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Asimov y la “Robolución”

Javier de la Nava 04 de mayo de 2020 Por Javier de la Nava
El pasado 2 de enero, parece que han transcurrido varias generaciones desde entonces, se conmemoró el centenario del nacimiento de Isaac Asimov. Con el permiso de nuestros amigos de Hespérides, que tanto contribuyen a la difusión científica, quiero dedicar unas líneas a su figura y al fascinante e impactante tema de los robots. Nacido en la aldea de Petróvichi, en la Rusia central, sus padres, Judah y Anna Rachel, de origen judío, se trasladaron a Nueva York, cuando Isaac contaba con tres años de edad.
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En Brooklyn, la familia regentaba un kiosko de prensa en el que Isaac ayudaba por las tardes, a la par que devoraba las publicaciones de ciencia ficción. De extraordinaria inteligencia, pésimas cualidades físico-deportivas y escasas habilidades sociales, carecía de amigos y era rechazado por las chicas. Estudió Ingeniería Química y se doctoró en Bioquímica por la Universidad de Columbia, tras superar fuertes restricciones a la presencia de judíos en sus aulas, “Si eras judío y pobre, eras un marginado por partida doble”, afirmó años después. Siempre mostró interés por los títulos académicos que certificaban su valía. Poseía un alto cociente intelectual (160 puntos), que le permitió pertenecer a la plataforma de superdotados MENSA. Profesor de Bioquímica de la Universidad de Boston, ocupación que abandonó para dedicarse íntegramente a escribir.

En 1942, se casó con Gertrude Blugerman, de la que se divorció años más tarde. Aprovechando la admiración que provocaba su fama y éxito, sistemáticamente se propasaba con las mujeres hasta bordear el acoso y acumular infidelidades que dañaron sus dos matrimonios. Janet Jeppson, su segunda esposa, sólo le pedía que fuera discreto. 

Desde muy joven su obsesión fue llegar a publicar más de un centenar de libros, aunque la calidad de parte de sus narraciones no era excesiva. En 1939, la prestigiosa revista Astounding Science Fiction -dirigida por John W. Campbell- publicó su primer cuento, que le permitió acceder a las asociaciones de fans de la ciencia-ficción, en especial a los Futurians, promotores del radicalismo científico frente a la depauperación de muchas familias afectadas por la Gran Depresión, anticipada en su film Metrópolis, por Fritz Lang, en 1927, reflejo de un infierno capitalista de desigualdad extrema. 

Un aspecto fascinante de su obra es como anticipa y refleja los miedos que moldearon el s.XX. La “Serie de la Fundación”, relatos iniciados en 1942, tiene que ver con la II Guerra Mundial, los éxitos iniciales de los nazis y el colapso de la civilización europea. Hari Seldon, su protagonista, es un matemático que prevé mediante la psicohistoria, la caída de un imperio, cuándo tardará en aparecer otro y preservar algunos valores de una civilización antigua al borde de la extinción. Más tarde, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, materializó que la destrucción de la Tierra había dejado de ser una remota posibilidad. Asimov en 1945 con el relato Callejón sin salida planteó la destrucción del planeta en una guerra nuclear.  Otras narraciones suyas nos presentan la difícil convivencia con unos robots cada vez más inteligentes. No es casualidad que algunos de aquéllos intentasen sin éxito ser aceptados como humanos (El hombre bicentenario), fueran tratados como inferiores (Bóvedas de acero), elegidos por los votantes si ocultaban su verdadera identidad (Evidencia) o corrieran el peligro de ser asesinados por fanáticos.  Su más emblemática novela fue Yo, Robot, aparecida en 1950 y llevada al cine en 2004. Ante problemas y conflictos, reitera las tres leyes de la robótica, aparecidas por primera vez en el relato Círculo vicioso, y que tanto Cambell como Asimov atribuyen al otro mutuamente. Aquéllas establecen: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño; Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley y; Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con las otras leyes. Asimov plantea interrogantes en el campo de la ética y de la psicología: ¿qué diferencia hay entre un robot inteligente y un ser humano?, ¿puede el creador de un robot predecir su comportamiento?, ¿debe la lógica determinar lo que es mejor para la humanidad? En la serie de historias protagonizadas por la robopsicóloga Susan Calvin, aparecen máquinas inteligentes que leen el pensamiento, enloquecen, poseen sentido del humor o son robots políticos.  Las tres leyes se mencionan en otras historias de Asimov, y son citadas en multitud de obras de diversos autores.

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Yo, Robot resultó visionaria y ha tenido gran influencia en el desarrollo de la robótica como ciencia. Palabra acuñada por Asimov, en ella convergen la física, la mecánica, la electrónica, la informática, y las matemáticas, a las que se suma la biología, al ya haberse creado robots con células dirigidas por señales luminosas. Hay que estudiarla también desde el punto de vista de la economía, la sociología, la política y la geopolítica, sin olvidar la filosofía y la ética. Igual que un cerebro no se puede entender sin el cuerpo al que está unido y controla, tampoco un robot se puede entender sin sus sensores, análisis de datos, algoritmos e Inteligencia Artificial. Los bots o sistemas expertos son programas que actúan sin interacción mecánica sino de información, con funciones específicas. La revolución de los robots o “robolución”, afecta a todos y a todo: empleo, trabajo, clases medias y trabajadoras, sanidad, finanzas, guerras e incluso a las emociones. Su alcance puede ser tan fascinante como devastador.  

El escritor de ciencia-ficción Isaac Asimov murió el 6 de abril de 1992 de sida, tras haber contraído el virus durante una transfusión de sangre en 1983. 

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