Cookie Consent by PrivacyPolicies.com

EL SUEÑO Y LOS MONSTRUOS

Aránzazu González 10 de agosto de 2020 Por Aranzazu G. Herranz
Foto Forestal2
Foto Forestal2

El aguafuerte «El sueño de la razón produce monstruos» es un grabado de la serie los Caprichos del pintor español Francisco de Goya realizado en 1799. Todos asistimos al verano más inusual en el municipio, denominado por muchos como extraño, anómalo o simplemente diferente, asumiendo del mejor modo posible el orden de preocupaciones que encorsetan nuestra vida actual.

Echando un vistazo rápido tan sólo quedan a salvo del monstruo de la catástrofe los meses de enero y febrero, que no servirían para combatir el jaque mate lento e implacable, que ha aniquilando en mayor medida al segmento de población más vulnerable y con menos posibilidades de superar la batalla. Después del confinamiento y sus prórrogas, llegaron las fases de un comité de expertos inexistente, ignorantes todavía de los efectos de esta debacle, de sus retrocesos y rebrotes además de la irresponsabilidad de aquellos amantes del riesgo poniendo en peligro al resto de sus vecinos e incluso a los miembros de sus propias familias.

Entre tanto, con una mayoría consciente de la situación, cada cual ha ido diseñando su estado de alarma particular, en función de cómo cada uno elige exponerse al monstruo en cada momento. Un paisaje dominado por una sobredosis de incertidumbre que ha secuestrado, sin tregua, nuestra toma de decisiones, incluso las que afectan al más corto plazo, convirtiéndonos en seres más endebles y desvalidos que nunca.  Y mientras que buena parte de los mass media aturden con dialécticas infructuosas de índole económica y política, somos testigos de una trágica guerra, el mayor descalabro de nuestra historia reciente, que nos obliga a cancelar el futuro más inmediato para sobrevivir a este presente neurótico. Atrapados en una desescalada endiablada con el ánimo de restaurar el ritmo habitual de la actividad sin el éxito esperado, reincorporados a una inverosímil rutina, que ha remodelado nuestro carácter y taladrado el comportamiento con los demás, fruto del enloquecedor protocolo necesario de medidas preventivas, impuestas para combatir al enemigo silencioso e invisible que ha dispuesto instalarse en nuestros usos y costumbres. Un viacrucis en el que continuamos resignados, aferrándonos a una suerte en cuarto menguante y al sentido común que aún quede cuerdo.

Y en la creencia de que despertaremos de este mal sueño reestableciéndose la realidad que queremos como quién vuelve a casa después de un largo viaje, vamos formando parte de esta nueva normalidad, que de normal no tiene nada. Una contrarreloj llena de fuertes turbulencias, en un tiempo de descuento sin perspectiva estable, con gestos suprimidos, exterminando las relaciones sociales. Una selección natural dirigida por el destino y las acciones de la colectividad, echando abajo el laissez faire e implorando el intervencionismo del papá Estado por parte de aquellos que meses antes reivindicaban su nocivo independentismo a cualquier precio. Un horizonte borroso que invalida la tesis kantiana sobre la construcción de una convivencia pacífica en comunidad que facilite el desarrollo de libertades y la racionalidad del individuo; difícil tarea en un mundo insolidario y en conflicto consigo mismo que impide el logro de la felicidad. 

Afligidos por un surrealismo inimaginable, alimentado por el desconcierto y el caos, burlados por el Leviatán de Hobbes, arrastrando el indolente saldo de víctimas, que bien podría encuadrarse en El Infierno de Huys o en El triunfo de la muerte de Brueghel, en las guerras napoleónicas o con las pestes del continente a lo largo de su historia. El sueño priva de la razón y produce monstruos acabando con la luz que nos hace emerger de la oscuridad de nuestro propio subconsciente y de nuestros miedos, de ahí que para combatir a los monstruos debamos mantener a la razón en permanente vigilia.

Una adaptación rápida a los instintos básicos de resistencia que prescinden de lo que de repente se vuelve innecesario. Un nuevo orden vital que no permite relajase ni abandonar las alertas junto a una exhaustiva higiene. Y no por ello hemos de renunciar a la risa que expresan los ojos y cuanto nos recorre por dentro. Los monstruos campan a sus anchas alimentados por el pánico, el recelo, la turbación y la desconfianza. Vecinos que han exiliado los saludos de siempre, sembrando un trato deshumanizado que se apresura a la indiferencia en una siesta peligrosa que nos hace mudar el carácter y esquivarnos mutuamente.

Puesta sol Fuensanta

Y en el intento de reconocernos de nuevo por las calles, emergen inevitables momentos pasados, dolientes, mientras transcurre la escena goyesca de la razón y los monstruos, añorando volver a encontrarnos cuando todo esto pase, implorando una prórroga para recuperar los abrazos perdidos, que esperan, contenidos, su liberación. Distantes, reacios, en una calma tensa queriendo volver a ser los mismos de antes, emocionados al ver a nuestros mayores dando ejemplo sin rechistar a este insólito panorama, manteniéndose prudentes sin renunciar por ello a su entrega y sacrificio como supervivientes de un nuevo naufragio, en el que han sido los primeros condenados arrojados por la borda, sin contemplación. Un desierto sin aire, con un julio y agosto maltrechos, desaprovechados. Un septiembre sin El Caloco en el pueblo, sin fiestas ni reencuentros. Un otoño que se anuncia intranquilo, sordo y mudo. Un diciembre desdichado con ganas de despedida. Un renglón que nos quedó torcido y al rojo vivo. Una reconquista en espera junto al recuerdo de los que se fueron.

Agradecidos de volver a contemplar tus indelebles puestas de sol desde La Fuensanta, pellizcándonos si eso que vemos son las gavillas de un paisaje cabizbajo que es testigo de un guion surrealista de miradas congeladas, reprimiendo el pesimismo entre pacientes y longevos pinos espinariegos, que susurran al oído su chasquido misterioso. Hoy regreso a mis años mozos y te recorro activando mis sentidos por la Forestal hasta Arroyo Mayor, escuchando el sonido del agua y de los pájaros, los ruidos del bosque encantado, con ausencias y vacíos, tocados, pero no hundidos, sometidos y rebeldes recobrando el aliento en este hospital de la sierra. Aránzazu G. Herranz

Te puede interesar