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El telégrafo óptico. Una década de funcionamiento, siglo y medio de abandono

El Espinar 21 de mayo de 2021 Por Carlos Parrilla
Recuperamos los artículos, que nuestro colaborador Carlos Parrilla hizo en la edición impresa del periódico El Espinar. Desde hoy podréis leerlo en la edición digital.
El Telégrafo
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Ahora que tanto se habla de las grandes inversiones ineficaces de la administración, de estaciones sin viajeros y aeropuertos sin aviones, conviene recordar que no es un fenómeno nuevo en absoluto. Un ejemplo paradigmático lo constituye la extensa red del telégrafo óptico que cruzó España de norte a sur apenas unos pocos años antes de la llegada del telégrafo eléctrico.

Algunos pueblos de España están coronados por un “cerro del telégrafo”, entre el Espinar y Las Navas también tenemos el nuestro. Más allá de lo visible, un viejo torreón en ruinas junto a un repetidor con antenas, quizá convenga conocer algo más de este vestigio de lo que fue la primera red organizada de telecomunicaciones a escala nacional. Desde épocas muy remotas la repetición sucesiva de señales por medio de hogueras (las ahumadas o almenaras) se empleó para comunicar mensajes sencillos y previamente convenidos a largas distancias, pero en todo caso, con una eficacia muy limitada. Entrado el siglo XIX, el gobierno tomó conciencia de la necesidad de establecer un sistema rápido para transmitir mensajes complejos de una punta a otra del país, ya que hasta entonces la velocidad de una noticia no superaba la del postillón a caballo.

Tras varios intentos y después de la instalación de algunas líneas menores o de interés puramente militar, en 1844 se encomendó al brigadier José María Mathé el diseño e implantación de un sistema general de comunicaciones ópticas, por medio del cual pudieran enviarse de modo rápido y seguro mensajes cifrados mediante señales repetidas de puesto en puesto. En seis años se levantaron más de 120 torres, cada una quedando a la vista de la anterior y la posterior, dotadas con un particular sistema móvil de esferas y tableros cuya combinación pudiera descodificarse mediante el correspondiente libro de calves, en poder sólo del emisor y del receptor final.

Llegaron a ponerse en funcionamiento tres grandes líneas, que conectaban Madrid con Irún (1846), Valencia (1849, no se concluyó el enlace con Cataluña) y Cádiz (1851), con algunos otros ramales. Hasta tal punto resultó eficaz aquella red que un mensaje que partiese del Ministerio de la Gobernación de Madrid podía llegar a su destino en Cádiz en pocas horas, siempre que la niebla o la lluvia no impidiesen la visibilidad en ningún punto del trazado.

Pero este sistema resultaba enormemente costoso: empezando por la construcción de las propias torres que sustentaban los sistemas de señales hasta la dotación de hombres – los sufridos torreros- que permanecían en su interior, en unas condiciones durísimas, para recibir los mensajes y repetirlos a la torre siguiente. Este alto coste, junto con la llegada casi simultánea del telégrafo por hilos eléctricos con evidentes ventajas de rapidez y seguridad, hicieron que el telégrafo óptico apenas funcionase durante una década pues a partir de 1855 se dio orden de abandonar progresivamente unas instalaciones que, prácticamente, nacieron ya obsoletas. La estructura de las torres tenía mucho de fortificación militar, así se aprecia con sólo observar su recia construcción – que las ha permitido sobrevivir siglo y medio de abandono – sus ventanas inferiores en forma de aspillera, claramente defensivas y su puerta elevada a la que se accedía por una escalera de mano que se guardaba en el interior.

Las señales se realizaban mediante un sistema de volantes y engranajes situados dentro de la torre que, a través de unas poleas, movían en el exterior unos tableros a una determinada altura entre otros paneles fijos. A su lado una bola subía o bajaba indicando una numeración prefijada según su colocación. La combinación de unos y otros en series codificadas permitía al emisor una enorme cantidad de variables y, en consecuencia, enviar mensajes verdaderamente complejos.

La torre que se levanta a la izquierda de la autopista, cerca del Caloco, pertenece a la línea de Castilla (Madrid-Irún), la nº 7 del trazado. Desde su emplazamiento podía verse, hacia el sur, la torre nº 6 situada en el Puerto del León, probablemente en el lugar que hoy ocupan las antenas de Telefónica, y hacia el norte la torre nº 8, también desaparecida, en la parte más alta del casco urbano de Villacastín, de la que no queda más recuerdo que el nombre de la calle “telégrafos” en el lugar en que se alzaba.

De aquel modo, las noticias que llegaban desde Francia volaban literalmente sobre El Espinar mediante el discreto movimiento de unos engranajes en lo alto del torreón, junto a la ermita del Cristo. 

Hace algunos años fue restaurada la torre nº. 11 de la línea de Castilla, cerca de Adanero (Martín Muñoz de las Posadas) y siguiendo su ejemplo también lo han sido recientemente la torre nº 4 de la línea de Valencia en Arganda del Rey y la nº 5 de Castilla, en Moralzarzal, que se divisa desde la autopista sobre un cerro entre Guadarrama y Villalba. Lamentablemente, más allá de estos pocos ejemplos de rehabilitación, la mayoría de las torres integrantes de la red del telégrafo óptico se encuentran en ruinas, un ejemplo más de patrimonio histórico abandonado. Es necesario conocer qué significaron – símbolos de un progreso espectacular y a la vez efímero – para tomar conciencia de su importancia y de la necesidad de su protección –al menos consolidación - de modo integrado, como la red que en su día constituyeron. Muchas ya se han perdido pero no pocas siguen en pie resistiéndose al olvido.

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