Pasajes de antaño

Jesús Vázquez Ortega 04 de mayo de 2020 Por Jesús Vázquez Ortega
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De misterios, visiones y algunas maldiciones

No faltan episodios ocultos en nuestro acervo histórico, donde lo sórdido y lo lúgubre ocupan un espacio extraordinario en el marco de la crónica más negra. Lo cierto es qué a través de los años, han acaecido en distintos rincones de la geografía espinariega, sucesos aciagos que sobrecogieron las candorosas almas de nuestros ancestros, llegando incluso a condicionar su resignada existencia. En un recorrido sucinto por esta sombría "dimensión", nos topamos con los extraños hechos que rodearon la desaparición del cuartel de la Guardia Civil ubicado en Campo Azálvaro y del que se llegó a decir estaba embrujado, debido a una cadena de incidentes que se consumaron con el incendio del puesto. Meses después, intimidó sobremanera la leyenda urdida por alguna mente perversa, que refería la existencia de un alma errante en las cercanías de La Campanilla y cuya aparición, contaban, se producía los días de niebla. La razón y el tiempo acabaron con aquel fantasmagórico mito que tanto pavor sembró entre quienes transitaban por aquellos boscosos vericuetos. El crimen del molino, un drama en el que confluyeron todos los factores dignos de una novela siniestra, tuvo como telón de fondo una trama de intriga, ambición e infidelidad, dando lugar a uno de los sucedidos más recordados en el pueblo marcando para siempre un paraje al que muchos eludían acercarse. Por último, es justo destacar ante su trágico desenlace, el suicidio de un joven que en 1909 decidió arrojarse a la vía del tren en San Rafael. Según parece la vida no trató bien a este muchacho al que estigmatizaron por su comportamiento poco común que se decía era propio de posesos, aunque realmente padecía un trastorno mental. La relación continúa y recoge otros muchos capítulos, algunos tremendamente crueles en los que la influencia humana generó más daño moral que las presuntas causas paranormales, pero también encontramos fragmentos que rozan el surrealismo más absoluto alcanzando eventualmente niveles ocurrentes que hoy en día resultan incomprensibles.

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El día del juicio final

Ocurrió hace muchos años, tantos como casi doscientos durante una apacible tarde a finales de la primavera de 1818, cuando las gentes de nuestra comarca retomaban su jornada después de coger fuerzas en la mesa. Bueno, no todos se incorporaron a la faena, algunos adoptaron la difícil resolución de sestear dejando tareas pendientes para mejor ocasión en espera de que un buen samaritano las terminara tras su ausencia. El caso es que la sobremesa discurría por los cauces normales bajo el sol maravilloso que invitaba a gozar lejos del fragor pueblerino. La suave brisa que corría entre los pinos, el agradable rumor del agua deslizándose por los arroyos acompañado del trinar de los pájaros, no hacían presagiar la aterradora realidad que en cuestión de minutos se desataría sobre tan bucólica escena, pero sucedió. Las crónicas cuentan que “a las cuatro de la tarde de repente oscureció y el cielo azúl  tornóse negro” surgiendo de él un estruendo como jamás se oyera. Los paisanos quedaron paralizados por el miedo sin saber qué hacer ante aquella furia desatada, hasta que pasados unos minutos el silencio se apoderó del paisaje, la quietud volvió al lugar, pero era una calma tensa que no auguraba nada bueno. Los pájaros habían enmudecido y los perros ladraban a un enemigo misterioso que amenazaba por todas partes. Súbitamente el viento convertido en torbellino batió todo lo que encontraba a su paso, destapando la antesala del infierno. A continuación, un trueno restalló de nuevo rompiendo las nubes que en poco menos de diez minutos descargaron “copiosas piedras crecidas de cinco onzas de peso” arrasando huertos, desgajando ramas y espantando caballerías, incluso “varias personas que estaban en el campo fueron heridas” por los efectos del vendaval. Al fin amainó la tempestad, cesó la zozobra, las almas resignadas asumieron el injusto designio del destino, que indiscriminadamente sembró el caos en kilómetros a la redonda. La tragedia de aquel 4 de junio fue recordada por mucho tiempo, aunque apenas tuvo trascendencia más allá de nuestro ámbito geográfico.

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Las peripecias de don Federico

En las postrimerías del siglo XIX, España era un país en el que se discutía mucho, se leía menos y el acceso a la cultura estaba reservado a las clases pudientes. El panorama social era desolador en una nación que asistía al desmoronamiento de su otrora vasto imperio, inaugurando una época de vacas flacas que tardaría en remontar. A pesar de esta coyuntura poco halagüeña, algunos enamorados de nuestra idiosincrasia no pudieron resistir la tentación de abandonar tierra y amigos, lanzándose a iniciar una nueva vida en el singular ambiente hispano. Este fue el caso de Federico Fliedner, pastor evangelista nacido en Düsseldorf en 1845 y posteriormente nacionalizado español. Herr Fliedner se estableció en Madrid en 1870, ejerciendo varias profesiones de forma simultánea a su labor ministerial, entre otras la Medicina o el Periodismo, e incluso llegó a fundar el colegio El Porvenir en la capital del Estado. El desempeño de semejantes actividades le condujo a peregrinar por numerosos rincones de nuestra geografía, aunque mostró preferencia por el Guadarrama, recorriendo la práctica totalidad de sus municipios, de tal suerte que en una de dichas visitas recaló en San Rafael, excursión que por lo surrealista del desenlace jamás olvidaría. Arribó don Federico a nuestro pueblo una mañana de julio de 1881 dispuesto a tomar buena nota de todo aquello que la localidad ofrecía, que dicho sea de paso tampoco era demasiado. Excepción hecha de los tupidos pinares que la rodeaban y la iglesia que se hallaba cerrada al culto desde 1836, poco era lo que el viajero podía contemplar en los escasos cuatrocientos metros de longitud que por entonces abarcaba el casco urbano. De modo que tras observar detenidamente el paisaje que le envolvía, se dirigió cuadernillo en mano hacia la polvorienta carretera que dividía la villa para escribir y esbozar algunas ideas, mientras la chiquillería le observaba con curiosidad tanto por ser una escena novedosa como por la llamativa estola que portaba, convirtiéndose minutos después en el centro de atención de los sorprendidos transeúntes. La aglomeración tomó una dimensión jamás conocida. Salvo el paso de personajes ilustres o el transporte de algún preso que era conducido a la cárcel provincial, hasta donde alcanzaba la memoria ningún acontecimiento había congregado a tal número de personas, y es que San Rafael era un pueblo tranquilo en el que sucedían pocas cosas. Así qué ante la expectación levantada, don Federico creyó oportuno arengar a la concurrencia acerca del credo evangelista, alzando la voz y acompañando de espectaculares aspavientos su discurso teñido de un marcado acento teutón, lo que hacía difícil el entendimiento por una gran mayoría de la concurrencia, aunque tampoco parecía importar mucho. Quiso el azar que cayera por allí una pareja de la Guardia Civil alertada por tal gentío estimando que debían identificar al pastor por cuestiones de orden, elevándose el nivel de emoción entre el público que barruntaba una escena de las que hacían época. La irrupción de los agentes dejó estupefacto al cándido predicador que aturullado interrumpió el sermón para buscar su cédula, pero después de varios intentos se dio cuenta de que no la portaba. De poco sirvieron sus protestas pues fue detenido y conducido al calabozo del cuartel en medio del pasmo general, y es que no todos los días se prendía a un hombre piadoso para ponerle tras las rejas. Ya en el interior del puesto no se escucharon lindezas precisamente, sino epítetos en alemán con réplicas en castellano, si hay que hacer caso al testimonio del clérigo, incluso hubo más que palabras. Durante dos días el arrestado quedó como Job, abandonado a su suerte leyendo la Biblia, escribiendo el diario y entonando salmos, siendo probablemente ésta la causa por la cual se le puso en libertad, bajo precepto de emprender viaje de regreso y dejarse de monsergas catequizadoras, al menos mientras viajara sin acreditación. Pocas aclaraciones hicieron falta para que el misionero pusiera pies en polvorosa, desapareciendo como alma que lleva el diablo camino a Madrid y jurando que nunca más volvería por estos andurriales.

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