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El presente, el pasado y el futuro

Alberto Martín Baró 17 de octubre de 2020 Por Redacción
Rio-Moros
Rio-Moros - "No es posible bañarse dos veces en el mismo río" (Heráclito)

No tenemos otra cosa que el presente. El pasado ya no es. Y el futuro no sabemos cómo será, incluso si llegará a ser.

Por eso, el poeta latino Horacio (65 a.C. – 8 a.C.) nos aconseja en la Oda 1, 11: “Carpe diem, quam minimum credula postero”. Que en román paladino podría traducirse: “Aprovecha el día de hoy, sin fiarte para nada del mañana”. Y en versos anteriores de la misma oda asegura: “Dum loquimur, fugerit invida aetas”. “Mientras hablamos, se habrá fugado el tiempo celoso”.

Ha sido un tópico de la antigüedad grecorromana, acentuado en la Edad Media, la fugacidad del tiempo que, aplicada a cada uno de los mortales, nos avisa de lo corta que es nuestra vida. Los hedonistas sacan de esta premisa innegable la conclusión de que hemos de disfrutar del presente.

Pero ¿qué hacer si el presente, tanto el individual como el colectivo, está marcado por la desgracia y la infelicidad? La actualidad de España y de los españoles, al igual que la del mundo entero, está lastrada por el azote del covid-19 que ha generado una crisis sanitaria, económica y laboral sin precedentes. En estas circunstancias podemos adoptar tres posturas: negar la realidad del coronavirus y sus consecuencias; defendernos del virus y atacarlo; o confiar en un futuro más halagüeño. Está claro lo que nos aconsejaría Horacio: no nos fiemos para nada del futuro. Y ya que tampoco es sensato cerrar los ojos a los contagios y las muertes causadas por el covid-19, no queda otra opción que la defensa y el combate frente al mortal coronavirus.

La afirmación de que no tenemos otra cosa que el presente necesita matizarse. Empezando por el papel que desempeña el pasado, tanto en la vida individual como en la colectiva. Somos lo que somos en el presente como consecuencia de lo que hemos sido en el pasado. El pasado está presente en nuestra vida, fundamentalmente de dos formas: una, mediante la configuración que ha moldeado nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestros conocimientos, nuestros sentimientos; y otra, mediante los recuerdos. En esta configuración influye de forma destacada la educación recibida.

Aun en el supuesto improbable de que hubiéramos olvidado todo nuestro pasado, ese pasado ya es parte de lo que hoy somos, para bien o para mal.
Se puede superar un pasado de desdicha y desamor. Pero para hacerle frente hay que reconocer su existencia y su influencia en el presente.

Y si el pasado desempeña un importante en la vida de los individuos, no menor significación tiene en la vida colectiva de los pueblos. La historia, o sea el conjunto de los hechos que han ocurrido y de los personajes que han vivido en el tiempo hasta el día de hoy, configura, en un determinado espacio geográfico, junto a características como el clima, la vegetación, la fauna, el relieve, entre otros factores, el carácter y la forma de vida de un pueblo.

La memoria histórica del pueblo español debería incluir tres rasgos fundamentales: 1. Una visión de los hechos y de los personajes enmarcada en la época en la que ocurrieron y vivieron, sin influencia de ideas o formas de sentir actuales y sin prejuicios ideológicos. 2. Una exposición lo más completa posible. 3. La aceptación de las luces y las sombras que todo devenir histórico presenta, sintiendo el legítimo orgullo de los logros y sabiendo a la vez reconocer los errores, para no volver a incurrir en ellos en el presente.

Hemos visto que el presente es fugaz y, como ya advirtiera el filósofo griego Heráclito (hacia 594 – 480 a. C.), todo fluye y está en perpetuo movimiento. Luego hay algo que nos remite de modo ineludible a esa fluidez venidera.
El futuro, es decir lo que está por llegar, ¿tiene alguna significación en nuestra vida? Hay un futuro que se asoma casi indefectiblemente a lo que estamos haciendo al pensar en lo que vamos a hacer. Esta proyección de lo venidero en el ahora puede distraernos de la tarea que tenemos entre manos, pero también es necesaria cuando queremos planear lo que hemos de llevar a cabo.

Una repercusión más significativa del futuro en nuestra vida podría formularse como aquello a lo que aspiramos a ser o a realizar, humana y profesionalmente, el día de mañana. Hemos visto cómo la educación recibida en el pasado influye en lo que somos en la actualidad. De ahí la importancia de nuestras aspiraciones en la configuración de nuestra realidad presente.
Hay un futuro que acontecerá de manera ineludible, como que la noche sucederá al día. Pero, en otro orden de cosas intangible, existe para el creyente religioso el horizonte de otra vida más allá de la muerte, en el que se basa la esperanza. Sin embargo, en estos tiempos aciagos del covid-19, la esperanza de la humanidad no está puesta en el cielo, sino en algo a ras de suelo: una vacuna eficaz que nos defienda del dañino coronavirus.

Alberto Martín Baró

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