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Los chicos del picú

Juan Andrés Saiz Garrido 12 de octubre de 2021 Por Juan Andrés Saiz
El Pibe, segundo de pie a la izquierda. Fotografía cedida por la familia
El Pibe, segundo de pie a la izquierda. Fotografía cedida por la familia

A comienzo de los años 60 del siglo XX, en los bajos del kiosco de La Corredera, el Ayuntamiento instaló un tocadiscos con la intención de que todas las tardes del verano hubiera un baile para que los jóvenes de la colonia veraniega (y los del pueblo) pudieran estar entretenidos. Estos saraos eran conocidos popularmente como los bailes del pikú, al castellanizar el término inglés pick ud con el que se conocían aquellos primeros giradiscos. Bien.
La verdad es que las primeras canciones que sonaron no encajaban mucho con los ritmos y los gustos musicales que comenzaban a gustar a los jóvenes. Cuentan que Adolfo Trueba, alias el Pibe, se presentó en el Ayuntamiento y le planteó al alcalde la necesidad de actua­lizar la discoteca del kiosco. 

Seguramente se explicó con cierta autoridad, pues era un tipo muy resuelto, que ejercía un liderazgo natural cimentado por bailar con cierta soltura, ser el veraneante que mejor jugaba al fútbol y uno de los primeros en el frontón a raqueta; el caso es que, al rato, el Pibe salió del Ayuntamiento con mil duros en el bolsillo (30 euros) y el compromiso de invertirlos bien. Y acertó, pues con ellos compró en Madrid un montón de EPs (discos de vinilo con cuatro canciones): Elvis Presley, los Llopis, los Ten Tops, el Dúo Dinámico, Paul Anka...

Lo que siguió después es algo que los más mayores recordamos con agrado y los más jóvenes conocen por referencias; pues eso, que cada tarde La Corredera se llenaba de gente, principalmente joven, y que se formaban corros y filas interminables de chicas y chicos bailando canciones como Lest's Twist Again, Locomo­tions, Pototitos o El Rock de la cárcel, imitando los pasos y las contorsiones del Pibe y el Fofo, que eran vanguardia en eso de bailar el twist y el rockandroll.

MIS MANOS EN TU CINTURA
En cuanto a las baladas, intentaré resumir su liturgia: las chicas comenzaban a bailar la canción agarradas, chica con chica, y los chicos, también en pareja, nos dirigíamos hacia ellas procurando colocarnos cada uno delante de la que más nos gustaba; al vernos llegar, ellas frenaban el ritmo de sus pasos de baile y nosotros preguntábamos: ¿Bailáis? Si la respuesta era afirmativa, comenzaba el cortejo, pues el baile agarrado podía ser entonces como un prólogo sencillo e inocente de cortejo amoroso. Entonces colocábamos las dos manos en la cintura de la chica, como en la canción de Adamo; después, pretender superar la técnica de defensa de los codos era misi­­ón imposible. Las chicas de aquella generación no eran excesivamente mojigatas, lo que pasaba es que sabían que sus hermanos mayores o sus propios padres podían estar observándonos desde cualquier rincón de la plaza; o sea, que bailar arrimados en el pikú no era pecado, era milagro.

Aparte del baile y la música, los pocos que manejaban algo de dinero solían tomar un chato de limonada o de sidra en los bares, por ejemplo en Casa Gabino o en la taberna de Las Parlillas, a 60 céntimos (de peseta, no de euro), también estaban los porrones compartidos de vino de Cebreros. De la venta de pipas se encargaba la señora Marina, la de los caramelos, en una casita baja que estaba en lo que ahora es el bar de Las 3 Jotas.
Otro personaje protagonista de esta historia era Severiano, el chico del cine, que llegaba todas las tardes al baile para repartir las carteleras de mano de la película que al día siguiente se encargaría de proyectar Ricardo, en el cine de Austresigildo.

EL OLOR DE LA LIBERTAD
En los veranos sucesivos, la discoteca del pikú se fue engrosando con discos de los Beatles, los Rollings, los Brincos, los Bravos... Los chicos comenzamos a dejarnos el pelo largo y a llevar pantalones vaqueros como los cantantes de las portadas, y también a imitar las maneras de Marlon Brando o de James Dean en sus pelis y, sobre todo, la estética de West Side Story.
Aquellas canciones olían apasionadamente a libertad, a libertad por descubrir, lo mismo que buena parte de las películas que anunciaba Severiano.

Esta pequeña crónica es un homenaje a los bailes del pikú, por parte de los que ya hemos cumplido sesenta años o más. En ellos aprendimos a bailar y a ligar, y a tomar una necesaria actitud de rebeldía ante la vida, para cambiarla a mejor, entre los compases del King Creole, La Bamba y She loves you “ye, ye”. Y que nos quiten lo bailao.

GRACIAS, PIBE
También es un agradecimiento obligado y entrañable a Adolfo Trueba el Pibe. Hace unos días, me enteré de su fallecimiento por un comentario de Luis Bittini en Facebook, donde lo definía como "su ídolo". Sin duda lo fue, porque en aquella década prodigiosa, todas las chicas del verano estaban enamoradas del Pibe, igual que todos los chicos de Marisol Grande, a la que también hacíamos corro cuando bailaba el twist. 

En cuanto a los mil duros que el Pibe pilló y luego invirtió en música, me atrevo a decir que jamás cinco mil pesetas han dado tanto de sí en este pueblo. Gracias, Pibe, te debemos mucho.

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