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LUTE, EL ESPINAR NO TE OLVIDA

Escriben - Aránzazu González 12 de febrero de 2022 Por Aránzazu G. Herranz
Dedicado a Eleuterio Mateo Herranz, recientemente fallecido

Conocido por todos como Lute y para muchos “Lute, el de Los Rosales”. Muy querido por todo el pueblo de El Espinar y alrededores. Segoviano de nacimiento, y madrileño de adopción, corrían primeros de los 60 cuando Lute llegó a El Espinar. 

Las Peinetas en San Rafael

Sus abuelos por parte de madre, con algunos de sus hijos todavía solteros, se afincaron en San Rafael después de la guerra civil española procedentes de Hoyo de Pinares (Ávila), en una casa ubicada en el célebre barrio de Las Peinetas. Una de esas hijas, Felisa, se casaría con un chico de Segovia, con el que se iría a vivir a la ciudad del Eresma hasta que Lute cumplió 17 años.

Hacia 1965 Lute, que siempre se caracterizó por ser un alma inquieta y audaz, comenzó a trabajar haciendo tapas y llevando la freiduría del bar-restaurante Cebreros, un sitio con emblema propio que significó mucho en sus primeros pasos en el mundo de la restauración.

El verano de 1965

Aquel verano del 65 fue maravilloso, según contaba el propio Lute, del que guardaba recuerdos entrañables, compartidos con sus hermanos, sobrinos y primos que también echarían una mano con los quehaceres en la cocina. De buen talante, familiar y humano dejó una huella especial en toda la familia, así como en una notable legión de amigos. Tenía una habilidad innata para conectar con las personas sin importarle la generación a la que cada uno perteneciera, ni la mentalidad ni siquiera la edad. En la casa de Cantarranas siempre hubo alojamiento y un plato de comida para los que le visitaban, y de paso le ayudaban en los días de más gentío en esos años imborrables. A pesar del no parar, todavía había tiempo y ganas para disfrutar de las verbenas en La Corredera, entre risas y charlas con sus primos de Ávila, de El Espinar y San Rafael, en aquellas trasnochadoras y benévolas noches de verano que se prolongaban casi hasta el amanecer. Eran años en los que el cuerpo estaba a las duras y a las maduras, tal y como él entendía la vida, predicando con el ejemplo.

El Sermari

Pocos años después, en El Espinar de los años 70, pasó a regentar el Sermari, un bar situado en el centro del pueblo, lo que después sería una fría y gris sucursal bancaria, pasando por un ultramarinos asiático, para más tarde recuperar sus orígenes de bar convencional con terraza. Esta fue una etapa llena de éxito, en la que Lute ya despuntaba como un magnífico hostelero. De ahí pasó a adquirir Los Rosales, donde consolidó la maestría en su oficio, promocionando y elevando aún más la gastronomía segoviana, y otorgando a El Espinar un sitio en el mapa de la provincia, donde la comida y el servicio nunca defraudaban. No sin esfuerzo y sacrificio, y su versatilidad para adaptarse a los nuevos tiempos y a una creciente demanda fue cosechando una excelente reputación dentro y fuera del municipio, muy merecida por otro lado, que compartiría con su madre, -el timón de su cocina y a la que no podemos dejar de agradecer su valiosa labor junto a Lute como una magnífica repostera, con sus famosas rosquillas hechas con aquella nata de la leche comprada a Margarita la lechera-, hermanas y sobrinos, que trabajaban en el negocio familiar con él a la cabeza. Trabajador incansable, con una disposición inmejorable, cumplía con creces las expectativas de todos cuantos harían de su restaurante un lugar de culto, acogedor y bien considerado por propios y extraños.

Restaurante Los Rosales

Durante muchos años fue el Restaurante Los Rosales un referente en la oferta gastronómica de la Villa de El Espinar, donde se daban cita veraneantes, y espinariegos, agradeciendo no sólo el buen yantar, colmados los estómagos, sino el trato recibido de su dueño que facilitaba una vuelta segura al establecimiento. 

Hombre de carácter, con gran personalidad supo llevar su negocio con acierto, convirtiéndolo en un icono de autenticidad castellana y parada obligada. Su voz inconfundible, sus chascarrillos y su sentido del humor a la vez que su discreción y su predisposición, su destreza y profesionalidad eran formidables aliados para ganarse el respeto y reconocimiento de sus vecinos -comerciantes y clientes- tras confiarle aquellas celebraciones y  eventos familiares importantes, reuniones con amigos, aniversarios de Quintos, cenas, comidas de fiestas del municipio, de Peñas y Pandas, festividades del calendario como las Águedas en una sociedad en la que no existía Internet ni la difusión por redes sociales, pero sí el boca a boca, situándole como el mejor restaurante en El Espinar durante varias décadas, un lugar con una esmerada estética castellana donde la satisfacción de los comensales estaba garantizada.

Llegó la hora de su jubilación, tocaba disfrutar mientras la salud le permitiera, relajarse y descansar del estrés que inevitablemente se padece en esta profesión y más cuando el compromiso y la exigencia con uno mismo es tan alta. Divertido, cariñoso, amable, generoso, y con una gran inteligencia emocional. Como hijo fue bondadoso, pendiente de su madre hasta que ésta faltó. Viajar al extranjero, conocer y aprender lo que de más joven no le fue posible le hacían digno de admiración por todos los que apreciábamos sus ganas de crecer y empatizar con una sociedad en continuo cambio. No menos le gustaba su país, especialmente Andalucía. Se sentía orgulloso de sus orígenes, amaba su tierra segoviana y sus tradiciones. Le encantaba escuchar jotas de El Mester, y llevaba su medalla del Cristo de El Caloco en su pecho y en su corazón. 

Lute, si leyeras los comentarios que han hecho en las redes sociales sobre ti, a las que estabas también conectado, te emocionarías al comprobar cuánto se te quiere, es por ello que formas parte de la historia de este pueblo, alojado en los corazones de la gente. Nunca te olvidaremos. Volveremos a vernos en el próximo Portalón, mi querido primo.

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