramente una historia inacabada. 

Pensando en ello devuelvo la carta a su lugar; al olvido. Y cierro las hojas despacio, con el respeto debido a esas historias familiares perdidas que, por voluntad propia, descansan dormidas entre las páginas de un libro.  

Luis López 

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