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Castilla vaciada

Luis López Rodríguez 07 de junio de 2021 Por Luis López
Navacepedilla de Corneja
Navacepedilla de Corneja

Adolfo Sánchez me invita a Navacepedilla de Corneja; apenas noventa almas incluyendo sus pedanías. A primera hora de la mañana paseo por unas calles empedradas en las que ya no juegan niños. Me acompaña un silencio roto por el ladrido de algún perro adormilado, la huida de los gatos ante el sonido de mis pasos y las campanadas de San Martín. A lo lejos, en el rio, oigo el rumor ganadero mientras que los pájaros tocan a diana en un trino de cantueso, robles y nogales engarzados a las laderas rocosas de la montaña por donde el sol se asoma como un crio detrás de una valla. 

Las fachadas ayudan a leer el pueblo; los grandes portones hablan de carros y aperos de labranza y las puertas bajas, de ganado. Sin embargo, muchas de esas puertas hace tiempo que no se abren y tal vez no lo hagan nunca más. En cada rincón se agolpa la nostalgia de lo que fue y que no volverá a ser. Supongo que el bucolismo que busca un urbanita está en esas casas desarboladas. En un atrezo de agonía en que la dignidad de su pasado se tamiza con un futuro incierto.  

Me viene a la cabeza las palabras de la escritora Ana Iris Simón: Para acometer el reto demográfico de la España vaciada, apuesten por las familias. Y acierta. No tengo ningún bálsamo de Fierabrás, pero sí creo que una forma de sostener estos pueblos –y a nosotros mismos- es apostar por todo lo básico que nos enraíza a la tierra. ¿Un ejemplo? Aquí la cobertura de teléfono es inexistente excepto en la loma del cementerio. Tal vez sea un mal presagio.

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