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Los espinariegos de Annual

Somos de aquí - El Espinar 11 de diciembre de 2021 Por Carlos Parrilla
"El Desastre de Annual se cobró la vida de al menos estos dos muchachos de El Espinar pero el tributo de sangre que este pueblo pagó en la guerra de África no se limitó a ellos".
Procesión del Stmo. Cristo del Caloco
Procesión del Stmo. Cristo del Caloco

Termina el 2021 y con él, la oportunidad de recordar como se merecen a esos 13.000 españoles masacrados hace cien años en las tierras resecas del Rif, una franja montañosa en el norte de Marruecos que las potencias europeas nos entregaron como protectorado. Quizá por no molestar a los vecinos en un mal momento o porque aquella tragedia no da rédito político, el centenario del “desastre” que marcó un antes y un después en nuestra historia ha pasado prácticamente en silencio. Entre las honrosas excepciones, la de este periódico y el excelente artículo de Javier de la Nava en el mes de septiembre.

TEODORO, GREGORIO, MARIANO Y SEGUNDO
No hubo pueblo que no tuviera su caído en Annual, España entera se tiñó de luto y El Espinar, por supuesto, también se llevó su ración de dolor. Parece de justicia, al menos, ponerle nombre a los nuestros.

Ya en el primer episodio de la guerra, la masacre del Barranco del Lobo en 1909, la prensa citaba a dos espinariegos heridos: Jerónimo del Pozo González, sargento del Regimiento Arapiles, hospitalizado en Málaga y Daniel de las Heras Hernández, herido en la pierna izquierda. Pero aquello fue solo el comienzo.

El primero de los espinariegos muertos en las acciones de Annual en el verano de 1921 se llamaba Teodoro Segovia Núñez, soldado del Regimiento Melilla 59. Aparece como fallecido en el Boletín Oficial de Segovia del 12 de marzo de 1923, concediendo a su madre una pequeña indemnización de 62 pesetas, en un interesante listado con otros 63 segovianos muertos indicando su pueblo de procedencia (Navas de S. Antonio, Villacastín, Vegas de Matute, La Losa…). 

Teodoro Segovia (Álbum para el Recuerdo A. Burgos)

El despliegue de su regimiento en aquellas fechas permite aventurar que Teodoro murió en el sector de Kandussi, a medio camino entre Annual y Melilla, aunque sin más datos no es posible concretar las circunstancias de su muerte. Basta con saber que su regimiento fue el que más bajas sufrió, de sus 3.041 hombres en lista murieron más de 2.000. A su madre le fue concedida la medalla de Sufrimientos por la Patria añadiendo que su hijo había desaparecido en campaña, lo que permite deducir que nunca se identificó su cadáver.

Otro espinariego cuyo cuerpo quedó tendido en los campos del Rif fue el cabo Gregorio Sanz Gonzalo, destinado en el regimiento San Fernando nº 11. Así se desprende del hecho de que su padre, Cosme Sanz Collado, vecino de El Espinar, recibiera la misma indemnización que la madre de Teodoro. El regimiento San Fernando terminó con más de 1.800 bajas, entre ellas 87 cabos como Gregorio. Las posiciones en las que estaba desplegada su unidad coinciden con los escenarios más sangrientos del Desastre: Dar Drius, la terrible “Posición Intermedia A”, Buhafora… nombres que aún sobrecogen.

El Desastre de Annual se cobró la vida de al menos estos dos muchachos de El Espinar pero el tributo de sangre que este pueblo pagó en la guerra de África no se limitó a ellos.

En octubre de 1921, sólo dos meses después de Annual pero en el sector de Ceuta, cayó abatido el sargento espinariego Mariano Díez Zugasti, de 27 años de edad, probablemente vecino de San Rafael. Estaba encuadrado en el Regimiento de Infantería Saboya nº 6 y conducía un convoy de socorro hacia la posición sitiada de Magán. El 19 de noviembre de aquel año se celebró en su memoria un solemne funeral en San Eutropio con presencia de toda la corporación municipal y hasta llegó a pedirse la construcción de un mausoleo, tal como recogió el periódico La tierra de Segovia del 22 de noviembre.

Mariano Díez Zugasti

Finalmente, y como colofón casi de leyenda, el cabo legionario Segundo Palomero García dio su vida en mayo de 1923 en la posición de Tizzi Azza, en la misma zona de Annual pero dos años después del Desastre. Se trataba de un joven espinariego con un pasado oscuro - un homicidio del que fue absuelto - que se alistó en el Tercio, representando el prototipo de “novio de la muerte” con una historia que olvidar a sus espaldas.
Quizá hubo más hijos de este pueblo que nunca regresaron, los libros parroquiales tendrán la respuesta.

LAS DOS ESPAÑAS
Uno de los aspectos más hirientes del Desastre y, en general, de aquella guerra fue su dimensión social. Las familias capaces de pagar 2.000 pesetas libraban a sus hijos de la guerra, acortando el tiempo en filas y pudiendo elegir un destino seguro en la península. Esto supuso que los soldados que luchaban en norte de África pertenecían a familias pobres casi sin excepción. Esa diferencia resultó especialmente palpable en El Espinar, que en los días del Desastre acogía a la rica colonia de veraneantes.

La prensa segoviana del verano de 1921 resulta desconcertante. Mientras muchos pueblos renunciaban a celebrar sus fiestas, las crónicas de El Espinar hablaban de novilladas, con “charlotada” incluida, bailes y paseos. Los días festivos de San Roque y la Virgen se describieron con una frivolidad bochornosa: “los cuatro días (14 al 17 de agosto) han trascurrido sin el menor incidente, como cumple a un pueblo culto, y jóvenes y viejos se han divertido de lo lindo”. Hacía sólo una semana de la masacre final de Monte Arruit (3.000 soldados torturados y asesinados después de haberse rendido y entregado las armas). Por su parte, el político espinariego Domingo Rodríguez-Arce calificó la tragedia como “contrariedad ocurrida en Melilla” en una carta al periódico del 16 de agosto (una contrariedad de 13.000 muertos).

Entre las familias de la colonia cuyos hijos no pisaron las secas montañas africanas, el drama pareció servir como un elemento folclórico para aderezar de patriotismo los festejos taurinos y las tómbolas benéficas de la alta sociedad que se celebraron a finales del verano. Más adelante, quizá cuando se asumió la dimensión del desastre, llegarían las verdaderas muestras de dolor y solidaridad.

En 1921 las diferencias sociales no se midieron en dinero sino en sangre y la línea que separaba a los españoles se ahondó para siempre con el acero de las gumías rifeñas. Cuánto de lo que pasó quince años después hundiría sus raíces en aquella grieta.

LOS QUE SÍ VOLVIERON
Las imágenes de los espinariegos destinados en el protectorado, o más adelante en Sidi-Ifni o en el Sáhara seguirán en las cajas de hojalata junto a las fotos familiares, pero este pueblo posee algo más, algo verdaderamente único: la Cofradía del Cristo conserva, como uno de sus tesoros, el estandarte ofrecido por varios supervivientes de aquella guerra, aunque su restauración ocultó los nombres de los donantes bordados en el reverso: “Isidro García González, superviviente del Barranco del Lobo, Lorenzo Rodríguez, Félix Blanco de Benito y supervivientes de la guerra de África” (información publicada por Ana Álvaro en Facebook en 2018, mil gracias). No es una joya ni una obra de arte, es mucho más, un pedazo de tela en el que palpita la Historia de España y la de El Espinar. Sería hermoso que ese estandarte presidiera la misa de fin de año como digno recuerdo de los nuestros en el centenario de su sacrificio.

Que al menos aquí no los olvidemos. Para ellos, honor y gloria.

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