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En ausencia de D. Senen

Manuel López Franco 10 de junio de 2020 Por Manuel López Franco
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gato

Don Senén es especialmente sensible a estas cosas de las alergias, de modo que imaginen cómo está ahora con tanto polen amarillo por el aire y tantas flores por el suelo. Y de todas las cosas que le suceden con la alergia, la peor es el avinagramiento de su carácter, que pasa a ser simplemente imposible de soportar. Pero como Don Senén es un perfecto caballero, me llamó el otro día por teléfono reconociendo que quería encerrarse aún más en casa y que este mes no tenía ganas de contarme alguna historia para publicar. “Invéntese usted alguna, don Manuel, que yo sé que se da mucha maña, y el mes que viene le premiaré recordándole la historia del hombre que pasaba desapercibido, porque seguro que ya se la he contado”.
De modo que ahí va. Es una historia que escribí hace más de treinta años, y que siempre me gustó. La titulé “Ojos Grandes y el gato”. Espero que les guste, como le gustó a Don Senén.

El zumbido del motor de la nevera parecía ser su sostén ante la realidad de una cocina de muebles desvencijados: puertas que casi no se mantenían en sus goznes; polvo y grasa fundidos como una alfombra de miseria y abandono. Ella en bata; él de pantalón corto, uniformada su infancia.
 -Yo quiero un gato.
   La expresión de hartura en ella se tornó de pronto en enfado: otra vez el gato, siempre el gato, el maldito gato.
 -Te he dicho un montón de veces que no quiero gatos en esta casa. No me gustan los bichos, no quiero más gastos, no entrará un gato aquí. No.
 -No comerá mucho... Yo compartiré mi comida con él.
  Quizá hubiese, en el fondo, un recuerdo de paciencia bajo el moño descuidado, pero no salió a relucir: demasiado tiempo en el olvido.
 - ¡No, no habrá gato! ¡Y se terminó!
   Los ojos grandes se humedecieron, pero el orgullo incipiente sorbió las lágrimas como pudo, y volvió la calle a ser su testigo al final de la escalera, camino del colegio.

   De nuevo la tarde, de nuevo la angustia, de nuevo el temor a ser golpeado por dolor e indiferencia. ¿Cómo saber que se es víctima de un odio irracional cuando ni tan siquiera se sabe que el odio existe? Entonces... ¿qué le pasa a mamá? El gato, esa bolita de peluche jugando junto a otras bolitas allí, en el callejón, mientras la gata busca comida. El descubrimiento de alguien más necesitado que él de cariño, aún sin saberlo, le llenó el corazón de ganas de dar y compartir; una naturaleza humana, pura en su inocencia que despierta a sensaciones... y otra que duerme el largo sueño del rencor por cosas que nadie le hizo. Qué triste paradoja la de ojos grandes portal adentro, temblando el escaso camino que queda ya hasta casa.

 - Hola mamá, ya he vuelto del colegio...
Silencio. Mamá no responde y ojos grandes va a la cocina en busca de la merienda que suele estar preparada sobre la mesa. Hoy la merienda, sin embargo, no está allí. Tras un pequeño desencanto, el niño recorre la casa curioso y confundido. En la pequeña sala de estar ve a su madre, sentada en el sillón de orejas donde tantas veces su padre, cree, le leyó magníficas historias de caballeros y caballos. Se acerca a ella y repite su saludo.

FINAL PRIMERO
 
   La madre levanta la mirada vidriosa de borracha y tiene un atisbo diferente de ojos grandes, tan pequeño y tan importante para ella. Quizá el alcohol le haya dado lucidez, quizá no. Se ve desvalida ante la realidad de su hijo y sabe que no puede mostrarse humana; nunca débil, nunca tierna. El pequeño halla entre las manos de su madre su merienda: un pan relleno de algo, pero sobado entre las sudorosas manos de quien lo hizo, y eso lo sabe bien, con cariño oculto. Ella le da el pan correoso y él lo mastica con fruición. No está muy bueno pero se le antoja como una caricia que llena su alma antes que su estómago.
 - Mamá, he vuelto a ver el gato.
 - ¡No hay gato!
   La bofetada hizo rodar el bocadillo junto a las esperanzas, allí abajo, terrazo sucio de desdén y abandono.

FINAL SEGUNDO
 
   La madre parece cansada, casi como si hubiese recorrido las calles vacías noches enteras. El niño mira su rostro maltratado por tantos años de desamor y nota un brillo en su mirada. O eso cree, pues es un brillo mate, apagado y difuso. Algo es distinto, algo va a pasar y tiene miedo. Ve entonces la merienda. Hay un plato con el bocadillo de todos los días. ¿O no? Es distinto hoy, más pequeño, aunque no mucho. Lo coge y no dice nada. Lo mira y nota que una esquina falta, que tiene un desgarro en su habitual monotonía.
 - El gato, hijo mío, también tenía que merendar.
   Ojos grandes recorre entonces el salón y ve un peluche morder la esquina del corazón de su madre sobre un suelo brillante y esmerado en su inmaculada blancura. Hoy las lágrimas quedaron en casa, lejos de la soledad de la calle, camino del colegio.

FINAL TERCERO
 
   La madre no mueve su cuerpo, inerte en el sillón donde su padre, cree, debió leer periódicos en otros días ya pasados. Ojos grandes encuentra su bocadillo sobre el suelo, bajo la mano flácida de mamá. Se ha abierto y su contenido se muestra abandonado fuera del pan. Intenta hablar con ella, pero no recibe contestación. Besa su frente, sin conseguir más que su cabeza oscile y caiga torpemente, como la de un muñeco tonto. Ve que los ojos de su madre están secos y sus labios amoratados y comprende. Comprende que ahora puede tener su gato. Recompone el bocadillo y arranca una esquina no muy grande. Deja la fragmentada merienda y baja alborozado a la calle, al callejón.
   Quizá, piensa, pueda llevarlo conmigo al orfanato.

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