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Aquellos maravillosos veranos

Aránzazu González 09 de junio de 2020 Por Aránzazu G. Herranz
“Aunque ya nada pueda devolvernos el esplendor en la hierba y la gloria en las flores, nada debe afligirnos porque siempre la belleza subsiste en el recuerdo”. (“Esplendor en la hierba” de William Wordsworth).
Foto 1ª pueblo
Foto El Espinar

La vida sigue para los que aquí quedamos superando baches y rachas, crisis económicas y emocionales, de pareja, de indiferencias y perezas, de ansiedades varias que nos reducen como en un cocinado la salsa que ha de ser el motor para continuar, convencidos de que a veces es necesario parar y retrotraerse al pasado para recuperar la referencia, y hacer el obligado balance que nos recompone y nos da idea de si debemos o no corregir rumbo. 

Y es que durante este confinamiento necesario nos hemos dado una tregua, liberando al medio en el que habitamos de profundas cicatrices, permitiendo la llegada de una primavera explosiva, fastuosa, como las de antaño, antesala de un verano de colores, de lugares que vuelven, de olores que nunca se fueron, añoranzas almacenadas en la retina y en el corazón, sentimientos de gratitud hacia los que partieron, que de alguna manera seguirán presentes en los lugares de siempre. Nada es tan urgente cuando la vida se desvanece entre las prisas por alcanzar no se sabe qué objetivos, sin disfrutar del camino.

Corrían los años 80, llegaba el mes de junio. El sol de la capital empezaba a calentar el asfalto generando espejismos de solanera sin arbustos. La maquinaria del veraneo se aceleraba en cuanto que mamá iba organizando los bártulos de temporada en medio de un calor sofocante sin aire acondicionado y con la algarabía propia de una familia de las de antes, mientras, recibíamos la llamada de la abuela desde San Rafael. Todo un petate que iría a parar al maletero de la ranchera familiar que con suerte, una matemática ensayada y la habilidad garantizada de papá, nada quedaría en tierra hasta final de trayecto. Un recorrido tan aprendido como deseado, el que separaba Madrid de El Espinar. Una estancia que se prolongaría hasta bien entrado septiembre con las consiguientes idas y venidas por trabajo del cabeza de familia. Comenzaba así nuestra fase estival que finalizaría con el fin de fiestas tras la noche del Teo, los churros con chocolate de Maganto y la despedida de El Caloco en El Portalón. 

Lejos quedaba aquel veraneo de una burguesía adinerada, de marqueses, intelectuales, gente de la farándula y políticos destacados de la transición, alojados en villas y casonas con su personal de servicio, hoy olvidadas, algunas decrépitas por el paso del tiempo sin herederos preocupados de su ilustre pasado en la historia del municipio, emblemas del señorío pudiente de un San Rafael de moral confesional católica elegido por la clase acomodada madrileña para refugiarse y refrescarse en los bosques de pinos a los pies de Cabeza Reina.

Dos núcleos poblacionales, entre los que distan apenas cinco kilómetros, que aún se esfuerzan por conservar la rivalidad histórica que les mantiene en continua competición, como una parte del patrimonio y de su identidad serrana. La legión de veraneantes se había transformado sustancialmente, dando  acceso a  las clases más populares, con un patrón similar en muchos pueblos de la sierra segoviana  que ya habían acusado cierta metamorfosis en su entorno natural, a cambio de aceptar contribuciones de lobbys urbanísticos e imposiciones ministeriales para el fomento de infraestructuras invasoras que dejarían a su paso una nefasta deforestación y daños paisajísticos irrecuperables.

Entrado ya el mes de julio la colonia de veraneantes culminaba su particular desembarco en el municipio de El Espinar, en diferentes modalidades dentro de las posibilidades de cada cual. Se trataba de fugarse del calor sofocante y aniquilador de las zonas urbanas, para sustituirlo por el fresco y reconstituyente aire de la sierra, una vez superada la frontera geográfica y climática del Alto del León.

Una algarabía incontrolada de forasteros se dejaba ver por las calles principales del pueblo, proliferando los saludos con vecinos y amigos de otros años, síntomas más que evidentes con los que el verano quedaba inaugurado. Algunos eran viejos conocidos, que ostentaban una casa o piso en propiedad en el mejor de los casos, optando por el alquiler sólo en los meses estivales o bien rentándolo por año completo.

Las mañanas eran soleadas y calurosas pero sin llegar a las altas temperaturas del Madrid abrasador de mediados de julio. Mientras, el ascenso para llegar al valle situado a una altitud que supera los 1.200 metros obligaba a una adaptación relativamente rápida de los pulmones, y cierta sensación de ahogo si a esto se añadía la subida de alguna cuesta en bicicleta o a pie, afanados en las tareas propias de la nueva rutina vacacional. Una queja infinita se hacía presente para los espinariegos, cuando el sol calentaba sus mediodías, acogiéndolo con resignación  a pesar de la hartura del largo invierno, el verano se convertía en una multitud que saturaba su entorno habitual, sintiendo invadida  la tranquilidad y el silencio que acostumbraban en los meses fríos,  más si cabe por parte de aquellos que se dedicaban al abastecimiento de pequeños comercios de ultramarinos como La Despensa, residencias, y negocios de hostelería para hacer el acopio suficiente que requería atender una demanda incrementada con la nueva población estacional.

Sin embargo, a medida que caía la tarde y entraba la noche, el mercurio comenzaba a enfriarse y se acentuaba la diferencia térmica entre ambos estadios del día. Un termómetro en descenso que había que combatir con algún complemento de entretiempo añadido a la indumentaria veraniega de esa franja horaria, con tal de garantizar un final de paseo o tertulia sin contratiempos ni precipitación, Actualmente seguimos aludiendo a esto mismo utilizando esa expresión tan acertada de: “ya empieza a refrescar”.

Jornadas de esparcimiento por Las Barrancas con parada obligada en Peña Morena, no sin renunciar a la dosis de adrenalina que suponía bajar sin frenos la cuesta de Los Llanos, aunque subirla fuese otro cantar. Expediciones arriesgadas por Cueva Valiente, ayudados de nuestras incombustibles BH y Orbeas de piñón y plato fijo. Escenas inolvidables guardadas como secretos de estado que iban desde la aventura extrema por parajes sin permiso hasta la disciplina autocrática de madrugar para rendirle culto a la raqueta en el frontón. Excursiones por El Pinarillo, con y sin columpios, imprudentes e inconscientes hacia la fauna propia de la zona, víboras y otros seres de cuidado, peligros todos ellos objeto de preocupación de las madres que advertían aun a sabiendas del caso omiso que les haríamos a una edad donde la curiosidad y la imprudencia era la brújula de nuestras andanzas.

Una agenda callejera repleta de actividades sin descanso y sin horas suficientes en el día en las que piernas y brazos hacían acuse de recibo de la tan indispensable mercromina. Cerros como Peña El Águila o La Mujer Muerta en su vertiente segoviana, testigos de aquellos días de diversión y de conquista por La Garganta del río Moros conducidos por la carretera antigua de La Estación hasta La Panera.

Foto Barrancas puente

Trayectos, algunos, que a pedales desajustaban el cálculo mental para cumplir con el horario de vuelta previsto y acordado, que obligaban reinventarse una excusa creíble para salir airosos de tal episodio cervantino. ¡Qué tiempos!, cuando la conciencia aún es joven y no entiende de peajes ni de destinos, ajenos al devenir de la vida fuimos creciendo los niños y niñas nacidos a últimos de los setenta y durante la década siguiente.

Veranos largos e intensos, llenos de juegos en la calle como el escondite con el que algunos aprovechaban para desaparecer más allá de los límites autorizados, o el cine de verano en nuestra emblemática granítica plaza de toros, que a veces bien hubiera podido llamarse de otoño. Paseos por Las Peñitas, hacia La Fuensanta, con vuelta programada  en La Corredera, cuando todavía ésta seguía enmarcada en su doble elevación que serviría de asiento improvisado y de altillo a muchas cuando algún chico que se atrevía a saludarnos nos superaba en altura. Amenizados por la Banda Municipal que tocaba en el impertérrito quiosco central al que tantas veces nos encaramábamos para otear a vista de pájaro toda la plaza. Sanos comportamientos de infancia y adolescencia con ligeras desobediencias en el reloj al excederse con los amigos, disfrutando de los planes en pandilla en una visita rápida a los billares de don Segundo para adquirir pipas y golosinas y poner una moneda en la máquina de música mientras echabas una partida a los marcianitos o al billar, o simplemente sentados en el bordillo de la calle o en las piedras de granito de la finca que habitábamos, compartiendo un jolgorio que aún resuena  en los oídos de la memoria, atentos al instinto protector que los hermanos mayores ejercían sobre los más pequeños en una doble estrategia de enviarles a casa a modo de salvoconducto para consentimiento de la demora de sus cuidadores, procurándose así éstos un espacio exento de indiscreciones para sus confidencias y asuntos reservados propios de los años mozos.

Reuniones concurridas, bendecidas por las risas y picardías de la edad, que de vez en cuando exasperaban la quietud de algún vecino que desvelado  llamaba la atención con cierta destemplanza, instándonos al toque de queda, algo que cumpliríamos con valiente desparpajo hasta unos minutos más tarde. Aquellas concentraciones sempiternas contaban con un variopinto espectro de chavales que al final del verano año tras año dirían adiós a aquel lugar de la sierra con lágrimas en los ojos cuando irremediablemente éste tocaba a su fin y el sitio de su recreo echaba el cierre hasta el verano siguiente. Un ramillete de niños y niñas  alocados, responsables, ocurrentes, afables, impacientes, avispados, que irían creciendo enfrentándose a los avatares que el destino había dispuesto en su camino, pero sin olvidarse, en lo sucesivo, de aquellos veranos que pasaron en El Espinar. Los días transcurrían veloces en el calendario veraniego aliñado con bromas y chascarrillos, planes y desafíos varios, en una carrera apresurada por ganarle horas al día con resaca perenne de agujetas y advertencias de sanción como en el caso de las inoportunas manchas de grasa que se quedarían como tatuajes en la ropa tras manipular la cadena de la bici cuando perdía el carril de sus dientes metálicos, a causa de un  incidente imprudente que buscaba llamar la atención de la chica preferida.

Un mapa incompleto, una hoja de ruta aún por definir en aquel tiempo, que empezó del mejor modo posible sin alejarnos del perímetro marcado, con el respeto hacia nuestros mayores que nos educaron, nos enseñaron a amar el medio en el que vivimos, nos ayudaron a crecer dándonos la oportunidad de disfrutar de aquellos años en el modo en que lo hicimos, dejando una huella imborrable en todos nosotros para el resto de nuestras vidas.

Dedicado a ti, Álvaro Caño Sánchez, y a tu familia, por aquellos veranos inolvidables que marcaron la infancia de todos los chicos y chicas que tuvimos la gran suerte de vivirlos así, y no de otro modo. Te has ido demasiado pronto, pero estás en nuestro recuerdo y en nuestros corazones, y seguiremos disfrutando de aquellos maravillosos años. Un abrazo y un beso, porque sé que desde el cielo volverás por El Espinar. Mucho LOVE.

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