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Don Senén y la salida imaginaria

Escriben - Manuel López Franco 10 de mayo de 2021 Por Manuel López Franco
Centro de Salud
Centro de Salud

No es Don Senén persona proclive a dar información sobre sí mismo, de modo que tan solo pude intuir su edad cuando nos encontramos en el centro de salud esperando los diez minutos de rigor tras haber sido vacunados de un jeringuillazo preciso, breve y puntual.
-¿Recuerda usted, don Manuel, que cuando de pequeños nos vacunaban acompañaban el pinchazo con un caramelo? Ahora nada de nada.
-Será que ya no tenemos edad de caramelos; si acaso de algún analgésico. También podían habernos dado un chupito, o un abrazo.
-Parece más fácil el caramelo, y más aún no dar nada.
-Claro, y eso nos hace sentirnos despistados.
Don Senén sonrió de buena gana.
-¿Cree usted que despistado y recién vacunado podrá llevarme a tomar un café sin que nos perdamos?
-Por supuesto, nunca me he perdido volviendo a casa desde tan cerca.
-Eso no es concluyente. Recuerde el caso de aquel zahorí que pasó tiempo conduciendo por el mismo sitio, sin poder salir de él.
-No es por llevarle la contraria, Don Senén, pero…
-Su memoria, don Manuel, su memoria. ¿Ha hablado de esto con su médico?
-Se me olvida hacerlo, crea.
-Ponga entonces más interés. Este zahorí al que me refiero tuvo que cruzar una cuidad en un viaje al otro extremo de un mapa doblado, y por no perder más tiempo, decidió tomar la vía que servía de circunvalación a dicha ciudad. Era una vía de varios carriles, llena de coches y camiones, vacía de semovientes y desprovista de sonrisa. Digo que entró en la vía y se mezcló con los demás vehículos en esa especie de anonimato que da el tráfico rodado. Se colocó en el carril derecho para estar preparado a desviarse en cuanto fuese necesario y buscó una emisora de su gusto para que le acompañase.
-Un poco de relax nunca viene mal.
-Cierto. El caso es que un rato largo después le pareció extraño no haber llegado al desvío, pero de algún modo decidió que se habría despistado y que, salvo la demora, la cosa no tenía más consecuencia, de modo que puso más atención al camino. Al rato observó que había pasado de nuevo por el punto de origen, confirmándose así sus sospechas de despiste.
-Las circunvalaciones son un follón.
-Eso parece. El caso es que se fijó mucho en cada desvío que venía hacia él por no cometer de nuevo el mismo error, e incluso redujo un poco la velocidad para asegurarse de ello. Y así pasaron de nuevo los quilómetros, sin que viese su desvío.
-Igual no sabía cuál era.
-Sabía inequívocamente a donde tenía que ir, pero el desvío no aparecía. Pasaron las horas y las vueltas, creciendo la desesperación y el nerviosismo. De pronto se encendió la señal de reserva, y cayó en la cuenta de haber hecho más de quinientos quilómetros dentro de esa circunvalación. No obstante, esto le hizo tener una pequeña esperanza: pararía a repostar y le preguntaría al empleado de la gasolinera cuál era exactamente la salida que debería tomar para volver a casa. Sabía que había una porque la había visto varias veces aunque, reconoció, no en todas las vueltas por despiste o por tener la atención centrada en otro punto. Y allí estaba. Sintió un respiro al desviarse hacia ella. Llenó su depósito y preguntó al empleado tras pagar. Este le contestó que la salida treinta y cuatro era la suya.
-Imagino que se sintió aliviado.
-Y hasta de buen humor. De nuevo en ruta, fue observando los números de salida que le acercaban por fin a su escapatoria. Pero la salida treinta y cuatro no indicaba su destino, sino otro muy diferente. Se desesperó al pensar que el hombre de la gasolinera se había equivocado y que de nuevo estaba perdido en un lazo que le ahogaba cada vez más.
-¿No podía tomar otra salida próxima y preguntar allí?
-No, porque para él la única salida posible era la que el tenía clara en su mente. Si el gasolinero se había equivocado, otra salida tendría el nombre de su destino. La autopista estaba bordeada de verdes prados en uno de sus puntos, pero él no reparaba en ellos, pendiente como estaba de abandonarla. Luego, los prados dieron paso a poblaciones de casas ordenadas con tejados negros, en los que las luces amarillentas comenzaban a lucir tras las ventanas a medida que la noche iba acercándose. Nuestro hombre ya había dado más de veinte vueltas a la circunvalación, pero el paisaje no le era familiar porque no reparó en él en ninguna de ellas. Tan solo los números de las salidas le indicaban que había pasado por los sitios una y otra vez.
-Y de noche la cosa empeoraría, imagino.
-La noche le dio otra dimensión al problema. Tenía que poner más atención a las indicaciones, y eso hizo que su cansancio aumentase hasta que los ojos empezaron a escocerle. Tendría que parar de nuevo a repostar y entonces podría preguntar de nuevo al empleado, que finalmente podría resolver su duda.
-¿Y por qué no paró antes de quedarse sin combustible?
-Porque estaba convencido de que aún podría ver la salida antes de que la noche le cayese encima del todo, y así, dos horas después, salió de nuevo a la gasolinera. Su emoción ante la pronta solución a su problema fue tanta que tardó un rato en darse cuenta de que la gasolinera, por la hora, estaba cerrada.
-Pobre hombre.
-Sí. Por un momento se quedó bloqueado, hundido. Sin la indicación del hombre nunca podría salir de allí. Podía haber esperado a que pasase la noche y él volviese, pero sin saber por qué, decidió seguir y coger la salida que le había dicho horas antes.
-Bien decidido. Por lo menos saldría.
-Dicho y hecho. Más tranquilo, enfiló hacia la salida, fuese cual fuese el destino que le esperase. Pero a escasos quilómetros de ella, el coche se quedó sin gasolina y se paró en medio de la carretera en un sitio poco iluminado, con tan mala fortuna que un camión que iba detrásl impactó con él, expulsándolo de la calzada hacia un terraplén donde dio varias vueltas de campana. Finalmente, el zahorí había encontrado una salida.
-No me diga que había muerto.
-Ese debería ser el desenlace lógico a efectos de moraleja, pero no fue así. El camionero llamó a la policía y pronto vino una ambulancia que le trasladó a un hospital desde el que llamaron a su familia. Tras una semana ingresado, su mujer le llevó de nuevo a casa.
-Parece que por lo menos consiguió su objetivo.
-¿Usted cree?
-Salió de la circunvalación ¿no?
-Sí, pero no por la salida que él había diseñado en su mente. Y es que a veces no queremos ver por dónde tenemos que librarnos de nuestro presente. ¿Me deja que le invite a ese café?
-Será un placer, Don Senén.
-Tomémoslo entonces.
Y Don Senén y yo salimos del coche camino de un bar donde tomar un café que nos diese pie a poder charlar un poco más.

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