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Historia natural de El Espinar

Estación de El Espinar 05 de junio de 2020 Por Pedro Bigeriego y Juan Frutos Sánchez
Foto 1
Pedro Bigeriego

Es un placer iniciar en este periódico una serie de artículos sobre la fascinante naturaleza de nuestro término El Espinar. Interesante y atractiva para todos pero no siempre dispuesta a revelar fácilmente sus secretos a los ojos del observador.
Hemos elegido el nombre “Historia Natural” pues es la manera clásica que desde la Antigüedad se denomina a las disciplinas que se interesan por conocer los animales, las plantas, los hongos, las rocas y en general la naturaleza de un lugar, en nuestro caso El Espinar y sus núcleos de población. Esta relación es hoy imposible de entender sin un actor principal: el hombre. Para bien o para mal nuestra huella en el paisaje es tan inevitable como visible porque ya desde antaño el hombre ha vivido en esta tierra y uno y otro se han moldeado mutuamente.
Intentaremos, en lo posible, que estos artículos sean interesantes, amenos e informativos. Si logramos despertar la curiosidad y que algún lector disfrute leyéndolos tanto como nosotros escribiéndolos, ya habrá valido la pena.
Nos brindamos pues, sin más pretensiones a tratar estos procesos naturales que se desarrollan delante nuestro de manera cotidiana pero cambiante con las estaciones.

Entre pinos y espinos
 
Vamos a utilizar dos plantas que a todos los espinariegos nos son familiares como modelos para explicar dos estrategias muy diferentes de reproducción en dos grupos diferentes de vegetales -los que NO tienen flores y los que SÍ las tienen- y que estos días tiene consecuencias sobre nosotros…nada graves, por otra parte, pues nos referimos a ese polvillo amarillo que parece ensuciarlo todo, desde los cristales del coche a los muebles de casa cuando abrimos las ventanas.
Una es el pino silvestre o albar de importancia económica y gran superficie forestal y la otra el espino albar o majuelo de abundancia dispersa y que ha contribuido a dar nombre al término. 

Foto 3

El culpable de ensuciarnos hasta las aceras de la calle es el pino silvestre que estos días masivamente y sin control libera polen al viento. En el grano de polen se transportan las células germinales masculinas desde los conos masculinos que se sitúan en la parte baja del árbol. El pino no tiene flores como tal y sus estructuras reproductivas están desnudas. Quizá uno de esos granos de polen si tiene suerte, de entre muchos cientos de millones, alcance el cono femenino de color rojizo de otro árbol y que se sitúan en su parte superior. Si es así se producirá la fecundación, el crecimiento de la piña y en dos o tres años…los piñones.

Foto 4Conos femeninos

Pero esta estrategia reproductiva de las coníferas sin flor (el pino es una conífera) es muy primitiva y derrochadora pues, aunque el polen resulta “costoso” para la planta, la mayoría se pierde porque aterriza en sitio erróneo. Sólo triunfaría si alcanza, casi por azar, el minúsculo cono femenino de otro pino de su misma especie.
Pero las coníferas no lo saben hacer de otra forma. Sin duda son duras y se cree que esos rasgos resistentes a la aridez, al frío extremo y la escasez de nutrientes los adquirieron hace ya más de 250 millones de años cuando todos los continentes de la Tierra estaban unidos en una gran masa continental continua que llamamos “Pangea” y donde el clima alejado de los océanos era extremo con prolongadas sequías, calor diurno y fuertes heladas nocturnas. Se adaptaron y aquí siguen hoy con nosotros ocupando grandes extensiones como el bosque boreal (norteño) que se extiende de continuo un poco al sur del Círculo Polar Ártico.

Nuestro pino silvestre que también está presente en estos bosques del Norte alcanza en la Península Ibérica el límite Sur de su distribución, y lo hace de manera relicta en las montañas frescas como la Sierra de Guadarrama. Aquí no es un pino de tierras bajas como sí lo es en el resto de Europa y Asia.
Hemos dicho pues que los pinos son bastante primitivos y derrochadores en su reproducción pues para formar un piñón tardan como mínimo dos años y porque crean un recurso (el polen) que es lanzado al viento para perderse en su inmensa mayoría.

¿Y que pasa del majuelo o espino? ¡Ah, mi amigo! Esto es otra cosa. El espino sí es un arbolillo con flor (de la familia de los rosales en este caso). Las plantas que tiene esas flores tan bonitas  -de color blanco puro durante escasos 15 días en el caso de el espino- y el aroma embriagador tan intenso que casi se hace insoportable en las pituitarias del hombre no han evolucionado para que nos gusten a nosotros sino para que les resulten irresistibles a los insectos, con los que se han aliado en una relación beneficiosa mutua. La flor le provee néctar y el insecto le transporta el polen. Estas plantas con verdaderas flores son más “modernas” o evolucionadas y han sabido buscar un intermediario para transportar con efectividad su valioso polen de una planta a otra en un proceso limpio y “económico”. Pero es que además en cuanto el insecto sin darse cuenta deposita el polen en la parte femenina de la otra flor la fecundación comienza inmediatamente, en cuestión de horas, y esa misma temporada, para finales de verano o principios de otoño, la semilla estará lista…nada de esperar dos años. Eso para las coníferas.

Foto 5 Flor de Espino


Ambas estrategias dan resultado pues después de muchos millones de años ambas- la polinización por viento o por insectos- siguen funcionando.
Pero como se dice en el mundo de la naturaleza “lo mejor gana a lo bueno” y, aunque aquí en nuestros pinares y en el bosque boreal dominen las coníferas (siempre una o dos especies),  las plantas con flor han alcanzado una diversidad sin igual y hoy dominan casi todos los hábitats de la tierra con muchas y variadas especies.

Foto 6 Abejorro en polinización

Nota: También estos días los chopos y álamos liberan unas pelusas blanquecinas que transporta el viento y puede resultar incómodo en sitios donde abundan estos árboles. ¡No es ni nieve ni algodón!, dentro van las semillas y son las estructuras de las que se valen para alejarlas de la planta madre.
 
Pedro Bigeriego
Juan Frutos Sánchez

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