Cookie Consent by PrivacyPolicies.com

1485 - Un tesoro en El Espinar

El Espinar 31 de mayo de 2021 Por Carlos Parrilla

Esconder el dinero debajo del colchón cuando llegan los malos tiempos no es nada nuevo. De hecho, gracias quienes en su día tuvieron la prudencia de ocultarlo y después la desgracia de no poder recuperarlo, han llegado a nosotros un buen número de “tesorillos” cuyo valor histórico es muy superior al del metal de sus monedas.

En el Archivo General de Simancas (Cancillería, Registro del Sello de Corte 148509,12.) se encuentra un documento breve y de lectura enrevesada, fechado en Valladolid el 23 de septiembre de 1485, en el que se da cuenta del hallazgo de uno de esos tesoros por un vecino de El Espinar. Don Fernando e donna Ysabel, esc., a vos Juan Dias de Louera, secretario, salud e graçia. Sepades que a nos es fecha relación que Bernardo? Frutos, vesino del Espinar, Alonso Gonçales, platero, vesino de Talavera, seyendo su collaço, andando e arando en una heredad diz que fallara una tinaja e una olla con cierto tesoro e lo toviera encubierto fasta que viniera un tio suyo que se llama [blanco] de Palaçios e se viniera con ello al lugar del Espinar.

¿A qué llamaban “tesoro”?

Lamentablemente en este escrito no se menciona ninguno de los elementos que podrían haber arrojado más luz sobre el hecho y a la par, sobre la historia remota de este municipio: el paraje en que apreció el tesoro ni su contenido. Con tan escasa información sólo podemos movernos en el terreno de la conjetura, aunque sí existen algunas “pistas” que aportan coherencia a los hechos y permiten aventurar algunas conclusiones.

El uso de la palaba “tesoro” en aquellos tiempos tenía un significado mucho más preciso que el actual, en que puede calificarse como tal a cualquier objeto valioso. El primer diccionario de la lengua española (Covarrubias, 1611), lo define como “escondidijo y lugar oculto do se encerró alguna cantidad de dinero, oro o plata (…) de tanto tiempo atrás que dello no había memoria (…) ni de quién fuese; de donde se sigue tener justo derecho a ello el que se lo halla”. Podemos aceptar, por tanto, que el “tesoro” encontrado por Bernardo Frutos en 1485 fue uno más de esos tesorillos de alhajas o monedas antiguas (romanas, visigodas…) que han aparecido con cierta frecuencia por toda la península, aunque sean escasos en esta provincia interior y poco poblada. Todo cuadra si se añaden las circunstancias del hallazgo, escondido en unas vasijas y enterrado en el campo, el modo más frecuente de ocultar los objetos de valor cuando amenazaba la guerra o el saqueo.

El platero

Existe un último elemento que añade credibilidad a los hechos: aparece de por medio un personaje que podría resultar extraño, un platero de nombre Alonso González, vecino de Talavera. ¿Qué papel representa en esta historia? Si bien el texto habla de una relación de parentesco o servidumbre (“collazo”), en aquel tiempo, cuando las transacciones eran escasas e inseguras y apenas existían establecimientos para el depósito de alhajas o préstamo de capitales, con frecuencia eran los plateros quienes asumieron un papel semejante a las actuales sucursales bancarias: ellos poseían cajas fuertes y movían cantidades notables de metal precioso. Aunque su presencia pudiera ser casual, no podemos perder de vista que el hallazgo de un conjunto de alhajas o monedas antiguas hubiese requerido de la intermediación de un platero para convertirlas en metal, guardarlas en depósito o garantizar con ellas un préstamo.

Orden de “busca y captura”

¿Qué pretendía la Cancillería de los Reyes Católicos? ¿Qué motivó aquel escrito? Al secretario Juan Díaz de Lobera poco parecía moverle la curiosidad histórica puesto que el verdadero contenido del documento es una orden de “busca y captura” de los vecinos que hallaron el tesoro, con toda seguridad por no haber pagado los correspondientes impuestos (pocos años más tarde se fijaría el llamado “quinto real”, un 20% de todos los metales preciosos procedentes de minas o botines de guerra). 

Prosigue el escrito: Vos mandamos que vayades al dicho lugar del Espinar e a los otros partes e lugares que vos entendieredes que cunple e fagades pesquisa e ynquisyçion sobre ello e vos informedes por çiertas partes e maneras mejor e mas conplidamente pudieredes saber verdad de commo y que manera y donde fue fallado el dicho tesoro e que tanto hera e fagades todas las otras diligençias que para saber la verdad dello convengan. E entre tanto que fazedes la dicha pesquisa (…) prendades los cuerpos a las dichas personas (…), e los tendades o los enbiedes presos e a buen recabdo a sus costas ante nos (…) e sequestredes todos sus bienes.

La legislación entonces vigente (Partida 3, 28, 46) establecía para el caso de hallazgo fortuito de un tesoro que “si acaeciese que alguno lo hallare en casa o en heredamiento ajeno, labrando ahí o en otra manera (…) entonces debe ser la mitad suyo e la mitad del señor de la casa o heredad en que lo halló”. Se trata de un principio todavía vigente al haberse trasladado al art. 351 del Código Civil.

Las circunstancias del descubrimiento, la propiedad de la finca en que apreció y la cantidad de lo encontrado eran elementos fundamentales para establecer el destino final del tesoro y los derechos del fisco sobre él. Sin duda Bernardo Frutos trató de evadir el tributo pero la noticia corrió como la pólvora y la hacienda real, asfixiada por la guerra de Granada, se echó sobre él.

El tesoro de El Espinar podría haber aportado una información tremendamente valiosa para rellenar las páginas de nuestra historia más antigua. Quizá algún día aparezca información más precisa sobre aquel hecho, entre tanto, al menos resulta curioso comprobar que no hay mejor forma de mover la máquina del Estado que tratando de evadir impuestos. En esto no parecen haber pasado los siglos.

Te puede interesar