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Supervivientes

Escriben - Aránzazu González 06 de junio de 2021 Por Redacción
El Duero corre, terso y mudo, mansamente/ El campo parece, más que joven, adolescente./ Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido/ azul o blanca/ Belleza del campo apenas florido, y mística primavera!/ ¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,/ espuma de la montaña/ ante la azul lejanía,/ sol del día, claro día!/ !Hermosa tierra de España! (Orillas del Duero; Campos de Castilla).

Versos de Machado imperecederos, reincidentes, que nos devuelven a la infancia y a la adolescencia, versos que nos llevan y nos traen de vuelta a tierras castellanas, sin acusar el paso del tiempo. Y sin embargo tras el largo letargo y la lucha por la supervivencia, la escena inevitablemente ha cambiado. No sabemos si por selección natural, por el destino o la mala suerte, muchos nos dijeron adiós, y otros, quedaron para recordarlos.

Más o menos acostumbrados a esta etapa de postguerra, aderezada con redes sociales y videoconferencias, incorporando nuevos vocablos a nuestro lenguaje, como Zoom, teletrabajo y Teams, en el empeño y la necesidad de intentar sustituir los intercambios humanos por los virtuales, hemos desarrollado nuevas aptitudes y actitudes para sobrevivir al aislamiento, a las renuncias de libertad y a la incertidumbre, batallando con la ansiedad y el estrés emocional provocado por la estrechez de expectativas durante todos estos meses, desde que se paró el tiempo aquel mes de marzo de 2020.

Recordando a Barry Schwartz, psicólogo estadounidense y autor de varios libros sobre las plagas psicológicas subyacentes en la sociedad occidental moderna, expresaba tan vehementemente como convincente, en una de sus conferencias de hace unos años, que la saturación cognitiva a la que se veía sometida el individuo cuando con total libertad disponía de demasiadas opciones para elegir la que mayor utilidad le reportara en ese momento, le provocaba una parálisis a la hora de decidir. Y si bien es cierto que la vida es un asunto de elección, no siempre y no todo el tiempo, ni en su totalidad se puede lograr el máximo de satisfacción con la opción elegida. Los supervivientes a un naufragio, a una crisis, seguramente no tuvieron todas las opciones deseadas para gestionar qué decisión sería la óptima, y más que libres, llegarían a sentirse cautivos de una situación sobrevenida en la que la capacidad de elección era casi nula. Por tanto, más que autónomos, desenvueltos o liberados, se convirtieron en adaptados, acostumbrándose a una circunstancia por obligación e instinto de supervivencia dentro de la colectividad, abandonando su propio egoísmo y, lo que se dice comúnmente, “aguantando el tirón”.

Las crisis pueden ser el comienzo de un cambio, de una mudanza, de una metamorfosis, de lo que algunos llaman segunda oportunidad o punto de inflexión. Y lejos de provocar un colapso o una parálisis, la libertad de poder decidir entre muchas alternativas es el mayor de los privilegios, ahora bien, si el individuo sufre de indecisión crónica es harina de otro costal ya. Entendiendo a Schwartz, y haciendo un ejercicio de empatía hacia sus tesis, podemos admitir que los excesos y los extremos nunca fueron buenos para nada, sin embargo la toma de decisiones ha de estar alumbrada por la razón, el sentido común, y la libertad de decisión. Y depende de cada uno aprovechar cada recurso a su alcance para ejercer de superviviente, una condición en la que no hace falta aprobar con nota, sino simplemente superar el obstáculo que, a veces, se presenta como insalvable.

Decía Nietzche que la vida es un instinto de desarrollo, de supervivencia, de acumulación de fuerzas, de poder, y según Samuel Fuller cuando estás en el campo de batalla, la supervivencia es todo lo que hay. De este modo regresamos a la vida, aun cuando la pandemia no nos dejó desabastecidos de productos básicos, (durante el confinamiento la mayoría adquirió un sobrepeso consciente e ineludible), pero sí desprovistos de lo esencial: nuestra libertad. Fue entonces cuando tuvimos que combinar la libertad y el sentido común, para que ambas fuesen de la mano, y poner una al servicio de la otra, dejando a un lado los niveles de insatisfacción que provocaban las decisiones que en ese momento maximizaban nuestra utilidad, la única a la que podíamos optar. Cuando las actividades estaban tasadas, las franjas horarias no permitían más que acercarse a los comercios para ser parte de las colas y el hastío con distancia, ni en la peor de nuestras pesadillas podríamos haber rechazado tanto la realidad, mientras, seguíamos sintiéndonos afortunados supervivientes, frente a los que seguían engrosando los pasillos de hospital y las morgues.

Hoy, meses después, apesadumbrados, volvemos al Municipio de El Espinar y miramos con otro enfoque el paisaje único del que nunca quisimos alejarnos, reconociéndonos en él, envejecidos, le decimos “aquí estamos de nuevo, después de la contienda”, saludando a unos ojos que se muestran conmovidos, esperando, como si el tiempo no hubiera pasado, queriendo ignorar sin conseguirlo, la mella que ya hemos anexionado a nuestra edad, a nuestro viaje. Un recorrido de voces que resuenan y rostros que se aparecen en escenas cotidianas perpetuadas en la memoria, en las fotos, en la risa, en el eco de las casas, en las calles, en las tiendas, en la algarabía de los niños que nos devuelven a esa rutina que tanta falta nos hace. Regresamos supervivientes, y emocionados al encontrarnos, después de tanto tiempo, retomando conversaciones que omiten lo superfluo, con enhorabuena en lágrimas contenidas, al vernos, queriendo atender las ganas de tantos planes aplazados, pero con la prudencia que seguimos practicando. Tantas cañas y cafés imaginarios en bares y terrazas, conformándonos con tal y como ahora son, y tantas verbenas rebobinadas y retocadas en esa plaza de La Corredera, con la esperanza de recuperarlas tal y como eran.

Se agolpan las noticias de los ausentes, de aquellos que saludaste por última vez sin saberlo, de aquellos vecinos que siguen en los sitios donde los dejaste, aquella despedida de El Caloco en El Portalón en septiembre de 2019, aquel adiós cuando no sólo despedimos al Cristo. En la antesala de la catástrofe, un antes y un después estaba a punto de arrollarnos, una guerra mundial nos arrebataría nuestras vidas, a unas las dejaría en estado de coma inducido, a otras se las llevaría por delante sin contemplación, y a todos nos cambiaría la forma de vivir y relacionarnos. 

Supervivientes que renunciaron a su presente, luchando por su futuro, cuidando de sus mayores, aquellos que también fueron jóvenes y erguidos, que tanto sacrificaron, entregando su vida una y otra vez por lo que más querían, su legado.

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