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Otro verano sin femuka

Aránzazu González 22 de julio de 2021 Por Aránzazu G. Herranz
Decoración
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En tiempos de guerra fueron suspendidas las verbenas, los pasacalles, los festejos y las fiestas populares en general. Lo esencial es mantenerse con vida, cuando una pandemia mundial azuza, con idas y venidas. Este pudo ser el titular de crónicas pasadas pero también futuras. Los abuelos contarían a sus nietos cómo les fue la batalla si la edad no fuese el peor de sus hándicaps.

En un mundo desarrollado, sin bombas, con economías prósperas, y estados del bienestar, sin carestías esenciales a pesar de las bajas por el asedio viral, la propagación de una infección respiratoria que mata o que deja grandes secuelas, la crisis económica parece más una excusa que una consecuencia. El impacto en términos sociales y de desarrollo personal ha paralizado proyectos, estrangulado expectativas, y continua en convivencia permanente y cada vez más estrecha con la incertidumbre y el miedo privando del ocio y frenando la música y la cultura que ha encontrado cierta supervivencia a través de las tan, a veces, controvertidas redes sociales que se han convertido en la tabla de salvación de una población castigada por el aislamiento, a la espera de un final que sigue en la cuerda floja.

Entre tanto el sector de la hostelería y del turismo sobrevive como puede adaptándose de mejor o peor manera a las nuevas normas y restricciones que permiten a unos y a otros darse un respiro. Una vacunación en proceso con una póliza a medias, sin todas las coberturas, sorteando este entuerto sin demasiadas garantías. 

Aún en un calendario todavía a medio gas, lo que el virus no puede impedir es que el ciclo climático y los fenómenos atmósféricos sigan su curso. Hace pocos días empezó oficialmente el verano, la estación calurosa, en la que todos, hasta los más perezosos se echan a la calle. Un solsticio diferente, sin verbena de San Antonio en Las Navas, con un San Juan con chaqueta y sin hoguera, mientras seguimos como en el martirio de San Pedro y San Pablo, subiendo a Facebook e Instagram fotos de otros veranos, junio consume sus días sin más. “A falta de pan buenas son tortas” se dice,  y al menos la buena temperatura permitirá salir a la calle a coger aire, con ese latiguillo que se ha convertido en inevitable, “por si acaso” que más bien por costumbre que por querer dotarle de significado. Y en el mal de muchos, va la resignación de todos, en una previsión deslucida todavía inundada por las dudas, vacilantes, preferimos evocar ecos pasados, que quedaron atrapados en los árboles de un paisaje, el de La Estación de El Espinar, que cada final de junio abría sus brazos al estío y a la agitada muchedumbre que allí se daba cita, celebrando animadamente la entrada del verano, compartiendo y disfrutando de un FEMUKA y de todas sus actividades, que vuelve a posponer pacientemente su retorno un año más.

El FEMUKA es el chupinazo que da comienzo al verano espinariego, es volver a vernos sin abrigo y llenos de colores en un festival ecléptico donde la música callejera es la máxima protagonista, y donde el mercurio permite aligerar la indumentaria y deleitarse con un cielo estrellado, rodeados de pinos segovianos, aire serrano, y arropados por el sonido del metal, a ritmos de jazz y fanfarria, recibiendo a la época estival con colores y armonías que bien pueden dar de sí reproduciéndose durante los largos y duros meses de invierno.

Ese “Crazy in Love” con saxos y trompetas o el tan pegadizo “Do Watcha Wanna” al que nos tiene acostumbrados nuestro querido El Puntillo Canalla en cualquier parte de la geografía en la que son demandados, destacados músicos que se equiparan a los de las más nombradas bandas de música callejera y charangas de Brass Band de nuestro país y de otros puntos del planeta. Espinariegos, dignos de llevar esta mención allá donde se les pueda oír.

Un recorrido por las calles y plazas de La Estación, recordando tiempos de postguerra, cuando las maestras Doña Cristina y Doña Fuencisla (de San Rafael) autorizaban el intercambio de alumnos y alumnas en sus escuelas en esa Plaza del Caño, para facilitar el cumplimiento de quehaceres necesarios a chicos y chicas que vivían en un barrio y otro de El Espinar. Árboles desnudos que aguantan erguidos, impacientes ser ataviados con sus ganchillos caracterísiticos del festival del música internacional que se organiza a finales del mes junio en este núcleo del municipio. Una seña de indentidad que tiene sus réplicas en otras zonas de Europa y América, y que inequívocamente reúne y acaricia la convivencia entre la gente mediante la música y hospitalidad de un pueblo que se vuelca con el visitante durante esos días ofreciendo su mejor versión, dando a conocer el pueblo y su privilegiada ubicación.

Volveremos a vernos en 2022, mi querido FEMUKA, estrenando un nuevo comienzo, que servirá para cerrar el final de un obligado y difícil paréntesis que no consiguió arrancarnos las ganas, para dar paso a otra etapa, en el lugar donde tantos bailes nos echamos bajo ese cielo argentado, alrededor del kiosko, abrazando el ganchillo de colores que los árboles centenarios nos regalaron a las puertas de otro verano. Regresaremos a nuestras vidas de siempre y sonarás de nuevo en la calle, en la tierra en la que volveremos a ser cigüeña aviadora en un imparable “A mi manera”, con el que no nos importará reírnos ni emocionarnos, abandonando el síndrome del miembro fantasma, sin complejos ni temores, en un reencuentro más que necesario.

“Y a tu pueblo, el azar otra vez el verano siguiente me llevó, y al final del concierto me puse a buscar tu cara entre la gente” (Joaquín Sabina).

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