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Don Senén y los hechos estirados

Manuel López Franco 04 de mayo de 2020 Por Manuel López Franco
Los días pasan extraños en esta situación de confinamiento. Andando por el pueblo camino de la tienda de César parecía que todos hubiesen huido vaya usted a saber dónde, pero eso sí, todos juntos. Y como no hay posibilidad de tomarse un café, decidí llamar a Don Senén en cuanto llegase a casa.
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Los días pasan extraños en esta situación de confinamiento. Andando por el pueblo camino de la tienda de César parecía que todos hubiesen huido vaya usted a saber dónde, pero eso sí, todos juntos. Y como no hay posibilidad de tomarse un café, decidí llamar a Don Senén en cuanto llegase a casa.
 
-Buenos días, querido amigo -dije en cuanto descolgó- espero que todo vaya bien.
-Buenos días. Pues afortunadamente sí, aunque la espera a ratos se haga insufrible. Noto que usted también se encuentra bien.
-Sí, estoy bien. ¿Cree usted que habrá café todavía cuando salgamos?
-Sin duda, pero no cree usted expectativas, porque las expectativas a plazo largo siempre son un error.
-Pues yo creo que tienen parte de sibaritismo: es un arte prolongar los momentos para así disfrutar más de ellos cuando llegan.
-Eso no es una verdad absoluta. Recuerde la historia de mi tía.
-Don Senén, no recuerdo ahora ninguna historia sobre su numerosa familia que haga referencia a lo que estamos comentando. 
-Se la he contado seguro. Pero como siempre tendré que refrescarle la memoria. Don Manuel, debería comer usted rabillos de pasa para la memoria. 

-En cuanto esto termine, se lo prometo.
-Yo tenía una tía a la que le gustaba estirar los acontecimientos. ¿Sabe qué le pasó?
-¿Qué le pasó?
-Estaba casada en terceras nupcias con un perfecto caballero, pues había enviudado dos veces. Era este un hombre educado y amable, ejemplar en su trato con todo el mundo y de excelente reputación. Como vivían en una ciudad pequeña, no tardaron en hacerse respetar por toda la comunidad. Salían a la calle más que por pasear por saludar y ser saludados, haciendo del paseo un acto social de primera magnitud. Eran otros tiempos, debe comprender que no había las diversiones de ahora.

-¿Qué diversiones?
-Las de ahora. Bueno, pues como le contaba, en la calle su vida no tenía ninguna imperfección.
-Ya, y dentro de casa era todo diferente.
-¡Jesús, qué impaciencia! Pues no, dentro era todo tan ejemplar o más. Mientras él leía poesía en voz alta, ella tejía primorosamente bellas letras en servilletas y juegos de cama. Así pasaban los meses con calma y sosiego, sin nada que perturbase la calma y la paz de aquel hogar.
-Amén - interrumpí sin poder contenerme.
-Pero un día mi tío, llevado por un extraño espíritu aventurero, tomó una increíble decisión.
-Se marchó con una cupletista de moda.

-Peor, mucho peor -Don Senén adoptó un tono serio – verá: cambió la poesía por un libro de misterio. Era un libro de mucho misterio, hasta el precio estaba borrado. Y de mucha sangre. Se relataban en él crímenes horribles. Cuando empezó el relato, mi tía hizo un amago de resistirse, pero pronto quedó prendada de tan intensa lectura. A medida que pasaban los días y la trama se complicaba, llegó a dejar incluso la costura de lado, y se ceñía estrictamente al libro. Incluso los paseos se hicieron menos frecuentes; casi desaparecieron.

-No me extraña.
-Pues, finalmente, mi tía pensó que era bueno forzar la paciencia, y convenció a mi tío, su marido, ya sabe, para que detuviesen las tardes de lectura en el momento cumbre de la historia. Quería aguantar sin saber qué fin esperaba a aquellos personajes, atrapados entonces en una red fuera del tiempo, con sus conversaciones detenidas y sus poses estáticas. Mi tío se resistió al principio, mas acabó cediendo como buen caballero que era, que ya le he dicho cómo era mi tío.
-Sí, ya me lo ha dicho.
-Es que era más aún. Mucho más.
-Qué barbaridad.

-Tremendo. Pues allí quedó el libro, durante tres largos años. En ese tiempo ya no leyeron, sino que dedicaron las tardes a recordar cómo había quedado la historia, manteniendo vivo el interés.
-¿Y luego? -pregunté, atrapado por su relato.
-Luego abrieron el libro por donde lo habían dejado. Y pasó lo que tenía que pasar.
-Que ya les daba lo mismo.
-No, ya le he dicho que mantuvieron vivo el interés. Lo que sucedió fue que, cansados de tanto esperar, los personajes de la historia se fueron a otros libros. No todos, puesto que uno o dos murieron de ansiedad. Y la historia, perdidos sus personajes, se desintegró. Fue como si se la hubiese llevado el viento a través de la ventana. Mis tíos estaban destrozados. El dedicó el resto de su vida al vano objetivo de encontrar en otros volúmenes aquellos personajes escapados, por ver si podían terminar la historia, aunque no fuese de un modo original. 

-¿Y ella?
-Ella le recriminaba diariamente no encontrarlos. Poco a poco, abandonaron los paseos y los bordados, y al final mató a su marido con unas tijeras, tras lo cual se suicidó ingiriendo seis pares de servilletas.
-¡Qué horror! ¿Y los personajes?
-Los personajes, sin historia, nunca aparecieron. Seguramente estarán en otros libros, pero eso ya da lo mismo. De modo, querido amigo, que no es bueno dejar que las cosas se pudran. Pueden consumirse más o menos pronto, pero dejarlas morir significará siempre no poder llegar a disfrutarlas.
-Completamente de acuerdo. Me ha convencido.
-Entonces, hasta nuestra próxima conversación. Buenos días, Don Manuel.

-Buenos días, Don Senén.

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