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El asalto a la venta del Caloco 21 de abril de 1819

El Espinar 26 de mayo de 2021 Por Carlos Parrilla
Carlos Parrilla
Carlos Parrilla

El Espinar se fue a la cama aquel miércoles de primavera con la mente inquieta, pensando, quizá, en la penuria que aún padecía la villa desde que, poco tiempo atrás, los franceses la dejasen arruinada, o preocupados por el devenir de la política, con el absolutismo de nuevo establecido y el descontento cada vez mayor entre los españoles. Pero pronto, a eso de la media noche, un grupo de hombres armados escribirían una página de su pequeña historia que, durante semanas, eclipsaría cualquier otra noticia que llegase del otro lado del puerto.

La documentación sobre el asalto a la venta del Caloco que se conserva en el archivo de la Real Chancillería de Valladolid (Sala de lo Criminal, 2208, 10) no es amplia, apenas media docena de escritos con algunos oficios de remisión y notas de despacho, no obstante sí es rica en detalles y matices porque asoma, entre sus renglones de escribano, un mundo de arrieros y soldados, de bandidos de medio pelo y niños cuidando ganado en las alturas de la sierra.

Los hechos

Apenas unas horas después del asalto, Mateo Torrejón, alcalde ordinario de El Espinar (en aquella época con funciones judiciales) redactó un informe detallado para el Corregidor de Segovia. Dejemos, por tanto, que sea él mismo quien describa lo ocurrido: “Como alcalde ordinario de la villa de El Espinar, provincia y partido de Segovia (…) doy parte a V.S. del que se me dio y ha ocurrido en la venta llamada del Caloco de esta jurisdicción situada en al Real carretera de Castilla, y es que después de las once de la noche del día 21 del corriente, recogidos ya el ventero y su familia, criado y huéspedes, llamaron gentes; conociendo que eran arrieros gallineros por el ruido de las que conducían, abrió la puerta el criado y con los susodichos entraron once hombres de a pie armados con escopetas y trabucos (…) ataron nueve arrieros, unos salmantinos, otros manchegos y unos del lugar de Sangarcía (…) robando al ventero unos 700 u 800 reales y alguna otra cantidad pequeña y efectos a los arrieros y cinco gallinas de los dos que las llevaban y habían hecho volver a la venta (…) sin duda para lograr su entrada en ella (…) de cuyo edificio y gente que contenía se hicieron dueños y dispusieron a su arbitrio para comer y beber (…) gastaron porción de huevos, tocinos y aguardiente y así permanecieron el resto de la noche de descubierta y con sus centinelas para que nadie saliese y prender a los que llegasen (…)” El número de los retenidos aumentaría en la mañana del jueves 22, cuando fueron llegando nuevos viajeros a la venta. Por fin “tomando dos botas de vino y cuatro panes (…) se marcharon (…) por la mata de Santo Domingo en este término. Inmediatamente (…) se dirigió a esta villa, lleno de confusión, el ventero a las diez y media de la mañana y dio parte del suceso mencionado, se retiró a sangrar y recoger porque así lo exigía su estado”.

La huida

Según los testimonios que se recogieron después de los hechos, “un cabrero de tierna edad que estaba con las (cabras) que guardaba en el cerro de Cabeza Renales había visto atravesar a diez hombres armados a pie que, campo a través, caminaban por entre aquellos ásperos peñascos y montaña hacia lo que dicen Boca de Infierno (…) añadiendo que aún quisieron quitarle un chivo. (…). A esta misma razón dio aviso otro muchacho que guardaba vacas y estaba en compañía de otro vaquero vecino de la villa de Peguerinos, en sitio que dicen de la Cruz de Pedro del Álamo (…) que les quitaron el pan que tenían y tiraron dos balazos a una chota y una vaca (…) y marcharon por el pinar en derechura a los cerros del de Guadarrama y los que dominan el Escorial”.

Las víctimas: arrieros y soldados

Según los documentos que constan en el expediente, en la mañana del día 22 de abril los asaltantes fueron capturando a los diversos transeúntes que accedían confiadamente a la venta, entre ellos “cinco soldados de la guarnición de Villacastín -Regimiento de Navarra- (…) quitándoles los fusiles e inutilizándolos”, junto con un maestro de obras que trabajaba en la propia venta, un ganadero que guardaba sus animales en un cercado próximo y un leñador con su carga de “palos de estaquilla para venderla en los pueblos inmediatos”. En total, según la relación de oficios que se enviaron para tomar declaración, en torno a quince personas serían desvalijadas y retenidas por la cuadrilla de bandoleros. Los arrieros procedían de lugares tan lejanos como Móstoles, Valdepeñas, Mérida, Aceuchal (Badajoz) o Salamanca, junto con vecinos de localidades próximas – Zarzuela, Vegas de Matute o Las Navas-. En todo caso, no hay mención alguna en los autos de lesiones o maltrato a ninguno de ellos.

Los ladrones

La partida de malhechores fue especialmente numerosa ya que por aquellas mismas fechas se produjo otro asalto a los viajeros que cruzaban el puerto de la Fuenfría, en Cercedilla y este delito fue perpetrado únicamente por tres bandoleros. Sin duda el asalto a la venta y el secuestro de los viajeros que en ella pernoctaban requería un grupo no pequeño de delincuentes. En un escrito fechado el 19 de junio de 1819 se incluye su descripción obtenida de las declaraciones de las víctimas, aunque se limita a enumerar algunos rasgos de su apariencia y sus ropas: “hombres armados con trabucos y escopetas, unos con mantas, otros con capas y otros con capotes pardos, sombrero de copa alto y chambergos, algunos con pantalones pardos y vivos encarnados recogidos arriba al estilo de Madrid, dos bastante altos (…) todos jóvenes, los más con zapatos. Uno pelón con chaqueta azul, otro con montera de pellejo y manta, otro con capote negro y bozos encarnados, otro con calzones azules, chaqueta y sombrero tendido y un pañuelo azul y blanco agujereado en forma de máscara, otro con marsellés de calesero y otro alto con capa encarnada y unos rasguñones en el rostro”. Llama la atención que ni uno sólo de los once asaltantes fuera reconocido por ningún testigo, habiéndolos de la mayoría de los pueblos de la comarca.

La persecución y las pesquisas posteriores

En cuanto el aturdido ventero dio parte del suceso, el alcalde de El Espinar envió aviso “al comandante de la tropa de guarnición en San Rafael y puerto de Guadarrama (…) y a las justicias de toda la circunferencia (…) Al mismo tiempo reuní la partida de escopeteros establecida en esta villa y otros vecinos armados hasta el número de dieciocho (…) les destaqué con las advertencias necesarias a tomar las más indicaciones posibles en la venta (…) y sin detenerse nada fuesen en la dirección por la que se decía llevaban los ladrones y los persiguiesen hasta su captura en unión con la tropa de San Rafael”.  De este modo, en cuestión de pocas horas todas las fuerzas de la comarca estaban sobre las armas en busca de la cuadrilla de ladrones, sin embargo, de poco sirvieron tales diligencias. En los días siguientes se realizaron algunas detenciones de sospechosos - un aragonés en Guadarrama y varios hombres más en Villacastín y Salamanca - pero todos ellos fueron puestos en libertad al mostrar sus documentos en regla o no coincidir su aspecto con las señas de los ladrones. Después de varios meses de pesquisas terminó por archivarse la causa sin haberse hallado ninguno de los salteadores, así se indica en el último documento que consta en el expediente, fechado el 4 de febrero de 1820, casi un año después de los sucesos de la venta del Caloco.

Por aquellas fechas España se estremecía, una vez más, con el pronunciamiento del general Riego iniciándose el camino hacia la entrada en vigor de la Constitución de Cádiz y el llamado Trienio Liberal; bueno estaba el país para andar persiguiendo maleantes de poca monta. Pero al ventero del Caloco, ajeno a los vaivenes de la política, nadie le quitaría el susto del cuerpo.

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