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Para Fernando María Salmerón, un homenaje arduo, ineludible

El Espinar 21 de abril de 2021 Por Escanciano
AJE Carroza Acueducto
AJE Carroza Acueducto

Me acabo de enterar que esta tarde te has ido, que contigo ha podido la infección; escribo esto (infección, podido) y parece como si algo no cuadrara, como si no pudiese ser; es sin embargo cierto y, asumida la dolorosa pérdida, tendré que hallar palabras que al pronunciarse expresen cuánto se lamenta reconocer lo que dado su carácter de definitivo es irremediable se lo viva como se lo viva.

A propósito de ‘palabras’, no sé bien cuáles servirán mejor al empeño de escribirte un homenaje, es más, mientras las escribo no estoy nada seguro de que puedan ser estas las que después se lean. Me hace dudar el que surjan como de golpe, sin mucha o sin ninguna reflexión. Me hace dudar que al ser escritas con la herida abierta no sea la razón quien en ellas rija. Me digo: ‘te podrá la emoción, y no es esa una óptima compañía cuando lo que intentas es explicarte’. Hasta me ha dado por pensar que tú mismo me recomendarías tomármelo con calma: ‘Piénsatelo un poco, tal vez me dirías, ya luego, mejor pensado, tendrás tiempo de escribirlo a gusto’. ¡Cuántas noches sentado a mi lado has dado con tu calma impulso a los poemas que entonces yo trataba de tejer!

¡Cómo no! No tardo en darme cuenta de que quiera o no quiera me inundarán los recuerdos, no hago nada por evitarlo porque si bien comprendo que recordar puede doler (cumplida cierta edad recordar es a menudo constatar ausencias) tengo claro que cuanto en nuestra memoria se conserve relacionado con Fernando será válido, podrá ser adecuado y será oportuno para con ello honrar a alguien que como él sólo recuerdos gratos nos ha dejado, de integridad sin alharacas, de hombría de bien sin imposiciones, de altura en todos los sentidos y en todos ellos sin dejar espacio a la altanería o a la soberbia.

Por eso estoy seguro de que en su honor escribiré: además de que en mi caso otra cosa es impensable porque no conozco manera de estar más del todo que haciendo que las palabras estén por mí, no podría mejor estar por mucho que lo intentara puesto que estar presente no puedo… Pero sí puedo apuntar y debo que me es grato saber que con algún retraso este mi homenaje ha de sumarse a otros. Antes de leer el que con pulcra escritura comedida firmaba su hijo, he tenido ocasión de ver el excelente, muy sincero y muy sentido reportaje de Pablo Romano desde cerca de un cielo esplendoroso como sólo en la Sierra, después he leído también el de Juan Andrés y el firmado ‘un amigo’ en la misma página; gracias a todos por lo sugerido y por lo bien expuesto. Gracias en mi nombre y en el de mi amigo.  

Permítaseme un inciso, que será casi digresión: queriendo atender a lo mucho que habría podido separarnos empezando por algo tan nimio como el año de nuestro nacimiento y a pesar de vivir en el mismo pueblo, etcétera, he pensado que tal vez no careciera de interés tratar de examinar qué factores nos llevan a aproximarnos a ciertas personas y no a otras. Se nos supone conscientes de que elegir es escoger y por eso mismo es tanto como desechar, sabemos que acercarse a algo implica muy a menudo alejarse de otra cosa, y que asistir a un lugar es renunciar a estar en otro cualquiera (se entiende que al mismo tiempo, pero no sólo), aun así, que personas en principio  muy distintas resulten pasado un tiempo tan próximas, tan entrañables, no tiene explicación sencilla salvo si se comprende (una vez más habrá de repetirse) que hay motivos en el corazón que la razón con mayúsculas no llega a entender del todo, por más que acabe admitiendo porque lo comprueba y constata que las razones que el corazón esgrime son sólidas, consolidadas, y desde la raíz irrenunciables. Se quiere a la gente porque se la quiere y todo comentario es filigrana.

En cuanto a cómo y cuándo nos conocimos recuerdo bien a un Fernando que por ser vecino del abuelo y de la abuela veíamos subir o bajar no está claro si delante o detrás de la alegría pero sin duda manteniéndola cerca viniese de donde viniese, desde muy joven se relacionaba con todo el mundo sin que importasen su edad o su condición con toda la franqueza y sin ningún complejo. Era un poco mayor que nosotros, lo veíamos pararse con quien estuviera en el patio para saludar desde su altura imponente, si estábamos los nietos o las nietas algo tendría siempre que decirnos, algo que nos divirtiera o con lo que reír, y sin embargo nos llenaba de asombro que fuera al mismo tiempo capaz de hablar de cosas que interesaban a los adultos con tanta seriedad como ellos mismos pero con mucha más simpatía, impulsado por ese afán inquebrantable que lo hacía característico, el de poner más que nada la mira en cuanto alegrara o animase, con frecuencia ofreciendo su ayuda sin ninguna clase de interés más que agradar o ser útil.  

Pasados unos años coincidimos, adolescente yo, con unos dieciséis, Fernando veinteañero pasada ya la ‘mili’ cumpliendo en un trabajo que no desatendía, para ambos no obstante era una edad en la que los días y los meses son otra cosa y se viven de forma muy distinta las mañanas, por no hablar de las tardes o las noches que de todo hubo. Podría extrañarse quien desde fuera lo analizara de cómo entre dos personas de creencias muy dispares (tan firmes en su caso como escépticas en el mío) pudo darse una afinidad íntima y fácil en la que nunca había, porque no podía haber, malos entendidos, segundas vueltas. En este punto se me hace necesario reconocer que puede que no nos hubiera sido posible llegar a ser amigos sin la existencia de la Asociación de jóvenes (por sus siglas A.J.E.), pero nuestra amistad no se explica del todo recurriendo a la coincidencia en el tiempo y en un lugar o en muchos, y parece tener que ver, más que con las opiniones mías o de mi amigo, con las cualidades de este.

Siendo compañeros en la Asociación, durante varios años nos vimos con una frecuencia casi diaria; se fraguó entonces, hora con hora, nuestro afecto indeleble; vinieron luego días (ya sin local en el que reunirnos) en los que nos cruzábamos esporádicamente aquí o allí, nunca me faltó donde esto sucediera el cariño de sus manos grandes y calurosas, nunca faltó tampoco la comprensión de quien admite la diferente perspectiva sin renunciar a proteger a la persona, y todo ello en presencia del respeto sin el que nada sería posible.

Marché del pueblo, han pasado ya años (no voy a ser exacto, pero seré preciso si digo algo más de treinta), las veces que entretanto nos hemos visto, cuando he revisitado el pueblo, soldaban cada vez lo que sabíamos indisoluble, puedo afirmar por ello que nada logra alejar del todo la distancia en el mapa si la cercanía es de otra índole, y que esa índole era una que no se expresa con palabras, o no sólo ni de forma principal. Estoy hablando de ‘eso’ que cuando lo vivimos nos impregna, y no puede a partir de entonces sino acompañarnos en las posteriores andanzas; sea el que fuere nuestro derrotero irá pegado a nuestra sombra y acaso se refleje, se manifieste, sobre todo en lo que elegimos; es decir, será lo que escojamos y lo que rechacemos en gran parte lo que nos defina. Sería ingratitud por consiguiente, pero también al mismo tiempo insensatez, olvidarse de haciendo qué cosas nos hemos hecho, de con quién y dónde hemos llegado a ser quien somos.

Por fuerza las diversas expectativas y horizontes tenían que llevarnos por caminos distintos, pero nunca dejé de saber y de sentir, en cualquier circunstancia, que donde Fernando estuviera podía estar yo bien, que donde yo estuviera tendría sitio Fernando. Por otra parte, uno podía contar con su sinceridad incluso si tenía que dolerle un poco, sabía de antemano que con su ayuda se contaba (‘por mi lao no se va la vaca’) y él sólo pedía a cambio que en un ambiente amable no hubiese ni tapujos ni mentiras. 

Más: no necesito darme la vuelta para comprobar que detrás de donde estoy sentado, en alguno de los anaqueles, reposa un ‘Quijote’ que fue de Fernando, podría abrir su tapa verde para ver la firma que lo refrenda, prefiero ahora retener su imagen dejando allí su rúbrica para que constase que aquel era un regalo consentido, sin ambages, sin condiciones, para que el libro fuese mío en usufructo, para mi disfrute personal y que al leerlo evocara su persona. No obstante, para recordarlo con el más cálido afecto no hubiera sido necesario recurrir al libro, porque nada de su humanidad enorme podía serme ajeno por alejados que hayamos vivido el tiempo que vino después, no exageraba cuando decía más arriba que hubo un tiempo previo que forjó permanentes los afectos. 

Son muchos los recuerdos, se agolparían si mi escueta memoria los pudiera contener, y aunque, tal vez por desmemoriado, si bien no me tengo por olvidadizo, pudiera confundirme con los lugares y no sabría concretar las fechas, sabría decir si ocasión hubiera de trabajos en colaboración, de pequeñas luchas por objetivos cuya grandeza era ser comunes, de abnegación y entrega a raudales.

Un recuerdo muy nítido, que podría calificar de perpetuo, me trae de golpe a los paseos que tantos días, con las ‘novenas’, nos llevaron hasta el Caloco, bien madrugados por tarde que nos acostáramos. Tenía yo la suerte por cierto de ser el último en incorporarme al grupo por vivir junto al Canto de la Legua, Fernando se encargaba de llamarme bajo mi ventana y no importaba si se enteraba buena parte del vecindario porque a nadie le hacíamos mal como él mismo tal vez dijera. Luego venía la esperada caminata tonificante a un paso que no puedo precisar pero que sería alegre y ágil como las jóvenes piernas nos permitían; mientras todo se despertaba a nuestro alrededor, unos optaban por rezar y otros sin rezar lo respetábamos; o bien, lo que también es cierto, los que decían hablar con Dios, por supuesto Fernando, aceptaban sin molestia ni reparos que sus acompañantes hablasen consigo mismos; en fin, la palabra armonía se nos queda corta. 

Hasta siempre Fernando, gracias por haber sido quien ¡tan bien! supiste ser.

De Escanciano, desde lugar de Urcela, en Cristiñade, Ponteareas, Pontevedra, Galicia… 

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