Cookie Consent by PrivacyPolicies.com

Don Senén y el autobús renqueante

Manuel López Franco 14 de junio de 2021 Por Manuel López Franco
farmacia San Rafael
farmacia San Rafael

Encontré a Don Senén saliendo de la farmacia periódico en mano, con una pequeña bolsa de medicamentos y sin gabardina, que por fin mayo decidió al final darnos un pequeño respiro.
-Buenos días, Don Senén. ¿Cuidando la salud?
-Más bien tapando algunas goteras, aunque con estas chicas tan majas siempre alegra venir aquí.
-Sin duda.
-Y hablando de cosas agradables ¿hace un café?
-Hace.
Da gusto pasear por el pueblo recuperando un sol que caliente y nos hable del verano que se acerca. A Don Senén y a mí nos gusta el tiempo cálido, el griterío de aviones y  vencejos, la noche perezosa, el canto de los grillos, las personas paseando y en suma el poder disfrutar de la calidez de esos meses relajados. Nos sentamos en una terraza a disfrutar del café y la charla, dos cosas inofensivas siempre que no esté cargado el primero y afilada la segunda.
-¿Cómo va su nuevo libro, don Manuel? ¿Podremos leerlo este año?
-Lo intento. Solo le diré que ese es mi objetivo, pero nunca se sabe. A veces es difícil sacar tiempo para todo.
-Sus lectores estamos deseando que se jubile y pueda dedicarnos todo ese tiempo que ahora se le escapa entre los dedos.
-Tiempo y tranquilidad, Don Senén, eso es lo que necesito.
-Como aquel hombre de la caja en el autobús renqueante ¿recuerda?
-No, no lo recuerdo.
-Posiblemente porque no se lo he contado. ¿O sí? Es igual, tendrá que escucharlo de todos modos.
-Deseando estoy.
-Bien. Esta es una historia en primera persona, es decir, que me sucedió a mí.
-Está usted sorprendiéndome esta mañana, Don Senén.
-Crea usted que a mí me han pasado muchas cosas suculentas, pero que no suelo referirlas por no parecer vanidoso.
-Algo de agradecer, aunque a mí nunca me daría esa sensación.
-Decía que iba yo en un autobús viejo y renqueante camino de algún sitio que ya no recuerdo, aunque tampoco vendría a cuento para la historia. El caso es que en aquella zona solo había este autobús, y se ve que nadie creía que hubiese que cambiarlo. Aun así, su motor sonaba regular y por ello tenía un andar monótono y cansino. Las ventanillas, pequeñas y elevadas, estaban todas abiertas para que entrase dentro algo de fresco, porque fuera el calor apretaba de lo lindo. Era verano y recién pasada la comida, en esa hora en que todos duermen la siesta menos el calor que se queda esperando que venga la noche para soltar un poco su presa aunque sea solo por unas horas. La carretera era estrecha y bacheada, y el autobús asumía los baches como propios compartiéndolos con los viajeros. A la imagen del autobús trotando por la carretera bajo el sol le podría acompañar la parte final de la serenata número 10 de Mozart.
-Tomo nota.
-El autobús estaba medio lleno o medio vacío, como el famoso vaso. Yo estaba sentado en la parte de atrás, donde hay cinco asientos, cuatro de los cuales estaban desocupados. Las personas que viajaban no eran ni mayores ni jóvenes, ni grandes ni pequeñas, ni especialmente habladoras, por lo que el sonido del motor y el crujido de los baches era todo lo que amenizaba, es un decir, el viaje. Recuerdo que pensé que tanto el conductor como el vehículo procedían del mismo sitio, una oscura factoría quizás vencida ya por el tiempo y el olvido, y así se complementaban a la perfección repitiendo un viaje por aquellos parajes que siempre eran remotos si no andabas por ellos.
-He conocido sitios así.
-En una recta larga había una parada. Tenía una estructura liviana, y un techo de chapas metálicas que calentaban la sombra que daban. De esta parada salió un hombre que hizo señales para que el conductor detuviese el autobús y subirse a él. Este hombre llevaba una caja de cartón con etiquetas de haber contenido latas de conserva, si bien de eso había pasado mucho tiempo. El conductor hizo parar la máquina junto a él y pidió a un pasajero que abriese la puerta. El hombre de la caja informó al conductor de su destino, y este le respondió que hacía más de veinte años que no paraba allí, y que ese pueblo estaba abandonado, algo que al hombre no pareció preocuparle ni lo más mínimo, por lo que subió con su caja y, buscando donde sentarse, decidió que junto a mí había sitio para su caja y para él.

El hombre era mayor, agrietado por el sol, con un pelo blanco y muy corto, barba de dos días y unos ojos oscuros que exhalaban vida y felicidad. Me dio las buenas tardes y colocó la caja entre él y yo. Ya sabe usted, don Manuel, que no soy persona cotilla pero sí curiosa, y no pude resistir, habiendo oído al conductor, intentar averiguar por qué quería ir a un pueblo sin habitantes armado de una caja. Me sonrió y comenzó a hablar con convicción. Me contó que acababa de jubilarse tras más de cincuenta años de trabajo, y que volvía al pueblo donde nació para pasar sus últimos años y volver a la tierra que le echó al mundo. Tenía la mirada entre cansada y traviesa, con los ojos enmarcados de arrugas voraces y de vivencias. Pronto me enganchó su historia. Había llegado de niño a ese pueblo que ahora abandonaba, acompañando a sus padres que buscaban un futuro mejor para la familia. Y allí se quedaron. El padre había aprendido a hacer carbón del abuelo, y quería establecerse en un sitio boscoso para ver crecer a su hijo sin viajar de parte a parte. El hijo le acompañaba al bosque todos los días para ayudarle, desde bien pequeño, mientras la madre quedaba en casa con su hermana, el huerto, las gallinas y la justa cantidad de miseria para no bajar la cabeza ni un momento. Pasaron los años y el padre enfermó a consecuencia del humo y el frío, apagándose poco a poco hasta que él, un adolescente vivaracho, tuvo que hacerse cargo de la madre y la hermana, que nunca le acompañaron al bosque. Y así la vida fue vaciando el pueblo. A la madre se la llevó un día una mala fiebre, y la hermana marchó a la ciudad en busca no ya de oportunidades, sino de distancia con el pasado inhóspito. Los vecinos fueron muriendo, la juventud huyendo, y el vacío apoderándose de todo hasta que se quedó solo. El huerto podía mantenerle, y a falta de nada mejor, continuó con su trabajo hasta que una mañana una alondra le hizo pensar en levantar el vuelo y dar por terminada la aventura del carbón. De modo que cogió sus ahorros y se fue del pueblo sin mirar atrás. En la caja, me dijo, había metido todas sus pertenencias.

-Los logros de una vida en una caja.
-En un momento dado, el hombre se levantó y me dijo que ya llegaba su parada y que se iba a descansar. El autobús empezó a frenar y pude ver cómo el hombre sonreía. De repente, el autobús frenó en la parada y al hombre, despistado, se le cayó la caja sobre mí, abriéndose la tapa.
-Y cayeron sobre usted todas sus cosas.
-No, la caja no contenía nada. Estaba vacía. El hombre se disculpó, la cerró y se fue con ella al pueblo que le vio nacer, un pueblo tan vacío como la caja.
Me pareció ver un asomo de tristeza en la expresión de Don Senén.
-¿Otro café?
-Por supuesto.
Y allí nos quedamos, contentos del sol y de la charla.

Te puede interesar