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Dos años después

Escriben - Aránzazu González 11 de noviembre de 2021 Por Aránzazu G. Herranz

Poco a poco descongelamos una normalidad que ha esperado paciente con respiración asistida. Una vuelta que hemos sabido regular con diligencia y responsabilidad en la mayoría de los casos. Algunos sí hemos aprendido qué es lo que la pandemia se ha llevado por delante y también lo que ha traído. Pueblos y ciudades se han educado en el respeto a los que han invertido tanto en su supervivencia, como una inercia casi instintivacumpliendo con ese apéndice que ya forma parte de nosotros, la mascarilla, a la que hemos dotado de color y diseños varios para hacerla más combinable y llevadera, como si de un complemento de outfit se tratase.
 
Una vuelta a las calles, a los espectáculos al aire libre sustituyendo a festejos suspendidos un año más, buscando rostros de antes y recobrando hábitos en extinción. Echando de menos lo que aún nos queda lejos, e intentado recuperar el tiempo perdido. 
 
Como el enfermo que necesita con urgencia el alta, y levantarse de la cama es parte de su tratamiento para superar el trance, aunque sea con muletas y dolores, arriesgando su salud para mejorarla, con inquietud por abrir de par en par las ventanas y no sólo las de casa, sino las del alma, y salir a la calle con prisa, respirar, hablar y reírse, fijándose en cuántas cosas cambiaron en la ausencia, durante ese tiempo de convalecencia.
 
Una sonrisa que se desea y agradece el reencuentro y la carga que hubo que soportar. Un abrazo inevitable y terapéutico que va liberándonos de la gran represión, dando rienda suelta a los impulsos que subsistieron encarcelados durante tanto tiempo. Una distancia que se acorta con medida, soñando con ser inconscientes al menos en los últimos cinco minutos que nos quedan para despedirnos, sin rozarnos.  
 
Reuniones con amigos y comidas familiares en un sábado en el que volvíamos a renunciar al Teo, conformándonos con el relente de terrazas adaptadas, herencia postpandemia, espabilados por el aire serrano que se templa con las ganas y el valor que haga falta, renegando del exilio al que nos obligaron.
 
En un empeño desesperado por dejar atrás los meses más duros de confinamiento y restricciones, recordando lo ocurrido, pero con la vista y la intención puestas en lo que está por llegar, asumiendo duelos, y fechas que se quedaron ancladas retocando el calendario.
 
Aturdidos, frenados por el miedo que a ratos se apodera de las ganas, vamos sorteando una probabilidad que añoramos sea más incierta que nunca. Reescribimos la forma de vida, balanceando el blanco y el negro, y adaptándonos a una nueva realidad.
 
Y si bien es cierto que el tiempo lo va difuminando todo, lo malo se borra primero, y en ese proceso de resintonización de la memoria a voluntad, regresamos al punto de inflexión donde todo se detuvo, dejando atrás los malos recuerdos, apelando a esa mayor capacidad del cerebro para disipar los recuerdos de experiencias negativas o traumáticas, como un mecanismo natural del ser humano para seguir adelante en la vida, tras etapas difíciles.
 
Con todo, es inevitable que la mente se sitúe a veces en aquel mundo previo a la pandemia, “antes del hundimiento del Titánic” donde los músicos seguían tocando los valses de Strauss como si nada. Un otoño de transición con un noviembre que se desquita con vísperas navideñas, en un tren que acelera a buen ritmo cruzando los dedos para que no descarrile en un Halloween en el que el truco o trato perdieron la partida, sobrepasado con creces el terror de una noche importada desde el otro lado del Atlántico y que ya tan sólo nos ocupa una tarea que se cuela por delante de Todos Los Santos. Los vivos, supervivientes, preocupados ya por maximizar el carpe diem, desbaratando planes y desnortando situaciones antes exhibidas como caóticas, hoy integradas sin protesta ni sublevación en una rutina que ha incorporado una descompensada cuenta de pérdidas y ganancias que obliga a echar cuentas de años que se cumplen sin poder descontar los que se pasaron en la “casa de atrás”, convocados a disfrutar del tiempo que antes se creía un derroche. 
 
Y en un retorno obligado por la inercia de lo acontecido, volvemos la mirada hacia aquel punto de inflexión, cuando todo se paralizó, en los albores del mes de marzo con su Fiesta de Los Gabarreros, observando con nerviosismo y alborozo, su reanudación en ese 2022 del que esperamos nos devuelva si no todo, parte de lo que el 2020 se llevó a las puertas de una primavera que nos sorprendía introduciéndonos en el mayor abismo de todos, y que para algunos servirá de aniversario para una nueva etapa, siendo felices al disfrutar de lo que tenemos, como decía Paulo Coelho, mientras nadie nos lo arrebate antes de darnos cuenta.
 
A los que se fueron demasiado pronto, a los que continuaron cerca -aunque fuese en la distancia-, a los que arriesgaron su vida para que el resto salvara la suya y a todos los que nunca “tiraron la toalla”.   

Vivid, la vida sigue/ los muertos mueren y las sombras pasan;/ Lleva quien deja y vive el que ha vivido/. ¡Yunques sonad, enmudeced campanas! /¡Oh, sí!, llevad amigos su cuerpo a los azules montes del ancho Guadarrama/. Allí hay barrancos hondos de pinos verdes donde el viento canta/. Su corazón repose bajo una encina casta/ en tierra de tomillos, donde juegas las mariposas doradas… (Machado).

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