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La guerra de los siete años

Jesús Vázquez Ortega 16 de octubre de 2020 Por Jesús Vázquez Ortega
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Si preguntáramos a los ciudadanos del municipio acerca de su conocimiento histórico sobre sucesos bélicos acaecidos en la comarca, probablemente la gran mayoría haría referencia al paso de Napoleón aquella gélida mañana del 24 de diciembre de 1808 por el Alto del León, una epopeya mítica en el ámbito serrano, que dejó escrita una página memorable para la posteridad. Por supuesto, muy pocos olvidarían nombrar la maniobra militar más reciente sucedida en el entorno, la Guerra Civil, que en nuestro territorio adquirió las características propias de una pugna abierta. Pero a buen seguro, serían pocos quienes recordarían que también existió otro conflicto, el cual, a pesar de su repercusión muy pocos mencionarían, la Primera Guerra Carlista, un enfrentamiento que en su segunda fase alcanzó de lleno el centro peninsular.

El estudio de esta contienda a nivel local, es una sucesión de lances interesantes a la par que desconocidos, que forman parte del pasado y por ende del acervo cultural de esta tierra. Su singularidad, los hechos derivados de las evoluciones de los adversarios, son ingredientes suficientemente significativos como para dedicarle unos párrafos. No obstante, considero oportuno hacer una somera introducción que permita al lector comprender de forma meridiana el por qué de este relato. Al mismo tiempo explico el motivo de esta conflagración, omitiendo detalles en cuanto a otros nombres, acciones y reseñas que convertirían esta historia en un laberinto farragoso de entender, me limitaré exclusivamente a narrar las circunstancias que atañen directamente a la situación geográfica que ocupamos.

¿Qué fue la primera Guerra Carlista?
 
Tras el fallecimiento de Fernando VII, el último rey absolutista, España vivirá entre 1833 y 1840  el mayor choque armado de la Edad Contemporánea, librado entre carlistas (absolutistas) partidarios del infante Carlos María Isidro de Borbón y los seguidores de Isabel II, denominados cristinos (isabelinos) puesto que en aquellos momentos ocupaba la regencia la reina María Cristina.
 
Fue una campaña desigual por cuanto los cristinos eran un ejército nacional apoyado por el Reino Unido, Francia y Portugal. Los carlistas aglutinaban un conjunto de efectivos agrupados en los tres núcleos principales del absolutismo, País Vasco y Navarra, el Maestrazgo y Cataluña, al que se adhirió una red de partidas dispersas que aplicaban tácticas de guerrilla con ayuda económica del Imperio Austriaco, Prusia y el Imperio Ruso. Las batallas no consistieron en grandes refriegas, la estrategia se basaba en misiones de hostigamiento, asedios, corte de comunicaciones o ataques a expediciones, aunque no por ello dejó de ser un conflicto cruento hasta tal nivel, que se apuntan episodios de canibalismo entre los derrotados tras la victoria de las tropas isabelinas, que aniquilaron al enemigo sin piedad. Con posterioridad se libraron otras dos cruzadas, la Segunda Guerra Carlista (1846-1849) y la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), éstas últimas quedan excluidas del artículo al no tener consecuencias en la región.

Castilla
 
El 20 de julio de 1837, cuatro años después del inicio de las hostilidades, Juan de Zariatiegui, lugarteniente de Tomás de Zumalacárregui, parte de Pamplona cruzando el Ebro para dirigirse hacia Roa y Peñafiel extendiendo la causa absolutista a su paso sin hallar apenas resistencia. Su progresión es inexorable y fija su objetivo en Segovia. Tras él marchan las huestes del general Santiago Méndez-Vigo, capitán general de Castilla, quien no logra su objetivo de dar caza al oponente, que el 4 de agosto asalta la ciudad obligando a capitular a los ocupantes del alcázar. Allí se apodera de armas y pertrechos, creando el batallón de Cazadores de Segovia con ochocientos estudiantes voluntarios, conquistando el Real Sitio de La Granja para a continuación cruzar el macizo central y batirse en Las Rozas contra los generales que le perseguían, saliendo airoso de los combates. Pero la capital del Reino cuenta con un experto que posee una guarnición bien adiestrada, el general Espartero. Zariatiegui se retira cruzando el Puerto de Guadarrama, donde llevará a cabo varias operaciones por distintas poblaciones.

Al sur de Segovia
 
Las vanguardias del general navarro caen sobre San Rafael y El Espinar el 13 de agosto, lo que obliga a tomar medidas a Méndez-Vigo, que desde su cuartel radicado en Abades redacta un despacho a la Secretaría de Estado, exponiendo la situación en el área meridional de la provincia.
 
“Habiendo emprendido movimientos antes del amanecer desde la fonda de San Rafael por El Espinar hacia Ávila, supe al salir de aquel pueblo hacia la Venta de Campo Azálvaro que el enemigo se dirigía con artillería a dicha ciudad reuniéndose antes en Villacastín con el resto de sus fuerzas. Inmediatamente fui al alcance de los rebeldes descubriendo al llegar a Navas de San Antonio agrupaciones de tropas en formación, por lo que decidí atacar no llegando a entrar en combate por cuanto huyeron con rapidez. Nuestro brigadier Alcalá entró en Villacastín incautándose de provisiones abandonadas. Después continuamos persiguiendo a la columna hasta llegar a Abades, donde observamos la desbandada de los carlistas camino a Segovia, impidiendo así el asalto a la capital abulense”.
 
Ese mismo día en San Rafael, una sección de artillería procedente de Madrid es apresada por quince absolutistas acampados en las cotas de Cueva Valiente, siendo capturados y literalmente “detenidos y puestos en cueros, tomándoles sus caballos y armas, poniendo trote hacia las montañas”. Por la tarde 150 facciosos (adeptos a Zariatiegui) llegan a la pedanía chocando en los Altos de San Cayetano contra 120 hombres de la Guardia Real de Infantería, originándose un encarnizado combate a lanza y espada que deja víctimas en ambos bandos.

El despliegue de Zariatiegui
 
El jefe carlista describe sus evoluciones en este informe a José de Uranga, sucesor de Zumalacárregui, muerto por septicemia dos años antes en Cegama (Guipúzcoa).
 
“Después de mi salida del campo de Las Rozas, subí el Puerto de Guadarrama, y tomé el pueblo de El Espinar y la llamada fonda de San Rafael. El 13 dispuse una aproximación sobre Ávila con dos brigadas y la artillería, mientras que otras colocadas en Villacastín observaban los caminos de Madrid y Valladolid, manteniendo la comunicación con Segovia, pero hacía poco que habían marchado las primeras avanzadas, cuando tuve noticia de que Méndez-Vigo con 2000 hombres al mando del general Francisco Puig-Samper progresaba con calesas, tartanas y demás carruajes de Madrid hacia Guadarrama. Desistí de otras alternativas concentrando fuerzas, la artillería fue difícil de reunir, pero finalmente llegamos a Villacastín. La tropa necesitaba descanso por los continuos desplazamientos que llevamos a cabo, sabidos de que el enemigo se encontraba en El Espinar. Después envié secciones de mi brigada a Zarzuela del Monte y Monterrubio. Combatimos en el flanco derecho contra guerrillas. La mañana siguiente al rodear por Abades de nuevo peleamos, dejando al contrario muchos muertos. Algunos de nuestros efectivos quedaron dispersos por varias zonas de Ávila y El Espinar. Adelantamos seis leguas con un solo herido, Ramón Velasco, soldado del 7º de Navarra. La infantería del rey orgullosa de haber hecho huir a la caballería isabelina en uno de los llanos más grandes del reino, llegó a Segovia al anochecer.”

Cuartel General de Segovia 15 de agosto de 1837.
 
Pero los menoscabos sufridos en la meseta castellana van haciendo mella entre las brigadas de Zariatiegui. Sus soldados, exhaustos por los interminables traslados, no tienen tiempo para rehacerse de las escaramuzas que las compañías de Méndez-Vigo ejecutan continuamente en distintos sectores, empleándose a fondo ante unos escuadrones muy mermados, tanto por los efectos de las armas como por los de las enfermedades. Gran parte son hechos prisioneros, su destino es cuando menos incierto, muchos terminarán trabajando como mano de obra en la construcción de obras civiles.

Declive carlista
 
El desgaste de los absolutistas aumenta, la presión enemiga es cada vez mayor, las unidades son exterminadas. Disgregadas, subsisten como maquis, dando golpes de mano allá donde pueden. Pasan hambre, están escasos de armamento y no pueden establecer contacto con su ejército, prácticamente desarbolado.
 
El 18 de noviembre, convertidas las guerrillas en grupos de bandoleros, asaltan el ayuntamiento de Las Navas del Marqués. Orejita, Peñuelas, Peñasco, Maza y Mansilla se hacen con los fondos públicos, secuestrando al regidor y dos asistentes, su suerte es desconocida. La población, según los vecinos, se encuentra desamparada, sin fuerzas del orden, haciendo idóneo aquel lugar para cometer todo tipo de fechorías. Tres jornadas después se producen tiroteos en Cercedilla y es capturado en El Molar un cabecilla de nombre Isidro Frutos.

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El Espinar no se libra de la rapiña de estas hordas que protagonizaron en varias ocasiones actos de pillaje. Solían adentrarse utilizando las rutas que llevan al pueblo desde el sur, descendiendo por El Boquerón o bajando las crestas de Aguas Vertientes. Fueron muchos los habitantes que formularon denuncias ante el gobernador de la provincia por sufrir latrocinios. Eugenio Reguera, que durante años recibió demandas de compensación, publicó edictos al respecto como el que a continuación podemos leer.
 
D.   Eugenio Reguera, gobernador de esta provincia.
 
“Hago saber: Que a instancia de D. Claudio Lovelos, vecino de la villa de El Espinar, se promovió en el año 1840, el oportuno expediente, con arreglo a la ley en vigor, y demás disposiciones superiores sobre el particular, y con objeto de solicitar el abono de los daños que le causaron en su fortuna las invasiones de tropas carlistas. En su virtud, y habiendo practicado el interesado las justificaciones necesarias, y héchose por peritos nombrados al efecto por la Diputación Provincial y el ayuntamiento de la expresada villa la tasación de los efectos robados, de la que resulta el valor de aquellos y demás daños sufridos por dicho D. Claudio Lovelos ascienden a la cantidad de 5643 reales, se hace público por medio de este Boletín Oficial, en cumplimiento a lo prevenido en la citada ley, para que los interesados en contrario puedan alegar en el término preciso de quince días, a contar desde la fecha de este periódico, lo que juzguen conveniente sobre la valoración hecha, sirviéndoles de gobierno que el pormenor de ella se pondrá de manifiesto al que lo reclame en la Secretaría de este Gobierno de provincia”.
 
Finalmente, la guerra concluye el 6 de julio de 1840, los carlistas caen vencidos.

Los sucesos de El Quintanar
 
Estas bandas residuales siguieron actuando de forma autónoma durante el periodo de entreguerras deambulando a su albedrío con el fin de delinquir perpetrando robos o saqueando pequeñas aldeas, ya alejados de su actividad militar. La creación de la Guardia Civil en 1844 comenzó a poner cerco a los desmanes, acosando el bandidaje. Una de las agresiones llevadas a cabo por dichas células se produjo el 5 de marzo de 1846 en el caserío de El Quintanar, según recoge el comunicado emitido por el gobernador de Segovia.
 
“Aún se duda a qué gremio pertenecen los hombres, que como llovidos del cielo se presentaron a tres leguas de Segovia este viernes, y que tuvieron en alarma al administrador y autoridades de San Ildefonso, por las noticias que nos dieron.
 
Lo positivo es que, a las cuatro de la madrugada de dicho día, seis paisanos a pie, vestidos de chaqueta y pantalón con botas y zapatos, sombrero calañés, abrigados con mantas encarnadas y armados de trabucos, carabinas y pistolas al cinto, fingiendo ser la Guardia Civil, se hicieron franquear la casería de El Quintanar, próxima a la Venta del Hambre y al camino real que lleva a la Corte. El frío excesivo parece les obligó a tomar aquella guarida, donde tuvieron que matarles un carnero y se proponían pasar la noche, pero a pesar de su mucha vigilancia sin perder de vista al ventero, pudo una hija de éste comunicar a un pastor los huéspedes que tenían, para que avisara a los guardias destacados en la Venta de Prados. Sólo dos había de servicio en este punto y se portaron con más valor de lo regular, teniendo la fortuna los ladrones de huir antes de su aproximación, sin duda por temer acudiesen en mayor número. Los dos agentes acompañados del casero de El Quintanar, les persiguieron más de una legua, disparándose recíprocos tiros por el escabroso cerro del Cristo del Caloco.
 
Es de sentir la escasez de guardias civiles, que a ser más hubieran prestado uno de sus buenos servicios con la captura de estos forajidos itinerantes”.

Este incidente fue la última tropelía de los salteadores en la zona. Diseminados, paulatinamente se retiraron al norte, con intención de unirse al reorganizado ejército carlista para fraguar una nueva campaña que estallaría meses más tarde.

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Fuentes consultadas                            
Archivo Real y General de Navarra                
Instituto de Historia y Cultura Militar              
Archivo Histórico Nacional                    
Archivo Digital Museo Zumalacárregui           
Archivo Histórico BOPS                       
 
Ilustraciones y fotografía                  
Carga de la caballería carlista                
El general Espartero                       
Sierra del Quintanar                        

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