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1829. Una “Quimera” en La Fonda

San Rafael 17 de junio de 2021 Por Carlos Parrilla

San Rafael ha visto pasar camino del puerto al mismo Napoleón con su ejército, a políticos y literatos, nobles y banqueros, pero el recuerdo de la gente menuda se lo suele llevar el viento. A veces, sin embargo, un hecho intrascendente resucita del olvido sus nombres, rostros y voces. ¿Una pelea de taberna hace historia? Quizá sí, porque la historia es un libro muy grueso que se escribe con párrafos pequeños.

¿Qué ocurrió la noche del 4 de diciembre de 1829? Nada grave, nada importante, pero sí algo que ha dejado su huella en los archivos y que nos permite hoy, casi dos siglos después, obtener una instantánea de una fonda que ya no existe ni en la memoria.

Tal como lo anotó el escribano de El Espinar, Manuel Yagüe, en aquella jornada se produjo “una quimera (que no es otra cosa que una “pendencia, riña o contienda” según el diccionario) en la taberna de la fonda entre José Sanz, postillón de la diligencia y Adriano Martínez, tabernero (que) salió herido con la fractura de una pierna. Al oscurecer de dicho día, en sitio en que estaban colgadas las guarniciones y horcates de las mulas cayeron sobre los que reñían y entre ellas estaba enredado el tabernero y cuando acudieron a levantarlos y separaron a los dos de la quimera es cuando se advirtió que padecía la fractura de la pierna y que el postillón tenía una navaja cerrada con la que amenazaba al tabernero que estaba debajo”.

En los documentos que se conservan en la Chancillería de Valladolid (Sala de lo Criminal 2150,4) nada se dice sobre el motivo la pelea; el alcohol, la política o un requiebro subido de tono, lo cierto es que tabernero y postillón se enzarzaron en una riña y el de la casa se llevó la peor parte.

La criada valiente, el sargento y el maragato

La pelea fue presenciada al menos por dos personas ajenas al servicio de la fonda, un sargento de caballería de la guarnición de Villacastín y un maragato cuyo nombre y domicilio se ignoraba. Se dio orden de localizarlo y tomarle declaración pero no fue identificado o no se conserva su testimonio. No parece que los dos hombres se molestaran demasiado en separar a los que reñían porque al final tuvo que ser una criada de la fonda, de nombre Rosa Jimeno, la que se acercó a los contendientes y arrebató la navaja de las manos del postillón.

El alcalde, Pedro Luengo Alderete, tomó declaración a otros tres criados, al arrendatario de la fonda -Cayetano Gippini- y al médico de El Espinar. Lo que parece claro es que en aquella noche de diciembre la taberna estaba escasa de parroquianos.

El postillón fue detenido y encerrado en la cárcel del pueblo mientras convalecía el herido. Según los partes del médico, la fractura de la pierna derecha había sanado un mes después, en enero de 1830. No conocemos la vecindad del postillón. Por lo general, los conductores de las diligencias realizaban un tramo de cada viaje y daban el relevo en las postas establecidas. San Rafael era una de las paradas más importantes del camino de Castilla y en la época del altercado varias compañías la usaban para cambiar animales de tiro en sus rutas regulares. Del postillón sólo se sabe que tenía sus efectos personales en una fonda llamada “de los apalanques” (?) y que el alcalde mandó traerlos para que nada le faltase mientras estaba en el calabozo.

Dos no riñen si uno no quiere

El resultado del pleito fue, cuando menos, curioso. Al sustanciarse la causa en julio de 1830, los jueces debieron de considerar que los dos contendientes, por el simple hecho de aceptar la pelea, tuvieron su parte de culpa y dictaron una sentencia salomónica: “Se declara casual la caída del horcate y los atalajes y el daño que se siguió a Adriano Martínez pero se condena a este José Sanz en los gastos de curación y por mitad, incluso los de botica, visitas y certificación del facultativo sin comprenderse los alimentos, y 8 ducados a cada uno (…) y al amo y arrendatario de la fonda Cayetano Gippini en 16 ducados y pérdida de los alimentos del herido, mancomunadamente con el mismo herido y José Sanz en todas las costas”.

Traslademos la cuestión al tiempo actual metiendo los papeles en la máquina del tiempo: el conductor de un autocar, en una discusión por cosas del fútbol, llega a las manos con el camarero de la estación de autobuses y entre golpe y golpe al segundo le cae sobre la cabeza el aparato de aire acondicionado. La justicia, de haber seguido el mismo razonamiento, hubiera impuesto una multa a cada uno, pero obligando al concesionario de la cafetería, que nada tuvo que ver en el altercado, a indemnizar al camarero herido por no tener bien sujeto el compresor.

Así fue en 1830. La multa, los gastos de curación y las costas del proceso recayeron sobre los dos que riñeron pero también en el responsable de no tener bien asegurados los aperos que causaron la fractura, es decir, el titular de la fonda, que además hubo de asumir el salario del tabernero “de baja”. De aquel modo los jueces intentaron asegurar el pago de las indemnizaciones cargando parte de la culpa sobre el Sr. Gippini, un hombre de cierta fortuna.

Lo que sí es cierto es que cuatro meses después, en noviembre de 1830, seguían sin pagarse la multa ni las costas del juicio, que ascendieron a 216 reales según una minuta detalladísima que se conserva en el expediente.

En eso quedó la “quimera” de la fonda de San Rafael: un hueso que sanó, un mozo que pasó la Nochebuena a la sombra y al final, sin comerlo ni beberlo, un empresario que pagó los platos rotos.

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