El Instituto abrió un nuevo horizonte a los jóvenes de la comarca

El Espinar 11 de junio de 2020 Por Juan José Saiz Garrido
50 aniversario del Instituto María Zambrano de El Espinar
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Alumnos, padres y profesores, cansados pero felices, tras llegar caminando a Santiago. Junio 2013

Estos días de confinamiento me ha dado por escribir y, tal como están las cosas, la tentación me lleva a mirar más al pasado que al futuro. En esto, María Corral, la nueva directora del Instituto me pide que escriba sobre el 50 aniversario. Lo hago encantado,  me considero testigo de excepción.

Recuerdo muy nítidamente aquella época, incluso hasta el día de su apertura. Avanzaba el mes de noviembre de 1.970 y el centro aún se encontraba en obras y con muchas carencias, pero había más de 150 alumnos matriculados de El Espinar, San Rafael, La Estación, Navas de San Antonio y Villacastín. No recuerdo que se celebrase ceremonia alguna. De entrada, se podía cursar todo el bachiller elemental de entonces, de 1º a 4º. Tengo la impresión de que nacía como un experimento, durante muchos años solo fue una extensión del Andrés Laguna de Segovia.
En la década de los 60 del siglo pasado, todos los pueblos de la zona acusaron la emigración pero, a partir del final de esa década, se iniciaron las obras del 2º túnel y de la Autopista Villalba-Villacastín, y llegó un número importante de trabajadores y de familias a la zona que amortiguaron esa caída de población e incorporaron cambios.

Nuestro instituto, a pesar de sus carencias, fue mucho más que un puente de la educación primaria a la superior. Considero que fue eso, una institución; un espacio de convivencia, de tolerancia y entendimiento. Fui alumno fundador, tenía 13 años y me incorpore a 4º curso. Hasta entonces había estudiado por libre. Qué bien suena ese apelativo en unos años tan carentes de libertades. Estudiar por “libre” ya era un privilegio. Tus padres encomendaban tu preparación a maestros de educación primaria, previo pago, y te examinabas en Segovia de todas las asignaturas a “riesgo y ventura”, en un día y medio del mes de junio; lo normal era tener que volver en septiembre. Era un sistema duro y relativamente caro, y podía implicar cierta segregación social en la infancia, entre los que estudiaban y los que no.

Entre los profesores del "insti" había un chico joven, el nuevo coadjutor, sin sotana, ni rasgo que le identificara. Me atrevo a decir que este cura fue un regalo del cielo. Sus clases de religión eran muy amenas. Se hablaba poco de liturgia, pero  sí de Cristo; de los problemas sociales y otras preocupaciones de los adolescentes. Además, se empeñó con gran acierto en unir a los jóvenes; fruto de ello, en aquél mismo otoño, se constituyó la Asociación de Jóvenes de El Espinar, que tendría un importante protagonismo en toda aquella década. “Unir, formar y divertirse trabajando” era su lema. Doy fe de que se consiguió. Entre ambos, Instituto y Asociación, hubo una colaboración importante, con Jesús Torres como nexo de unión. Pero eso daría para otro artículo.

La plantilla inicial de profesores era escasa: Al frente del equipo estaba Fernando Asensio, peculiar personaje asturiano. Desentonaba del resto por su edad y costumbres, que hubieran dado para una película o novela. Se hospedaba en La Típica durante el curso y en la sala de profesores en parte del verano.

Mari Nieves, Ángela, Inés y María Luisa, creo que para todas ellas eran su primer destino, vivían en el piso donde ahora está la Asesoría Bartolomé.  
Y el ya citado Jesús era vecino nuestro, en la casa parroquial, junto al caño del cura. El primer año no se cubrieron las plazas de gimnasia, formación del espíritu nacional, ni labores, por lo que había bastantes horas libres.

Me vienen a la memoria muchos recuerdos y anécdotas, si los cuento resultarían divertidos e inverosímiles. Lo que sí diré es que mi paso por el Instituto cambió mi vida, como también lo hizo conocer a Jesús  y ser miembro de la citada asociación. Generó en mí la afición por el teatro, la literatura y la cultura clásica. Por este centro he visto pasar cientos de profesores y miles de alumnos, estoy seguro de que en la mayoría de ellos también dejó una huella imborrable.

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En 1978 me incorporé como conductor del servicio de transporte escolar, que ya llevaba años desempeñando mi padre, con la ayuda de mi hermano y el primo Juanito. Desde entonces, a medida que el instituto y otros centros educativos de la zona demandaban más servicios, fue creciendo nuestra pequeña empresa, que ya ha cumplido los 50 años de andadura. El transporte es uno de los sectores que más a cambiado en este tiempo, tanto en lo que respecta al confort y seguridad de los vehículos, como a la formación que capacita a los conductores.
Me doy cuenta de que durante toda mi vida laboral he estado vinculado a este centro, primero como alumno y después como transportista. Propició que conociera a Gloria, mi compañera, que supo despertar en mí una vocación y aficiones que tenía aparcadas. También ha dedicado aquí la mayor parte de su labor docente.

En consonancia con los nuevos planes educativos y los ciclos demográficos, el centro fue reduciendo o ampliando su alumnado. A mediados de los setenta estuvo a punto de cerrarse,  pues el número inicial de alumnos se había reducido casi a la mitad. Jesús Torres, por aquel entonces director de la extensión, iba reclutando alumnos por la zona como buenamente podía. Empezaron a llegar también de Otero de Herreros y de Los Ángeles. Con la reforma educativa, que ampliaba la escolarización obligatoria hasta los 16 años, junto con la emancipación del Andrés Laguna, pasó a ser Instituto autónomo.

Veinte años después de su apertura, el municipio de El Espinar tenía menos población (5.070 habitantes en 1.991). En las dos décadas posteriores experimentó un crecimiento espectacular, llegándose casi a doblar los censados (9.749 en 2.011). Eso generó más alumnos y el centro, además de obsoleto, se fue quedando pequeño, por lo que se hizo un edificio anexo. La apertura de un CEO en Villacastín, el paulatino descenso de población a partir de 2.011, y que muchos alumnos se vayan a Segovia a cursar Formación Profesional, han contribuido a que el alumnado descendiera. 

Durante estos días se me hace muy extraño ver todos nuestros vehículos parados y nuestros conductores en sus casas, sin poder realizar las rutas ni las excursiones, abundantes en primavera. También echo de menos el bullicio de alumnos que bajan o suben por la calle Santa Quiteria. Por fortuna las nuevas tecnologías sirven también para cosas tan importantes como la formación online, doy fe de ello.

Me consta que se sigue trabajando, y mucho; a pesar de las dificultades que plantea que no todos los alumnos dispongan de conexión a Internet o de equipos adecuados. Estos días, que ha habido aplausos y muestras de reconocimiento hacia tantos sectores esenciales, echo de menos los que merece la comunidad educativa. Tengo claro que si queremos contar con los mejores sanitarios, investigadores y otros profesionales, necesitamos valorar al sistema educativo, verdadero germen de la transformación social, en su justa medida, dotándolo además de los recursos necesarios.

No sabemos cómo evolucionará la pandemia, ni las medidas que se adopten a partir de septiembre. Tal vez el instituto, a punto de celebrar su 50 aniversario, vuelva a tener problemas de espacio. La empresa en la que participo, actual concesionaria de  las rutas de transporte, estará preparada para afrontar cualquier modificación que fuese necesario implementar ante nuevas necesidades de movilidad.
En todo caso, espero que podamos celebrar este 50 aniversario como merece.
Salud para todos.image004

 

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